En ocasiones me viene a la memoria el señor Meursault, ese personaje creado por Albert Camus en El extranjero, y hago un repaso a su forma de ver el mundo, a su escepticismo radical, a su pasividad, a ese "nada importa gran cosa porque, al fin y al cabo, todo va a seguir igual", a ese rasgo que comparte con la filosofía oriental y que pinta el mundo de un gris ambiguo, ni blanco ni negro, "y total, si todo va a terminar como tenga que terminar", para qué pretender nada, para qué tener ilusiones.
El señor Meursault ni cree, ni descree. "El señor Meursault vaga por el mundo como un alma en pena, como un cadáver provisto de funciones vitales", dirán unos, "el señor Meursault ha comprendido el absurdo del mundo y se acerca a la beatitud", dirán otros.
Y lo más gracioso es que al señor Meursault, con seguridad, todo lo que dijeran de él le daría igual. Si la sociedad le recrimina, él ni se inmuta; si le ignora, ni se entera.
Y yo, en ocasiones, pienso en él para llegar a la conclusión de que no concluyo nada, de qué no sé si censurarlo o admirarlo, de qué quizá sea un privilegiado, quizá un condenado, quizá un cínico estúpido. Aunque si a él le daría igual, no sé por qué debería importarme a mí...
domingo, 12 de septiembre de 2010