lunes, 17 de mayo de 2010

El secreto (I)

- ¿De qué hablabais?
- No, de nada.
- Pero os he visto. Os habéis callado en cuanto he entrado por la puerta.
- Bah, tonterías... Nos vamos a tomar un café, ¿no?

Sucede a veces. Se trata de esa sensación, no tan infrecuente, de que la conversación se detiene justo cuando entras. Por lo general uno piensa que no pasa nada especial, que la conversación era insulsa y que tu llegada supone el comienzo de una nueva, probablemente más interesante. Pero a veces, sólo a veces, por la mente del recién llegado pasa la idea de que hablaban de él, o de temas que él concretamente no debe conocer.
Y esa sensación es inquietante, desde luego.
Y sobre todo cuando son dos colegas los que callan, y sobre todo cuando se cruzan miradas entre cómplices y culpables que aparentemente tú no has percibido, y sobre todo cuando vas camino de la cafetería y la gente que se cruza con vosotros te mira, no a tus colegas, a ti, y susurra a tus espaldas, la madre con su hijo, esa pareja de ancianos, hasta el borracho tirado en el banco parece esconder su curiosidad.
Sientes que eres el centro de atención, sientes que todos lo saben pero que no deben demostrarlo, sientes que todos te ocultan algo y tus colegas sólo pueden balbucear excusas y evasivas...

- ¿Qué dices? Pero qué loco que estás, tío...
- Nadie te mira, esos son delirios de grandeza...
- Vaya, no te tenía por un tipo tan egocéntrico...

¿Y qué sucede si entras en la cafetería abarrotada, agitada por ruidos de cucharillas y conversaciones casi a gritos, y repentinamente todo se torna silencio, un silencio denso e incómodo, un silencio que coincide con tu entrada y que se acompaña de una imagen de pesadilla que consiste en los rostros de todos vueltos hacia ti, serios y sombríos, como pillados en falta?
Un silencio que sólo dura unos segundos. Luego todos vuelven a sus conversaciones.
Y sin embargo, te queda la sensación de que el tema de esas conversaciones ha cambiado, de que ahora se habla de banalidades, de que el verdadero tema, el que te incumbe, se ha tapado a tu entrada como un tabú sagrado.