domingo, 24 de enero de 2010

Nos miran

Observad atentamente. ¿Veis aquel hombre que lee el periódico sentado en el banco? ¿Y esa furgoneta de la compañía telefónica que aparenta efectuar reparaciones? ¿No os dais cuenta de cómo os mira el tipo del estanco cuando os vende el tabaco, cuando os da el periódico?
Nos miran. Y nos oyen. Nos pinchan los teléfonos, nos leen el correo, alguien en algún lugar se dedica a contemplar en una multitud de pantallas de televisión nuestros movimientos durantes las 24 horas.
Colocan cámaras en los agujeros de las paredes, en los ojos de los cuadros que nos rodean en el salón, en el dorso de los espejos, tras el retrovisor del coche, en el salpicadero.
Manejan nuestras cuentas bancarias, nuestros carnets de identidad, nuestras compras y desplazamientos.
¿Nunca os habéis fijado en ese satélite que nos persigue con su mirada de robot mecánico? Claro que no, se encuentra allí, en la estratosfera, sin abandonarnos ni de día ni de noche.
Intuidlos. Sentidlos. Nos miran.
Y hacen bien, porque en cuanto pueda, si se despistan, si se relajan, si distraen por un momento su atención, acabaré con ellos.

lunes, 18 de enero de 2010

Conversaciones desde la cripta

He visto a la muerte. La he visto, y ella me ha visto a mí. Fue al cruzar una esquina. Yo iba con prisas, acelerado, así que guardo recuerdos fugaces del encuentro.
Sí que puedo asegurar, no obstante, que se trataba de la mismísima muerte. Se apoyaba en un chaflán, con su túnica negra cubriéndole la cabeza, sus dedos huesudos, sus ojos huecos en el cráneo aterrador. Llevaba su guadaña, aunque la había dejado apoyada sobre la pared. Tal vez descansaba; tal vez estaba tan segura de encontrarme allí, de cruzarse conmigo en ese lugar y momento, que se había relajado.
Me señaló. Puedo asegurar que me señaló con ese dedo descarnado con el que normalmente invita a sus víctimas a seguirla.
Yo continué mi camino. Iba con prisas, ya digo. Nos cruzamos una mirada y cada uno siguió con lo suyo, yo caminando, ella apoyada.
¿Y si me hubiera detenido? Tal vez me hubiera llevado con ella. ¿Y si mi hora ya ha pasado y la muerte no se ha dignado a recogerme? Pero no, no puede ser. La muerte es infalible. No se dejaría a una víctima para después sólo porque esta tenía prisa y le hizo poco caso.
Tal vez señalara a otro. A alguien que caminara detrás de mí. La calle no estaba atestada, desde luego, pero bastantes viandantes circulaban de un lado para otro. Posiblemente señaló a otra persona y yo me crucé en la dirección que marcaba su dedo.
¿Se habrá llevado, de cualquier forma, a esa otra persona?
Yo sigo aquí, y ese dedo apuntaba hacia mí tan directamente... creo que la muerte se está equivocando más de la cuenta. La próxima vez que la vea, se lo digo.

lunes, 11 de enero de 2010

Caronte o la mejor forma de huir

Una vez le pregunté a Caronte qué podía hacer para saber cuál era el mejor momento para huir, para desaparecer una temporada, para alejarme y cambiar de vida y de compañías.
"Cuando tengas que buscar cada mañana las razones para seguir vivo", me dijo, "sabrás que se aproxima el momento. Si te repugna la proximidad de otros, si parecen hablarte en idiomas desconocidos y sus argumentos no son para ti más que leves bagatelas, si acabarías con todos sin remordimientos y sientes la tentación de rebanarles los sesos, entonces es que ha llegado el momento. Sal de donde te encuentres y tómate el tiempo necesario para regresar".
Me alejé asintiendo con la cabeza.
Sus consejos, sin embargo, no me han servido de mucho, pues busco, desde que tengo memoria, el sentido de la vida, me repugnan los demás y sus estúpidas razones, y acabaría con todos sin dudarlo, me encuentre donde me encuentre. Caronte es un buen tipo, en cualquier caso. Tiene, si acaso, el mismo problema que yo: una tendencia casi patológica a rodearse de seres demoníacos. ¿Qué puedo hacer si llevo rebanando sesos toda la vida, en los más diversos lugares, y esa actividad, que tanto aterroriza a otros, me produce las pocas dosis de placer que me dan razones para vivir cada mañana?

miércoles, 6 de enero de 2010

Anticuentos de Navidad. y 8.- El dedo en la llaga.

