"Sostenle la mirada y estréchale la mano con fuerza, con energía", le habían dicho los próceres de la retórica y la persuasión. ¡Qué fácil era decirlo, pero qué mérito tendría si salía con vida de aquella entrevista!
Aprender a estrechar la mano le había costado media vida y algún que otro disgusto. En cuanto a lo de sostener la mirada y asomarse a los ojos del interlocutor, todavía no lo había conseguido.
Recordaba haberse dejado intimidar por sus jefes, por sus amigos más impulsivos, por las chicas que había pretendido conquistar, por cualquiera que se le hubiera cruzado en la calle con un poco de desparpajo. Le era imposible no echar la vista al suelo y hablar y hablar sin saber muy bien a quién. En ocasiones había hablado horas enteras, conversaciones completas, incluso interesantes, para después darse cuenta de que le costaba recordar las caras: cómo hacerlo, si apenas las había mirado.
Se atormentaba temiendo qué pensarían los demás de él, probablemente le considerarían un pusilánime, un espíritu débil y sin valor.
Aquella entrevista era su oportunidad de desquitarse y de ascender en la escala social, de comenzar a ser considerado y a cruzar al lado de los influyentes y no de los influidos. Llegaría e impondría su ley.
Y lo intentó. ¡Vaya si lo intentó! El Presidente le recibió en su despacho y le tendió la mano con un breve saludo. Él apretó, lo hizo con todas sus fuerzas, y sin embargo notó cómo los dedos del Presidente aprisionaban los suyos y los hacía añicos, o al menos eso creyó él. Cuando las manos se separaron, sus dedos habían incluso perdido sensibilidad y su mirada, por supuesto, andaba tan baja que descubrió una mancha en su zapato.
Comprendió entonces que nunca llegaría a lo más alto, que para eso había que desarrollar una fuerza especial, poderosa, que dominar a los demás en una suerte que hay que practicar a menudo, y con constancia.
La entrevista salió mal. Al terminar, no sólo no sabía el color de los ojos del Presidente, sino que apenas podría reconocerlo en una reunión medianamente poblada.
domingo, 28 de febrero de 2010
domingo, 21 de febrero de 2010
Soy el único miembro de una sociedad secreta
Me he cansado de hablarle al mundo y que el mundo no me responda. Estoy harto de ser ignorado, olvidado y menospreciado por gente que no saben quiénes son, que no respetan a nadie, que se niegan a reflexionar y que no ven la realidad.
He creado una sociedad secreta, propia y unipersonal. Ni los templarios, ni los rosacruces ni los masones pudieron presumir de una cualidad decisiva: la unanimidad.
Imaginen las reuniones, los acuerdos, el morboso placer de cuidar los mayores secretos de la humanidad llevado a cabo por una sociedad a la que sólo los elegidos tienen acceso. Y él único elegido, desde luego, soy yo.
Ahora mi vida tiene sentido. Me dedicaré en cuerpo y alma a mantener en secreto las verdades que todos desconocen. No volveré a echar margaritas a los cerdos.
Los secretos son, y serán, sólo para mí. Pregúntenme, si quieren, que no obtendrán respuesta.
No lo merecen.
Ustedes no lo merecen.
He creado una sociedad secreta, propia y unipersonal. Ni los templarios, ni los rosacruces ni los masones pudieron presumir de una cualidad decisiva: la unanimidad.
Imaginen las reuniones, los acuerdos, el morboso placer de cuidar los mayores secretos de la humanidad llevado a cabo por una sociedad a la que sólo los elegidos tienen acceso. Y él único elegido, desde luego, soy yo.
Ahora mi vida tiene sentido. Me dedicaré en cuerpo y alma a mantener en secreto las verdades que todos desconocen. No volveré a echar margaritas a los cerdos.
Los secretos son, y serán, sólo para mí. Pregúntenme, si quieren, que no obtendrán respuesta.
No lo merecen.
Ustedes no lo merecen.
domingo, 14 de febrero de 2010
Como la vida misma
El enemigo es numeroso. Un ejército perfectamente pertrechado, compuesto por miles, decenas de miles de soldados en una formación perfecta que se extiende por todo el valle, que asciende por la colina y que se pierde en el horizonte sin dar la impresión de extinguirse en ningún momento.
