- Esto ha tenido que hacerlo el tío de anoche -piensa Gutiérrez nada más conocer la noticia. - Menudo cabrón.
No hacía falta saber sueco para comprender lo que había pasado, lo que contaba aquella reportera de rubio deslumbrante, un cadáver que había amanecido flotando en uno de los canales, una chica joven, el pelo enmarañado en algas y los peces que apenas habían tenido tiempo de empezar a comérsela.
Tomó sus cosas y corrió a la escena del crimen. Ya se lo decían en la comisaría, medio en broma medio en serio: "Gutiérrez, eres un peliculero".
Pero joder, es que el crimen llamaba a su puerta, y aquel gordo borracho se lo había dicho claramente la noche anterior, tras la tercera birra, quizá, en inglés pero claramente, que esos canales tentaban a la suerte, que apetecería tirar a alguien, que las aguas lo ocultan todo, y él sintiéndose como Jessica Fletcher, un inspector extranjero que anda de vacaciones y resuelve el caso, joder, menudo cabrón el gordo, que camisa más fea llevaba, blanca con lunares negros, hay que joderse.
Llegó con el lugar precintado, hasta el agua precintada, detenida momentáneamente la circulación de ferris, un montón de curiosos metiendo las narices, váyanse, aquí no hay nada que ver, era mediodía, lo era porque comenzaban a sonar las campanas de la Johannes Kyrka, sonaban raro, sonaban a muerte y putrefacción, y entonces alguien que grita, grita y señala al cielo, a las campanas, al pináculo de la torre que da sombra a la ciudad, al gordo que se muestra allí arriba, muerto, crucificado y sanguinolento como un carnero sacrificado con camisa blanca.
- Aquí hay más leña de la que arde, joder -piensa Gutiérrez, y casi mejor callarse la boquita, volver al hotel, coger el avión, regresar a sus carteristas y sus peleas de vecinos y dejar que otras Jessicas Fletcher hagan el trabajo sucio...
jueves, 29 de julio de 2010