lunes, 27 de diciembre de 2010

El infierno no es un lugar físico, es un estado del alma

El Maestro era un tipo metódico. Despertaba al despuntar el alba, y dividía el día a partes iguales entre sus horas de meditación, sus servicios a la comunidad y el trato con las gentes. A sus discípulos solía decirles aquello de que "la distracción y el olvido constituyen el mayor de los peligros en el camino de la verdad".
- Nunca os distraigáis de vuestra meta, tenedla siempre presente y dirigíos a ella sin perderla, nunca, de vista. Y en ningún momento, bajo ninguna circunstancia, olvidéis quiénes sois.
Un joven discípulo solía prestar especial atención a estas palabras, y pasaba horas reflexionando sobre ellas. Una vez le preguntó al Maestro:
- Maestro, no sé lo que quiero, y ha llegado un momento en el que ni siquiera sé quién soy. ¿Cómo puedo evitar la distracción teniendo siempre presente mi meta si no sé cuál es esa meta? ¿Cómo puedo impedir olvidar quién soy, si ni tan siquiera lo sé?
El Maestro sonrió como solo los sabios saben hacer y le puso la mano en el hombro con gesto paternal:
- Bienvenido al mundo, joven, pues ahora sí puedes considerarte nacido. Al fin has abierto los ojos. Por eso, bienvenido al mundo.