- ¿Por qué no te gusta este sitio? -le dijo un peregrino a otro. - Llevamos años caminando por el desierto sin saber adónde nos dirigimos. Fíjate, mira a tu alrededor. Aquí no hay arena que nos golpee el rostro arrojada por el viento, ni piedras que nos destrocen las sandalias, ni ese sol abrasador que nos quemaba la piel. Aquí no hay moscas, ni escorpiones, mira, túmbate a la sombra de este árbol y regocíjate con su frescor. ¿Acaso no oyes el rumor del río? Está aquí al lado y sus tranquilas aguas se dirigen a aquel prado. Creo -susurró entre lágrimas- que esto es lo que tanto hemos buscado.
- Quédate si quieres -contestó el segundo peregrino. - Yo tomaré unos sorbos de agua y seguiré mi camino.
- Pero, ¿adónde piensas ir?
- Al mismo lugar al que llevo toda la vida dirigiéndome. A ninguna parte. Soy un alma errante, ¿comprendes? Este mundo no es para mí. Prefiero dejar atrás este oasis y solazarme con su grato recuerdo. Si me quedara, ¡qué pronto dejaría de admirarlo, de gozarlo, qué pronto se convertiría en una prisión más dura que el desierto que acabamos de atravesar!
- No te entiendo. ¿Por qué no disfrutas este momento?
- Es lo que hago, precisamente. Nada es eterno, lo sé, yo mismo no soy eterno, la mejor manera de disfrutar cada momento es aprender a abandonarlo y recibir el momento siguiente.
El segundo peregrino se arrodilló a la orilla del río, tomó un sorbo de agua, se lavó el rostro y continuó su camino. Pronto se perdió en el horizonte. Allá, al fondo, una negra nube amenazaba tormenta.
miércoles, 5 de mayo de 2010