Sus rostros fieros, su mirada torva y ese silencio que daña los oídos y que sólo son capaces de sostener quienes forman parte ciega de un todo poderoso me dicen que la empresa se ha tornado titánica.
Giro la cabeza a un lado y a otro. Absoluta soledad. Nadie me acompaña, salvo mi pobre espada y un raquítico escudo.
Me planteo si merece la pena enfrentar a una multitud sin armas y sin compañía. Pienso en correr, en salvarme, en huir, en rendirme, en alzar un trapo blanco y pedir cuartel, y suplicar clemencia. Me esfuerzo, no obstante, por espantar de mí tales pensamientos.
La vida no es eso. La vida no es someterse a la voluntad de los demás, por más que sean.
La vida, tal vez, consista en morir dignamente.
Corro hacia la marabunta gritando de rabia. Mis gritos resuenan en el vacío. El ejército enemigo avanza hacia mí. Alguien les debe de haber dado la orden.
Si son sesenta mil y mato al primero sólo me quedarán cincuenta y nueve mil novecientos noventa y nueve.
Sus rostros fieros, su mirada torva y ese silencio que daña los oídos y que sólo son capaces de sostener quienes forman parte ciega de un todo poderoso me dicen que la empresa se ha tornado titánica.
Giro la cabeza a un lado y a otro. Absoluta soledad. Nadie me acompaña, salvo mi pobre espada y un raquítico escudo.
Me planteo si merece la pena enfrentar a una multitud sin armas y sin compañía. Pienso en correr, en salvarme, en huir, en rendirme, en alzar un trapo blanco y pedir cuartel, y suplicar clemencia. Me esfuerzo, no obstante, por espantar de mí tales pensamientos.
La vida no es eso. La vida no es someterse a la voluntad de los demás, por más que sean.
La vida, tal vez, consista en morir dignamente.
Corro hacia la marabunta gritando de rabia. Mis gritos resuenan en el vacío. El ejército enemigo avanza hacia mí. Alguien les debe de haber dado la orden.
Si son sesenta mil y mato al primero sólo me quedarán cincuenta y nueve mil novecientos noventa y nueve.
martes, 9 de febrero de 2010
Cuestiones de fe bañadas en realidad
- ¿Por qué todos esperan al final para darse cuenta de que la vida merece la pena? -le preguntó el alumno al maestro. - Si lo supieran desde el principio, la disfrutarían más.
- ¿A mí que me cuentas? - contestó el maestro. - Yo siempre tuve clarísimo que estar vivo era una mierda...
- Entonces... -la mirada del alumno se tornó cándida. - ¿Por qué decides seguir viviendo?
- Verás... ¿Dónde están ahora todos esos que creyeron descubrir al final que la vida merecía la pena?
- Muertos, creo.
- Exactamente. Yo creo que estar vivo es una mierda, lo cual, según lo dicho, probablemente signifique que seguiré viviendo...
- ¿Siempre pasa lo contrario de lo que uno cree o desea?
- Por lo general así parece, joven alumno...
- ¡Pues vaya mierda!
- Bien, bien, veo que ya vas aprendiendo...
- ¿A mí que me cuentas? - contestó el maestro. - Yo siempre tuve clarísimo que estar vivo era una mierda...
- Entonces... -la mirada del alumno se tornó cándida. - ¿Por qué decides seguir viviendo?
- Verás... ¿Dónde están ahora todos esos que creyeron descubrir al final que la vida merecía la pena?
- Muertos, creo.
- Exactamente. Yo creo que estar vivo es una mierda, lo cual, según lo dicho, probablemente signifique que seguiré viviendo...
- ¿Siempre pasa lo contrario de lo que uno cree o desea?
- Por lo general así parece, joven alumno...
- ¡Pues vaya mierda!
- Bien, bien, veo que ya vas aprendiendo...
lunes, 1 de febrero de 2010
¡Muere!
Augusto levantó el arma y apuntó con ella a Ernesto. Respiró hondo y pronunció las palabras definitivas:
- Y ahora... es hora de morir.