De repente el cielo se abrió y de entre las nubes apareció un dedo, un dedo enorme como un satélite jupiteriano. Tras el dedo apareció una mano, una mano a imagen y semejanza de la mano humana, con sus cinco dedos y sus uñas perfectamente recortadas, aunque del tamaño de la Cordillera del Himalaya. Dicha mano abrió sus dedos no prensiles y escondió el pulgar marcando, durante unos segundos, un cuatro perfecto. Luego desapareció por el mismo lugar por el que había aparecido.
El suceso supuso una auténtica conmoción en todo el mundo, pues todo el mundo había sido testigo de una aparición de semejante tamaño. Las cadenas de televisión daban a la noticia la mayor de las coberturas y emitían horas y horas de programación debatiendo sobre qué podría ser aquello. Pronto se llegó a la conclusión de que aquella mano monstruosa era, en realidad, una mano divina, la mano de Dios. Pero, ¿era una especie de mensaje? ¿Qué quería decir con su gesto el Todopoderoso?
Las disquisiciones posteriores pusieron en común a todos los credos y religiones: el cristianismo en todas sus formas, el islamismo, el hinduismo, el judaísmo e incluso las religiones animistas y taoístas creían ver reflejada en la mano de Dios la figura de su Ser Superior particular y el de todos a un mismo tiempo. Incluso la fe había quedado relegada a un segundo plano, pues el hecho había sido tan evidente que su asunción se convertía en un hecho rutinario, apoyado además por los testimonios de varios miles de millones de personas que, al mismo tiempo y de la misma manera, habían sido testigos de la aparición.
Otra cuestión era la del significado del signo. Un cuatro, desde luego. Pero, ¿por qué? Hubo quien propugnó la llegada de la Nueva Jerusalén en cuatro días, hubo quien habló de cuatro años de una guerra que estallaría en breve, otros pedían la construcción de cuatro naves espaciales que como Noé, o como Colón, surcaran los cielos en busca del contacto con un Nuevo Mundo. Entonces surgió, nadie supo muy bien cómo, un informe que mostraba similitudes entre la astrología maya, la azteca y la asirio-babilónica, así como entre ciertos ritos zulúes y Upanishads védicos. Todos coincidían en situar el fin del mundo justamente el 25 de diciembre de aquel mismo año.
Exactamente cuatro días después de la aparición de la mano de Dios.
La hipótesis se extendió como un reguero de pólvora sembrando el pánico por todos los rincones del mundo. El fin del mundo estaba escrito, nadie lo dudó, como nadie duda de las catástrofes anunciadas y de las señales de malos augurios, especialmente cuando una mano gigante las indica desde el cielo. Inmediatamente se desarrollaron pautas de comportamiento divergentes ante la inminente tragedia. Los templos se llenaron de gente que elevaba sus plegarias al altísimo en busca de salvación; los suicidios se multiplicaron, pero también las buenas acciones. Aquellos cuatro días previos a la Navidad estuvieron repletos de donaciones, de actos de entrega y caridad, de buenos samaritanos que ayudaban a viejecitas indefensas a cruzar la calle. La delincuencia disminuyó a niveles históricos: ¿quién se iba a atrever a delinquir cuando se cernía sobre él el peso de una condena apocalíptica? Dichas acciones, desde luego, distaban mucho de ser altruistas. Se basaban, más bien, en la desesperación y el deseo de salvar el mundo, o en su defecto el alma, a toda costa. Aquella Nochebuena fue la más pacífica y entrañable, pero también la más angustiosa que todos recordaban. Era la víspera de la gran decisión divina.
Y amaneció el día de Navidad. Y el mundo seguía girando, con sus montañas y sus mares, con su Sol y sus nubes, con sus ríos, sus plantas y sus animalitos.
Y cualquiera hubiera dicho que, en efecto, había llegado la paz, la tierra prometida, la Nueva Jerusalén, y que los males y las guerras habían desaparecido del mundo, y que Dios había eliminado en cuatro días todo lo dañino y ponzoñoso para dejar vivir, en su extrema bondad, todo lo que era bueno y puro. Cualquiera lo hubiera dicho, pero nadie lo dijo.
Porque el mundo siguió rodando, los días y las noches sucediéndose, los seres vivos interrelacionándose y el tiempo pasando inalterable, sí. Pero los seres humanos, esos seres que pudiendo hacer el bien esperaban a verse amenzados para demostrarlo, esos seres que jamás pensaban en nada que no fuera ellos mismos, siempre ellos en primer lugar, esos seres egoístas que personificaban todas las desgracias, habían desaparecido por completo de la faz de la Tierra.

