viernes, 31 de diciembre de 2010

A vueltas con la sopa primordial

Y una vez más nos encontramos al Sumo Hacedor junto al caldero en el que cuece la sopa primordial, aquella que da origen a la vida. Hace girar el enorme cucharón mientras observa cómo bulle el líquido y reflexiona sobre los ciclos, si hasta la eternidad es cíclica, ha creado ya tantas vidas que ni recuerda su número, y siempre es lo mismo, y siempre termina todo sumiéndose en las tinieblas, y todo se agota, y termina en un languidecer triste y deprimente.
Algo falla, algún ingrediente de más o de menos, una pizca de esto por aquí o de aquello por allá. Ha cocinado tantas sopas primordiales... y sin embargo la receta sigue sin estar perfeccionada. Está tan seguro, de hecho, de que esta vez tampoco será la definitiva, que ha pensado en abandonar a medias el proceso de cocción. Tanto trabajo para nada... esto no merece la pena... otra vez lo mismo...
¿Pero de verdad es posible volver a crear vida a partir de la nada? Este hecho, tan simple, nunca dejará de sorprenderle.
Está oscuro, ni siquiera se atisba claridad más allá del horizonte. Todo vendrá cuando la sopa esté lista. La prueba y le sabe a rayos. Maldita sea. Habrá que seguir cociendo y mezclando ingredientes, alguna vez tendrá que salir algo potable...

lunes, 27 de diciembre de 2010

El infierno no es un lugar físico, es un estado del alma

El Maestro era un tipo metódico. Despertaba al despuntar el alba, y dividía el día a partes iguales entre sus horas de meditación, sus servicios a la comunidad y el trato con las gentes. A sus discípulos solía decirles aquello de que "la distracción y el olvido constituyen el mayor de los peligros en el camino de la verdad".
- Nunca os distraigáis de vuestra meta, tenedla siempre presente y dirigíos a ella sin perderla, nunca, de vista. Y en ningún momento, bajo ninguna circunstancia, olvidéis quiénes sois.
Un joven discípulo solía prestar especial atención a estas palabras, y pasaba horas reflexionando sobre ellas. Una vez le preguntó al Maestro:
- Maestro, no sé lo que quiero, y ha llegado un momento en el que ni siquiera sé quién soy. ¿Cómo puedo evitar la distracción teniendo siempre presente mi meta si no sé cuál es esa meta? ¿Cómo puedo impedir olvidar quién soy, si ni tan siquiera lo sé?
El Maestro sonrió como solo los sabios saben hacer y le puso la mano en el hombro con gesto paternal:
- Bienvenido al mundo, joven, pues ahora sí puedes considerarte nacido. Al fin has abierto los ojos. Por eso, bienvenido al mundo.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Estudio sobre la nada

Me asomo a la ventana con la esperanza de ser testigo de algo insólito. Una especie de "ventana indiscreta" que me dé, al menos, algo con lo que entretenerme unos minutos. Hace un tiempo triste, eso sí, pero me niego a creer que el cielo encapotado es lo más extraordinario que mi recién estrenada abertura al mundo puede proporcionarme. Busco un resbalón sin consecuencias, un leve choque de vehículos, un perro que muerda a algún anciano transeúnte. Nada. Un tiroteo entre bandas, una reyerta callejera, una manifestación multitudinaria. Nada. Un asesinato en plena calle, un meteorito que destroce la fuente de la plaza, las primeras brisas de un huracán. Nada de nada.
Por no encontrar, no encuentro ni la alegría que la ausencia de estas calamidades debería provocar. La gente camina triste, de hecho. Triste como el tiempo.
Empiezo a pensar que alguien escucha mis pensamientos. Se trata de algo irracional, de una intuición. Que escuchan los pensamientos de todos, más bien, y que por eso la gente no hace nada y se limita a actuar de forma insulsa y predecible.
Ese es el plan, sí, no hay duda. Alguien espía nuestros pensamientos, y nos hemos propuesto, ahora lo veo con claridad, matarlo de aburrimiento.
Llevo un rato ya mirando por la ventana. Nada, otra vez. Todo este tiempo sin pensar en nada, mi mente se ha detenido y funciona por inercia. También el mundo. Como no se cansen pronto de espiar mis pensamientos voy a ser yo el que se canse de no pensar, ni hacer, ni pretender, nada interesante.

