Me asomo a la ventana con la esperanza de ser testigo de algo insólito. Una especie de "ventana indiscreta" que me dé, al menos, algo con lo que entretenerme unos minutos. Hace un tiempo triste, eso sí, pero me niego a creer que el cielo encapotado es lo más extraordinario que mi recién estrenada abertura al mundo puede proporcionarme. Busco un resbalón sin consecuencias, un leve choque de vehículos, un perro que muerda a algún anciano transeúnte. Nada. Un tiroteo entre bandas, una reyerta callejera, una manifestación multitudinaria. Nada. Un asesinato en plena calle, un meteorito que destroce la fuente de la plaza, las primeras brisas de un huracán. Nada de nada.
Por no encontrar, no encuentro ni la alegría que la ausencia de estas calamidades debería provocar. La gente camina triste, de hecho. Triste como el tiempo.
Empiezo a pensar que alguien escucha mis pensamientos. Se trata de algo irracional, de una intuición. Que escuchan los pensamientos de todos, más bien, y que por eso la gente no hace nada y se limita a actuar de forma insulsa y predecible.
Ese es el plan, sí, no hay duda. Alguien espía nuestros pensamientos, y nos hemos propuesto, ahora lo veo con claridad, matarlo de aburrimiento.
Llevo un rato ya mirando por la ventana. Nada, otra vez. Todo este tiempo sin pensar en nada, mi mente se ha detenido y funciona por inercia. También el mundo. Como no se cansen pronto de espiar mis pensamientos voy a ser yo el que se canse de no pensar, ni hacer, ni pretender, nada interesante.
domingo, 19 de diciembre de 2010