Puede ser perfectamente que todo lo que crea el ser humano venga ya codificado en su ADN. Y no me refiero sólo a lo que el ser humano es, a sus características físicas o a sus comportamientos más básicos, sino a todo lo que crea, a todo lo que le muestra a los demás y al mundo, a la misma percepción de este mundo, desde la distinción entre vida y muerte hasta cualquier manifestación artística o cualquier argumento racional. Quizá quien así piense esté sobredimensionando la genética, pero, ¿quién podría demostrarlo?
De modo que es posible, y digo sólo posible, que del mismo modo que especies animales crean estructuras bellas o complejas por mera carga genética, como las arañas, las abejas o cualquier especie, en realidad, que queramos analizar, también el ser humano contenga ya en sí mismo el código de sus posibilidades, de su futuro, de sus capacidades, y que lo que conocemos como progreso no sea más que la repetición, cambiando modas o materiales, de una misma capacidad.
Si esto es así, si sólo somos lo que nos dictan nuestras capacidades, podemos olvidarnos del libre albedrío, y de nuestra situación como especie privilegiada, y de nuestras ansias de gloria y perfección. Si esto es así, no somos nada, y Dios no nos quiere especialmente, y no somos más especiales que una cucaracha, sólo "máquinas biológicas" programadas de diferente manera.
Adiós, por tanto, a la mística, a la inspiración, a lo inefable que sólo es un producto de nuestra propia composición. El mundo, de hecho, tal como lo hemos creado y tal como lo percibimos, no es más que un cajón en el que quedan guardados nuestros actos, nuestros restos, todo lo que nos conforma. El mundo es una especie de inmenso pendrive que almacena todo lo que hemos sido, y que almacenará todo lo que seamos.
No es posible, sino probable, que no seamos gran cosa. Y un pendrive siempre termina por infectarse, o por deteriorarse, o por quedar inservible...
domingo, 3 de octubre de 2010