Comenzó moviendo levemente las hojas de los árboles, como una ráfaga de viento. Luego las páginas de los libros, que se levantaban cada vez con un menor esfuerzo y lentitud. Más adelante fue capaz de trasladar los objetos. El bolígrafo que descansaba al otro lado de la mesa, el salero al que no podía llegar. Era un auténtico placer, por encima del hecho de traer objetos sin levantarse, disfrutar de la sensación de poder que proporcionaba tener un don inasequible a los demás, un don enorme y maravilloso que parecía crecer por momentos.
Qué delicia poder mover los objetos con la mente.
Del salero pasó a las botellas del frigorífico, a los interruptores de la luz, a los muebles del salón. Mover la cama para que la escoba barriera debajo se había convertido en un juego de niños. Subir por las escaleras el piano de cola que compró supuso un auténtico reto, más por el secreto en que era necesario conservar el don que por la dificultad técnica.
Su poder parecía no tener límites.
Continuó sacando el coche del garaje, deteniendo camiones, trasladando la cabaña del lago, acercando las montañas que se atisbaban en el horizonte.
Cuando se le ocurrió que podía bajar la luna a la tierra, no lo dudó un instante. Los cielos empezaron a oscurecerse, las mareas subieron y provocaron catástrofes, los animales enloquecieron y el satélite adquirió, por su proximidad, dimensiones gigantescas. Poco le importaba. Si hacía falta, acercaría también el sol.
Era tan divertido...
martes, 29 de junio de 2010
jueves, 24 de junio de 2010
Estudios etnográficos: La Gran Nube de Magallanes
La Gran Nube de Magallanes no ha cambiado mucho desde que John Herschel se estableció en Ciudad del Cabo para observarla. Sus 10.000 millones de estrellas contienen un número aproximado de 100.000 millones de planetas, siendo la centésima parte de ellos, según las estimaciones, habitable.
La vastedad de esta galaxia hace que muchos de sus rincones aún no hayan sido estudiados. Es intersante, sin embargo, encontrar en varios de ellos formas de vida inteligente, aunque simples en su estructura biológica y carentes de tecnología.
La presencia de formas de vida similares en distintos planetas, algunos distantes entre sí varios millares de años luz, así como distintas pruebas arqueológicas, hablan de un pasado tecnológicamente avanzado, hasta el punto de permitir viajes interestelares.
El estudio de los habitantes de la Gran Nube de Magallanes depara, como principal curiosidad, la constatación de la ausencia, como norma general, del sentimiento que generan los "remordimientos" en el ser humano. No se trata de seres desalmados y malvados, sino de seres que carecen de lo posibilidad "real" de lamentarse de una equivocación o error.
Dicho de otra manera, los seres que habitan esta galaxia asumen las consecuencias de sus hechos, valoran el pasado como algo "pasado" y jamás perderán más tiempo del preciso valorando, a posteriori, las consecuencias de sus acciones. De este modo, estos seres carecen de dudas, de arrepentimientos, de contradicciones, de pasos atrás. Una decisión en su vida, una vez tomada, se convierte en un hecho constatable y carente de reparación sobre el que, por consiguiente, no merece la pena martirizarse.
El ser humano bascula entre la envidia por estos seres (por lo general más felices, pues al carecer de remordimientos carecen igualmente de los dolores que estos provocan) y la inevitable sensación de que tal carencia los convierte en algo que no puede ser calificado sino como "inhumano".
Hay quien piensa que fue esta ausencia de remordimientos la que llevó a estos seres a desaprovechar su pasado tecnológico y quedar reducidos a restos primitivos dispersos por planetas sin conexión; otros, sin embargo, teorizan sobre la posibilidad de que esa decisión fuese deliberada, de que la felicidad se encuentre, quizá, en la mayor de las simplezas.
Fuera cual fuese la decisión que tomaron, hace ya quizá miles de años, ellos no la recuerdan, pues es pasado; ellos no la valoran, pues ya tuvo lugar y es inapelable; ellos, en definitiva, no se arrepienten.
Ellos se consideran felices, y uno se pregunta, por analogía, si esa capacidad del ser humano para dejarse llevar por su conciencia, para darle vueltas a los asuntos que ya fueron, no es al mismo tiempo su virtud y su condena, y decir "lo siento", a veces, tan necesario como doloroso.