Ernesto, agazapado y hasta entonces en silencio, exclamó de forma inesperada:
- ¡Ya era hora, joder!
- ¿Eh?
Ante la confusión generada por la respuesta, Augusto dudó, el arma permaneció apuntando y Ernesto tuvo tiempo para continuar:
- ¡Que dispares, coño! Llevas un cuarto de hora ahí, dándole al palique. Vale que has entrado en mi casa, y vale que quieras matarme, pero, joder, es que me da igual tu vida... ¿lo entiendes? ¡Me da igual tu vida! Me da igual haber matado a tus padres, que pasaras la infancia mendigando, que alimentaras tus ansias de venganza, que aprendieras artes marciales y que entraras como infiltrado en mi banda... Quince putos minutos contándome una historia que a mí personalmente, y te lo repito... ¡me da igual! ¿Quieres disparar ya de una vez? Joder... es hora de morir... es hora de morir... hasta para la última frase pareces un pringao... ¿Que te crees, que esto es una puta peli americana? ¡Gilipollas! ¡Pedazo de gilipollas! ¡Me importan un carajo tus padres y tu infancia! Y pégame ya el tiro que si no te voy a soltar una hostia que te...
¡Bang!
El tiro resonó en la habitación, Augusto había cerrado los ojos y, cuando los abrió, encontró a sus pies un cadáver de cráneo reventado y sanguinolento. El cadáver del asesino de sus padres, quienes, por fin, habían sido vengados.
Augusto, sin embargo, no terminó de sentirse a gusto. Esos gritos... esa tensión... no había sido precisamente como lo había imaginado durante años. Probablemente fuera verdad lo que había dicho Ernesto: había visto demasiadas películas. En la realidad la gente no sostiene largos soliloquios antes de disparar. Tampoco se quedan en el lugar del crimen pensando en cómo había transcurrido todo.
Así que se fue. Y lo peor es que le quedaba aquella amarga sensación, la de que tal vez sin los gritos, que le descentraron un poco, que le alteraron el ánimo, ni siquiera hubiera sido capaz de disparar...
- Y ahora... es hora de morir.
Ernesto, agazapado y hasta entonces en silencio, exclamó de forma inesperada:
- ¡Ya era hora, joder!
- ¿Eh?
Ante la confusión generada por la respuesta, Augusto dudó, el arma permaneció apuntando y Ernesto tuvo tiempo para continuar:
- ¡Que dispares, coño! Llevas un cuarto de hora ahí, dándole al palique. Vale que has entrado en mi casa, y vale que quieras matarme, pero, joder, es que me da igual tu vida... ¿lo entiendes? ¡Me da igual tu vida! Me da igual haber matado a tus padres, que pasaras la infancia mendigando, que alimentaras tus ansias de venganza, que aprendieras artes marciales y que entraras como infiltrado en mi banda... Quince putos minutos contándome una historia que a mí personalmente, y te lo repito... ¡me da igual! ¿Quieres disparar ya de una vez? Joder... es hora de morir... es hora de morir... hasta para la última frase pareces un pringao... ¿Que te crees, que esto es una puta peli americana? ¡Gilipollas! ¡Pedazo de gilipollas! ¡Me importan un carajo tus padres y tu infancia! Y pégame ya el tiro que si no te voy a soltar una hostia que te...
¡Bang!
El tiro resonó en la habitación, Augusto había cerrado los ojos y, cuando los abrió, encontró a sus pies un cadáver de cráneo reventado y sanguinolento. El cadáver del asesino de sus padres, quienes, por fin, habían sido vengados.
Augusto, sin embargo, no terminó de sentirse a gusto. Esos gritos... esa tensión... no había sido precisamente como lo había imaginado durante años. Probablemente fuera verdad lo que había dicho Ernesto: había visto demasiadas películas. En la realidad la gente no sostiene largos soliloquios antes de disparar. Tampoco se quedan en el lugar del crimen pensando en cómo había transcurrido todo.
Así que se fue. Y lo peor es que le quedaba aquella amarga sensación, la de que tal vez sin los gritos, que le descentraron un poco, que le alteraron el ánimo, ni siquiera hubiera sido capaz de disparar...