miércoles, 13 de octubre de 2010

Como hormigas haciendo truenos

Las hormigas, cansadas ya de su posición en el mundo en el que les había tocado vivir, se reunieron y comenzaron a revolver, a agitarse, a gritar y protestar. Este hecho, sin embargo, no preocupó lo más mínimo al mundo, ni a los seres que lo habitaban y que, en su mayor parte, se dedicaban a mirar a las hormigas por encima, muy por encima del hombro o, dicho con otras palabras, a ignorarlas soberanamente.
Las hormigas, conscientes de la más que posible inutilidad de su protesta, decidieron, a pesar de todo, vaciarse en el intento, presumiendo que la satisfacción de haber hecho lo posible habría de ser, en última instancia, su mayor consuelo, tal vez el único.
Corrían de un lado para otro alzando la voz, ya entonando cantos comunes y dirigidos, ya comportándose de la forma más desordenada y heterodoxa. Extendían sus antenas y las apuntaban al cielo, y durante unos momentos en todas ellas se despertaba la extraña sensación de estar siendo escuchadas.
La protesta, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en una fiesta. Los gritos fueron canciones, y los movimientos, bailes, y los deseos comunes, puntos de encuentro entre unas y otras. Hubo incluso quien olvidó la protesta, y quien la hubiera alargado hasta el infinito con tal de verla convertida, como de hecho parecía, en celebración.
No obstante, el tiempo pasa y todo, finalmente, acaba. Poco a poco, la inmensa e histórica concentración de hormigas se fue disolviendo. Ni que decir tiene que no habían conseguido nada. ¡Quién va a considerar las reivindicaciones de unas insignificantes hormigas!
Pero, maldita sea, lo habían pasado genial...