Comenzó moviendo levemente las hojas de los árboles, como una ráfaga de viento. Luego las páginas de los libros, que se levantaban cada vez con un menor esfuerzo y lentitud. Más adelante fue capaz de trasladar los objetos. El bolígrafo que descansaba al otro lado de la mesa, el salero al que no podía llegar. Era un auténtico placer, por encima del hecho de traer objetos sin levantarse, disfrutar de la sensación de poder que proporcionaba tener un don inasequible a los demás, un don enorme y maravilloso que parecía crecer por momentos.
Qué delicia poder mover los objetos con la mente.
Del salero pasó a las botellas del frigorífico, a los interruptores de la luz, a los muebles del salón. Mover la cama para que la escoba barriera debajo se había convertido en un juego de niños. Subir por las escaleras el piano de cola que compró supuso un auténtico reto, más por el secreto en que era necesario conservar el don que por la dificultad técnica.
Su poder parecía no tener límites.
Continuó sacando el coche del garaje, deteniendo camiones, trasladando la cabaña del lago, acercando las montañas que se atisbaban en el horizonte.
Cuando se le ocurrió que podía bajar la luna a la tierra, no lo dudó un instante. Los cielos empezaron a oscurecerse, las mareas subieron y provocaron catástrofes, los animales enloquecieron y el satélite adquirió, por su proximidad, dimensiones gigantescas. Poco le importaba. Si hacía falta, acercaría también el sol.
Era tan divertido...
martes, 29 de junio de 2010