lunes, 4 de enero de 2010

Anticuentos de Navidad. 7.- Albricias

A medianoche surgió del Night Club Babilonia una figura tambaleante. Caminaba entre gemidos, casi a rastras. Alcanzó la gasolinera adyacente y cayó al suelo entre los surtidores allí apostados. Sólo entonces, bajo la luz fluorescente de la estación de servicio, un observador atento hubiera podido reconocer a una de las chicas del Babilonia susurrando peticiones de ayuda.
Había sido expulsada del local en pleno ejercicio del empleo más antiguo del mundo al romper aguas sobre la cama. Y precisamente aquella noche, Nochebuena, justo cuando el local se llenaba, tradicionalmente, de buscadores solitarios de consuelo amoroso. Daba igual, en cualquier caso. Apenas hubiera podido ocultar el embarazo unos días más. Era extraño, pues la gestación apenas había entrado en su sexto mes, ver cómo aquel ser de padre desconocido pugnaba por salir a un mundo que no le recibiría con los brazos precisamente abiertos.
Los gritos de la ramera llamaron la atención del dependiente de la gasolinera, que había encontrado ocupación y distracción para la larga noche que se avecinaba colocando por orden alfabético en el estante correspondiente las distintas marcas de patatas fritas. Aquellos bufidos animales, aquellos graznidos asmáticos rasgaban el aire como un anuncio de muerte. Luego pareció oír el llanto de un bebé, corrió a la puerta y salió al exterior.
Y en ese momento, ante aquel humilde gasolinero, se presentó un cuadro conmovedor. En el suelo, como arrojada con desprecio, sobre las manchas de carburante, sobre restos placentarios y sobre un charco de sangre, una madre acunaba a su bebé y lo cubría a duras penas con las telas de su vestido. La flanqueaban dos surtidores, uno de gasolina de 95 octanos, otro de gasóleo plus, que parecían observar la escena con calmada dignidad y bovina absorción.
El dependiente se acercó a la chica con gesto dulce y posó la mirada sobre el niño. No sólo se trataba de un bebé prematuro, sino que presentaba evidentes malformaciones. Su piel, por ejemplo, presentaba un color rojizo que no se había aplacado con los intentos desesperados de la madre por limpiar la sangre del parto; por otra parte, sus pies carecían de dedos, o más bien los cinco habituales se habían transformado en dos gruesos apéndices de color oscuro y aspecto de dureza. Luego estaba su frente, deformada por dos bultos, uno a cada lado, que parecían pugnar por romper el cráneo del neonato. Pero por encima de todo estaban los ojos, esos ojos, ¿por qué eran así, gatunos… y amarillos…?
Ante aquella visión, el gasolinero enmudeció momentáneamente. Por su mente pasó una palabra maldita, una profecía terrible, la esperanza de una nueva era en la que, quizás esta vez sí, reinaran la paz y el amor. Quiso gritar, pero sólo pudo susurrar:
- Albricias… albricias… ha nacido el Redentor.
Era Nochebuena. Hacía frío. Del Night Club salían ya, en dirección a la gasolinera donde descansaban sus vehículos, tres camioneros portando sendos objetos en las manos. El primero, una lata de cerveza; el segundo, una petaca de whisky; el tercero, tabaco de liar.