La vastedad de esta galaxia hace que muchos de sus rincones aún no hayan sido estudiados. Es intersante, sin embargo, encontrar en varios de ellos formas de vida inteligente, aunque simples en su estructura biológica y carentes de tecnología.
La presencia de formas de vida similares en distintos planetas, algunos distantes entre sí varios millares de años luz, así como distintas pruebas arqueológicas, hablan de un pasado tecnológicamente avanzado, hasta el punto de permitir viajes interestelares.
El estudio de los habitantes de la Gran Nube de Magallanes depara, como principal curiosidad, la constatación de la ausencia, como norma general, del sentimiento que generan los "remordimientos" en el ser humano. No se trata de seres desalmados y malvados, sino de seres que carecen de lo posibilidad "real" de lamentarse de una equivocación o error.
Dicho de otra manera, los seres que habitan esta galaxia asumen las consecuencias de sus hechos, valoran el pasado como algo "pasado" y jamás perderán más tiempo del preciso valorando, a posteriori, las consecuencias de sus acciones. De este modo, estos seres carecen de dudas, de arrepentimientos, de contradicciones, de pasos atrás. Una decisión en su vida, una vez tomada, se convierte en un hecho constatable y carente de reparación sobre el que, por consiguiente, no merece la pena martirizarse.
El ser humano bascula entre la envidia por estos seres (por lo general más felices, pues al carecer de remordimientos carecen igualmente de los dolores que estos provocan) y la inevitable sensación de que tal carencia los convierte en algo que no puede ser calificado sino como "inhumano".
Hay quien piensa que fue esta ausencia de remordimientos la que llevó a estos seres a desaprovechar su pasado tecnológico y quedar reducidos a restos primitivos dispersos por planetas sin conexión; otros, sin embargo, teorizan sobre la posibilidad de que esa decisión fuese deliberada, de que la felicidad se encuentre, quizá, en la mayor de las simplezas.
Fuera cual fuese la decisión que tomaron, hace ya quizá miles de años, ellos no la recuerdan, pues es pasado; ellos no la valoran, pues ya tuvo lugar y es inapelable; ellos, en definitiva, no se arrepienten.
Ellos se consideran felices, y uno se pregunta, por analogía, si esa capacidad del ser humano para dejarse llevar por su conciencia, para darle vueltas a los asuntos que ya fueron, no es al mismo tiempo su virtud y su condena, y decir "lo siento", a veces, tan necesario como doloroso.
jueves, 17 de junio de 2010
Estudios etnográficos: Alfa Centauro B
Alfa Centauro B es una enana naranja. Constituye, junto a su gemela, Alfa Centauro A, una estrella binaria.
Cualquiera pensaría que la vida es imposible en el seno de una estrella, pero la especial constitución binaria y seis mil millones de años de antigüedad dan lugar a situaciones que el vulgo terrícola calificaría, en su ignorancia, de milagros de la naturaleza.
Los habitantes de Alfa Centauro B son, a su manera, efímeros. No podía ser de otra manera, dadas las condiciones del astro en el que se desarrollan. Las altas temperaturas y la rápida combustión del oxígeno han creado formas de vida que sólo pueden ser consideradas, en esencia, como etéreas.
Estos seres, pues, nacen y mueren constantemente. Sería imposible, dadas las condiciones de su entorno, hacerlo de otra manera. Podría decirse que, desde el punto de vista terrícola, los seres de Alfa Centauro B nacen cada día. Para un humano reinventarse cada día constituye una auténtica odisea; volver a nacer, del mismo modo, es un acto de grandeza suprema. El ser humano sólo vuelve a nacer cuando su vida ha sido destruida, cuando sólo quedan de ella tan pocos rescoldos que permiten calificarla de muerta; y tantos rescoldos, por otro lado, como para posibilitar el resurgir.
La vida en Alfa Centauro B surge cada día. Estos seres mantienen su conciencia de individualidad, sus recuerdos y su esencia como ente separado del resto, pero destruyen su vida y la vuelven a comenzar al poco tiempo, sin cargas, sin pesos, sin pasado. La grandeza de los seres de Alfa Centauro B radica en que, contrariamente a lo que sucede con la población terrícola, volver a empezar ha pasado de ser un acto traumático a ser una capacidad natural.
