El segundo peregrino se sumergió en la tormenta. Pensó que la cruzaría en unos minutos, que el sol aparecería al otro lado, pero aquella nube negra parecía haberse ensañado con él y lo seguía como a un condenado mientras le arrojaba torrentes de agua y granizo.
Se sentó en una piedra que flanqueaba el camino. El segundo peregrino siempre había pensado que aquel mundo no era para él, que había nacido en el lugar y en el momento equivocados, que había sido una equivocación, acaso, nacer. Ahora llegaba a pensar que no sólo aquel mundo le era ajeno, sino que se complacía además en llenar de obstáculos su camino.
Había dejado de ser insignificante e ignorado y se había convertido en un molesto incordio que era necesario eliminar.
Nunca más volvería a acercarse a nada ni a nadie; todas las personas y todos los lugares, todo lo que pudiera generar el más mínimo afecto se había convertido en un peligro que sería necesario evitar.
Seguía lloviendo. Tronaba. Probablemente le caería un rayo y el mundo reiría en sonoras carcajadas. El peregrino, sin embargo, nada sentiría; ya habría dado la espalda al mundo, puesto que el mundo se había empeñado, cruel y desalmado, en darle la espalda a él.
viernes, 7 de mayo de 2010