sábado, 2 de enero de 2010

Anticuentos de Navidad. 6.- Te puede pasar a ti

El boleto se le había quedado adherido al rostro, traído de no se sabe dónde por el gélido viento siberiano que campaba a sus anchas por la ciudad. Un boleto de lotería surgido de la nada y que había caído por casualidad en sus manos, en las manos de Andrés, justamente en aquellos momentos, justamente mientras caminaba apesadumbrado meditando cómo le diría a su mujer, al llegar a casa, que le acababan de despedir de su tercer trabajo en diez meses y que apenas quedaba dinero para comprar una caja de mazapanes. Aquellas Navidades iban a ser verdaderamente tristes para todos, especialmente para Andresito, su hijo.
Andresito acababa de cumplir los cuatro años de edad. No pedía, no era un niño exigente, ni caprichoso, así había sido educado por sus padres, pero sus ojos brillaban con especial fulgor al pasar ante los escaparates navideños repletos de luces, de juguetes y golosinas. Andrés le hubiera querido hacer un regalo realmente especial aquellas navidades, pero el despido…
El boleto había llegado como soplado expresamente por el duende de la suerte, un boleto que habría caído de algún monedero adinerado, que habría recorrido, movido por el viento, puestos ambulantes de castañas, que habría descansado en el parabrisas de un coche, que habría sorteado vertiginosamente una boca de alcantarilla que lo llamaba a su seno y que habría ido a parar, tras mil y una vicisitudes, a las manos necesitadas de Andrés.
25.359. Ese era el número de la suerte. ¿Cómo podía ser de otra manera? Y el sorteo tendría lugar en media hora…
Andrés se introdujo en la primera cafetería que encontró, se pidió un cortado que pagó con las últimas monedas que tenía a mano y esperó pacientemente el resultado, que ofrecerían por televisión. Con el primer sorbo, comenzó a pensar en qué podría invertir la suma ganadora, realmente cuantiosa. Tal vez le compraría a su mujer unos bonitos vestidos y a Andresito todo un cajón de juguetes. Para la hipoteca de la casa también sería un alivio, y para solventar de una vez aquella deuda con sus suegros… ¿Y si montara una empresa? ¿Y si donara una parte importante a obras de caridad?
Al otro lado de la ventana de la cafetería se asomó un jovenzuelo. Allí fuera había comenzado a nevar. El joven, vestido con harapos, parecía observar los pasteles que el dueño de la cafetería exponía a los viandantes. Parecía hambriento. El dueño salió y lo expulsó a escobazos, molesto por su inofensiva presencia. Andrés decidió que si le tocaba el primer premio le daría a aquel chico un buen pellizco, lo suficiente para que no volviera a pasar penurias. ¿Qué opinaría su mujer al respecto? Seguro que no le importaría, María era tan buena…
El primer premio estaba a punto de salir. Andrés miró su boleto, 25.359, y cerró los ojos con fuerza durante unos segundos. Al abrirlos, la pantalla mostraba el número ganador.
25.395. Andrés miró su boleto. 25.359. Volvió a mirar la televisión. 25.395. “Enhorabuena a los premiados”, decía el locutor. ¿Qué coño era aquello, una broma cruel del destino? Pues no tenía nada de gracia. Andrés miró el dorso del boleto y leyó las bases tantas veces como fue necesario hasta comprobar que no le había tocado ni un chavo. Se levantó con tal enfado que pateó la mesa de la cafetería y rompió la taza de café que había pedido, así como un servilletero. El camareró le echó a patadas, y una patada le hubiera dado él al niño gafe aquel que seguramente había sido el culpable de que le hubieran jodido el premio. Afortunadamente para el niño, ya se había largado. Andrés le pegó un puntapié al aire, resbaló en el suelo helado y se hizo daño al caer sobre el codo. Sangraba. Ahora tendría que decírselo a su mujer, que le echaría la bronca por llegar tarde, por iluso, por estúpido y por fracasado, y el pesado de Andresito volvería a llorar por esos juguetes inútiles que siempre insinuaba querer. ¿Y el duende de la suerte, y el espíritu de la Navidad, y la fortuna de los necesitados?
- Mierda de Navidad – dijo. Y se dirigió cabizbajo a su casa envuelto en remolinos de nieve.