La sociedad en Alfa Centaro B es, podemos decir, eternamente joven. Nacen, se interrelacionan, viven en el sentido terrícola de la palabra, y mueren sabiendo que volverán a nacer, y volverán a interrelacionarse sin las taras de un pasado ya vivido.
Contrariamente a lo que sucede en la Tierra, en Alfa Centauro B la muerte no es una ruptura, la vida carece de los temores del mañana, el renacer no es una heroicidad tras un mundo de dolores y penas, sino un continuo poder ser sin el peso, a veces insoportable para los terrícolas, del haber sido.
Cualquiera pensaría que la vida es imposible en el seno de una estrella, pero la especial constitución binaria y seis mil millones de años de antigüedad dan lugar a situaciones que el vulgo terrícola calificaría, en su ignorancia, de milagros de la naturaleza.
Los habitantes de Alfa Centauro B son, a su manera, efímeros. No podía ser de otra manera, dadas las condiciones del astro en el que se desarrollan. Las altas temperaturas y la rápida combustión del oxígeno han creado formas de vida que sólo pueden ser consideradas, en esencia, como etéreas.
Estos seres, pues, nacen y mueren constantemente. Sería imposible, dadas las condiciones de su entorno, hacerlo de otra manera. Podría decirse que, desde el punto de vista terrícola, los seres de Alfa Centauro B nacen cada día. Para un humano reinventarse cada día constituye una auténtica odisea; volver a nacer, del mismo modo, es un acto de grandeza suprema. El ser humano sólo vuelve a nacer cuando su vida ha sido destruida, cuando sólo quedan de ella tan pocos rescoldos que permiten calificarla de muerta; y tantos rescoldos, por otro lado, como para posibilitar el resurgir.
La vida en Alfa Centauro B surge cada día. Estos seres mantienen su conciencia de individualidad, sus recuerdos y su esencia como ente separado del resto, pero destruyen su vida y la vuelven a comenzar al poco tiempo, sin cargas, sin pesos, sin pasado. La grandeza de los seres de Alfa Centauro B radica en que, contrariamente a lo que sucede con la población terrícola, volver a empezar ha pasado de ser un acto traumático a ser una capacidad natural.
La sociedad en Alfa Centaro B es, podemos decir, eternamente joven. Nacen, se interrelacionan, viven en el sentido terrícola de la palabra, y mueren sabiendo que volverán a nacer, y volverán a interrelacionarse sin las taras de un pasado ya vivido.
Contrariamente a lo que sucede en la Tierra, en Alfa Centauro B la muerte no es una ruptura, la vida carece de los temores del mañana, el renacer no es una heroicidad tras un mundo de dolores y penas, sino un continuo poder ser sin el peso, a veces insoportable para los terrícolas, del haber sido.
sábado, 12 de junio de 2010
Estudios etnográficos: Ganímedes
Los habitantes de Ganímedes constituyen una raza especial. Sus capacidades innatas y el hecho de haber sobrevivido a la catástrofe tectónica de su planeta han fortalecido su espíritu y desarrollado su conciencia.
En puridad Ganímedes no es un planeta, sino el mayor de los satélites jupiterianos y del Sistema Solar. La presencia de hielo, de oxígeno y de lava no son sino restos del Ganímedes floreciente de antes de la catástrofe. Debido a las bajas temperaturas, sus habitantes viven en impresionantes construcciones subterráneas que interconectan toda la llanura oscura conocida por los astrónomos terrestres como Galileo Regio.
Los seres que habitan Ganímedes tienen siete sentidos, frente a los cinco que caracterizan a los terrícolas, de modo que manejan sin dificultad la telepatía y la autoregeneración celular del cuerpo tras enfermedades o con el simple objetivo de paliar los efectos de la vejez. En semejantes condiciones no es de extrañar que sus sociedades puedan parecernos excesivamente estructuradas, demasiado rígidas. Nada más lejos de la realidad, no obstante, pues lo único que sucede es que los habitantes de Ganímedes tienen otro sentido del que carecen los terrícolas: el sentido común.
