viernes, 7 de mayo de 2010

El hombre (II)

El segundo peregrino se sumergió en la tormenta. Pensó que la cruzaría en unos minutos, que el sol aparecería al otro lado, pero aquella nube negra parecía haberse ensañado con él y lo seguía como a un condenado mientras le arrojaba torrentes de agua y granizo.
Se sentó en una piedra que flanqueaba el camino. El segundo peregrino siempre había pensado que aquel mundo no era para él, que había nacido en el lugar y en el momento equivocados, que había sido una equivocación, acaso, nacer. Ahora llegaba a pensar que no sólo aquel mundo le era ajeno, sino que se complacía además en llenar de obstáculos su camino.
Había dejado de ser insignificante e ignorado y se había convertido en un molesto incordio que era necesario eliminar.
Nunca más volvería a acercarse a nada ni a nadie; todas las personas y todos los lugares, todo lo que pudiera generar el más mínimo afecto se había convertido en un peligro que sería necesario evitar.
Seguía lloviendo. Tronaba. Probablemente le caería un rayo y el mundo reiría en sonoras carcajadas. El peregrino, sin embargo, nada sentiría; ya habría dado la espalda al mundo, puesto que el mundo se había empeñado, cruel y desalmado, en darle la espalda a él.