1.- Tumbarse en decúbito supino, cerrar los ojos y aislarse del entorno.
2.- Colocar la mano izquierda sobre el pecho y concentrarse en los latidos.
3.- Establecer en ellos, mediante ejercicios respiratorios, un ritmo acompasado.
4.- Ralentizar, paulatinamente, tanto el ritmo respiratorio como el cardíaco.
5.- Desear con todas sus fuerzas, llenando su cuerpo de energía volitiva, que dicho ritmo cardíaco se reduzca a cero.
Si ello sucede, si el ritmo se reduce a cero, habrá usted conseguido detener el corazón y hacer que la voluntad, por una vez, venza a la naturaleza.
P.D.: El proceso será mucho más efectivo si, ya antes de tumbarse, ha roto su corazón, fragmentándolo en una multitud de trozos, mejor cuanto más pequeños...
viernes, 4 de junio de 2010