viernes, 10 de septiembre de 2010

Demasiadas novelas de Stephen King

"¡Vaya tío más tonto!", pensaba mientras salía de la tienda de electrodomésticos con la máquina trituradora entre las manos. "¿Qué se habrá creído ese jovenzuelo, que por hacer de vendedor puede andar bromeando con los clientes? ¡Vaya confianzas!".
En realidad, y bien mirado, tenía su gracia. Aquel chico hablando sobre las virtudes de la trituradora y su sorprendente precio, ella casi convencida, y de repente un rostro serio, una voz cavernosa y una estúpida advertencia en plan "tenga cuidado con esta trituradora, está maldita", todo acompañado, cómo no, de una risa macabra. Qué chico tan desconsiderado, de verdad, a punto estuvo de hablar con su jefe. No obstante, prefirió pasarlo por alto y comprar de todos modos el aparato, intentando olvidar a aquel desagradable que, seguramente, sería un fanático del cine gore y habría leído demasiadas novelas de Stephen King, que últimamente encuentra el mal lo mismo en un frigorífico que en un prospecto de jarabe o un jersey de lana.
Al entrar en casa, aún llevando la trituradora, sintió algo extraño, un escalofrío, un presentimiento. "¿Será verdad que están intentando sugestionarme?", se preguntó, y en realidad no le dio importancia, como tampoco se lo dio a aquella sombra que le pareció ver en el pasillo, ni a la lámpara que se balanceaba. "Bah, corrientes de aire".
Media hora después se encontraba metiendo la mano en la trituradora Star 2000, provista de más de una decena de cuchillas irrompibles y a estrenar. Ella diría que lo estaba haciendo contra su voluntad, aunque entre las voces que habían comenzado a hablar en su cabeza, las ganas de meterle miedo al insolente de la tienda haciendo verdad sus profecías y el monstruo sin ojos que se le había reflejado en el espejo, no estaba segura del todo.
De lo que sí estaba segura, muy segura, es de que aquella broma le estaba doliendo cantidad.
Y de que quien fuera, probablemente no ella, iba a tener que pasar un buen rato limpiando las salpicaduras de sangre que llenaban la cocina.