martes, 2 de noviembre de 2010

Apoteosis apocalíptica

Salió a la entrada de la cueva a respirar un poco de aire. Era fresca, la noche, fresca y clara, magnífica noche de un otoño recién llegado. Millones de estrellas poblaban el cielo, él ya las conocía, había convivido con ellas durante más de un año, solo con la luz natural del cielo infinito.
Sin embargo, en el horizonte reverberaba una extraña claridad de la que jamás antes se había percatado. Como las luces de una ciudad que se extendiera en la lejanía. Pero en aquel lugar no había ciudades. Ni nada que se le pareciera. Por eso había decidido instalarse allí.
En cuestión de segundos aquella claridad estalló en chispas luminosas de una belleza hipnótica. Puntos de luz saltaban a un lado y a otro como en un espectáculo de fuegos artificiales, recorrían un espacio determinado y se consumían lentamente. "Una lluvia de estrellas fugaces", pensó, "tal vez un meteorito que se ha desintegrado antes de estrellarse contra las montañas".
El espectáculo, no obstante, continuaba, más intenso en su fulgor y más extenso en el espacio, hasta ocupar toda la sierra norte. Los puntos de luz se habían convertido en una nebulosa semejante a una aurora boreal gigantesca, un juego maravilloso de luces policromáticas, una visión sublime, un privilegio que difícilmente podía ser observado desde otro lugar con mayor nitidez.
De repente el cosmos comenzó a abrirse. La noche dejó de ser oscura y de la nebulosa surgieron como rayos lenguas de fuego que caían hasta perderse al otro lado de las cimas más altas. El cielo entero era, ya por aquel entonces, una inmensa masa de colores cálidos que fluctuaban en una armonía casi musical, una sinfonía acompañada del ensordecedor retumbar de los abismos. ¡Qué suerte ser testigo de un hecho de tal magnitud, de una muestra tal del poder del Universo!
El cielo, por fin, se estaba cayendo...