domingo, 30 de mayo de 2010

El sueño de los sueños

Conozco a un tipo que afirma haber pasado años enteros de su vida sin soñar. O sin recordar sus sueños, al menos. Creo que todos tenemos algún sueño que recordaremos para siempre, tal vez aquél que nos pareció singularmente premonitorio, tal vez aquella pesadilla que nos despertó entre gritos, tal vez aquella imagen que, de pequeños, nos impresionó con su viveza onírica.
El caso es que el tipo este me comentó ayer que, después de no sé cuántas noches, se había despertado por fin recordando algo así como que unos duendecillos verdes con electrodos conectados en el pecho le arrojaban al suelo y le pateaban en el interior de un Irish Pub en el que había entrado muerto de sed después de ser perseguido por un perro que salió de no se sabe dónde mientras él deambulaba perdido por unos caminos rurales que no recordaba haber visto en su vida.
El tipo estaba contentísimo con su experiencia, parece que haber sobrevivido al ataque de los duendecillos le había dado ánimos para levantarse y disfrutar del día que le esperaba. Después de años sin soñar, uno casi olvida esa sensación. Este tipo, de hecho, una vez soñó que convivía con unos locos que pretendían arreglar el mundo habitando como okupas un caserón abandonado; otra vez, que un tipo estrafalario con gafas oscuras al estilo Lennon y pelo largo y rubio se acercaba a él mientras dormía y le susurraba algo al oído, algo que nunca pudo descifrar; y una tercera vez soñó que una chica de aspecto asilvestrado, una especie de niña de la selva, le mordía el brazo.
Le dije que con sueños así era lógico que la mayoría del tiempo no los recordara. Él me contestó que un sueño era otra vida, que dormir no tiene que ser perder el tiempo si eres capaz de desdoblarte y vivir por dos, que pocas cosas hay más emocionantes que un sueño impredecible, que tener sueños en la vida real es de estúpidos, que la mayoría no se cumple o por incapacidad propia o por obstáculos ajenos y que, en definitiva, prefería morir, sufrir, ser golpeado, humillado y engañado mil veces en sueños que vivir un sólo día en el aburrido y predecible mundo tangible.
El tipo estaba exultante, desde luego; aquella noche había soñado.