domingo, 12 de diciembre de 2010

"De mayor quiero ser psycho killer"

Es reconfortante encontrar, en estos tiempos que corren de vacío espiritual, de desilusión y apatía, ahora que uno ha dejado de creer en todo y que se haría nihilista si el nihilismo no fuera también una etiqueta en la que habría que creer, es reconfortante encontrar, decía, personas que todavía, contra viento y marea, tienen muy claro sus objetivos en la vida.
El otro día me lo decía un chico:
- Yo de mayor quiero ser psycho killer.
Dieciséis años tenía, el tío. Adorable.
- Lo que más me excita del asesinato son los ojos de la víctima. Esos ojos, justo antes de morir, están llenos de rabia y de dolor, por un lado; de indefensión, por otro. Esos ojos te piden clemencia y, al mismo tiempo, te matarían si pudieran de la más cruel de las formas. Y el miedo, el miedo siempre está ahí como telón de fondo...
No pude comprobar si, realmente, este proyecto de asesino en serie había comenzado ya sus andanzas. Sus descripciones, desde luego, parecían verosímiles:
- Me gusta la sinceridad, la honestidad. Nadie miente en un momento así. Cuando alguien va a acabar con tu vida, y lo va a hacer de forma arbitraria, además, desaparecen los buenos modales, la falsedad, la hipocresía, la asertividad. Te encuentras, entonces, con el ser humano en estado puro. "Psycho killer, qu'est-ce que c'est?", cantaba, y se reía, y yo pensando que cuando los Talking Heads cantaban eso el tío este todavía no había nacido.
Definitivamente es bueno comprobar que las nuevas generaciones tienen inquietudes. Con gente así, la continuidad de nuestra desigual y esquizofrénica sociedad está asegurada.
- Muy bien, chico, -le dije. - Tú quema el mundo que yo me sentaré en mi terraza a tomar algo mientras disfruto del espectáculo...

lunes, 6 de diciembre de 2010

Diagnóstico: esquizofrenia

Estoy en Malta, disfrutando de unos días de asueto. Hace buen tiempo, 22 grados marcan los termómetros, una temperatura ideal para deambular por el paseo marítimo de Sliema viendo tiendas y haciendo compras, para hacer una parada en una terraza y tomar un refrigerio, para recorrerse la ciudad y detenerse a observar sus monumentos, sus iglesias, sus jardines.
La gente es agradable, muy mediterránea, fruto de una mezcla cultural macerada durante siglos.
Me paro a tomar un café y me quedo hablando con un camarero. Al principio me sigue la conversación, hablamos del sistema de transporte público y de mis ganas de visitar esta tarde La Valeta. Luego se pone serio. "Yo, en realidad, no soy camarero", me dice. Yo le miro, con su delantal y el café en la mano, y sonrío estúpidamente. Típica broma maltesa, supongo.
Me vuelve a decir que no es camarero. "Tampoco tengo delantal", añade, "y esto no es un café". Me quedo boquiabierto y le doy un sorbo. Sabe a capuchino. "Esto no existe, ¿acaso recuerdas cómo has llegado aquí?"
Lo pienso y me sorprendo a mí mismo. ¿Cómo he llegado? No lo recuerdo. "En avión, supongo", respondo de todas formas. Él sonríe y me pone una mano en el hombro. Me dice que no es camarero, que es psiquiatra. Que estoy en un psiquiátrico. Que los aviones dejaron de volar y que no fui a Malta, que perdí el control y maté a patadas a un puñado de personas inocentes, que me encerraron ahí y que ahora mi mente bloquea ese recuerdo y crea una realidad paralela. Pero la brisa de la costa me refresca la cara y las olas rompen mansas contra las rocas...
El camarero me enseña su título de psiquiatra y mi orden de ingreso en el centro. ¿Cómo coño trabaja de camarero si tiene un título de psiquiatra? Son raros estos malteses. Y estúpidos. Que se deje de tonterías, qué psiquiátrico ni qué narices. Estoy en Malta. Su historia, además, es absurda.
¿Cómo van a dejar de volar los aviones?
Estoy en Malta, joder. Estoy en Malta.