Tecnológicamente avanzados, los habitantes de Ganímedes no han dudado en interferir en los asuntos de la Tierra cuando, a lo largo de la historia, lo han creído conveniente. Parece que fueron ellos quienes trajeron al planeta azul la agricultura, ciertos tipos arquitectónicos y, posiblemente sin pretenderlo realmente, la creencia en el más allá y en seres de las estrellas.
No es difícil suponer que algunos de los personajes más importantes de la historia humana son, en realidad, originarios de Ganímedes. Sin embargo, su vida en la Tierra no es sencilla, y en multitud de ocasiones su mente y su cosmovisión chocan frontalmente con el caos, la indecisión y la perversidad humanas, hasta el punto de que muchos de los enviados con grandes predicamentos han terminado fracasando y, en ocasiones de lamentable recuerdo, perdiendo la razón y la cordura...
No se descarta que algunos terrícolas de especial valor hayan sido llevados a Ganímedes en vida y alejados del sinsentido terrícola. De igual modo, y según nuestros datos, no es extraño encontrar seres nacidos en Ganímedes y enviados a la Tierra con diversas intenciones que añoran hasta la desesperación su astro natal, esperando con impaciencia el día de su regreso.
En puridad Ganímedes no es un planeta, sino el mayor de los satélites jupiterianos y del Sistema Solar. La presencia de hielo, de oxígeno y de lava no son sino restos del Ganímedes floreciente de antes de la catástrofe. Debido a las bajas temperaturas, sus habitantes viven en impresionantes construcciones subterráneas que interconectan toda la llanura oscura conocida por los astrónomos terrestres como Galileo Regio.
Los seres que habitan Ganímedes tienen siete sentidos, frente a los cinco que caracterizan a los terrícolas, de modo que manejan sin dificultad la telepatía y la autoregeneración celular del cuerpo tras enfermedades o con el simple objetivo de paliar los efectos de la vejez. En semejantes condiciones no es de extrañar que sus sociedades puedan parecernos excesivamente estructuradas, demasiado rígidas. Nada más lejos de la realidad, no obstante, pues lo único que sucede es que los habitantes de Ganímedes tienen otro sentido del que carecen los terrícolas: el sentido común.
Tecnológicamente avanzados, los habitantes de Ganímedes no han dudado en interferir en los asuntos de la Tierra cuando, a lo largo de la historia, lo han creído conveniente. Parece que fueron ellos quienes trajeron al planeta azul la agricultura, ciertos tipos arquitectónicos y, posiblemente sin pretenderlo realmente, la creencia en el más allá y en seres de las estrellas.
No es difícil suponer que algunos de los personajes más importantes de la historia humana son, en realidad, originarios de Ganímedes. Sin embargo, su vida en la Tierra no es sencilla, y en multitud de ocasiones su mente y su cosmovisión chocan frontalmente con el caos, la indecisión y la perversidad humanas, hasta el punto de que muchos de los enviados con grandes predicamentos han terminado fracasando y, en ocasiones de lamentable recuerdo, perdiendo la razón y la cordura...
No se descarta que algunos terrícolas de especial valor hayan sido llevados a Ganímedes en vida y alejados del sinsentido terrícola. De igual modo, y según nuestros datos, no es extraño encontrar seres nacidos en Ganímedes y enviados a la Tierra con diversas intenciones que añoran hasta la desesperación su astro natal, esperando con impaciencia el día de su regreso.
viernes, 4 de junio de 2010
Instrucciones para parar el corazón
1.- Tumbarse en decúbito supino, cerrar los ojos y aislarse del entorno.
2.- Colocar la mano izquierda sobre el pecho y concentrarse en los latidos.
3.- Establecer en ellos, mediante ejercicios respiratorios, un ritmo acompasado.
4.- Ralentizar, paulatinamente, tanto el ritmo respiratorio como el cardíaco.
5.- Desear con todas sus fuerzas, llenando su cuerpo de energía volitiva, que dicho ritmo cardíaco se reduzca a cero.
Si ello sucede, si el ritmo se reduce a cero, habrá usted conseguido detener el corazón y hacer que la voluntad, por una vez, venza a la naturaleza.
P.D.: El proceso será mucho más efectivo si, ya antes de tumbarse, ha roto su corazón, fragmentándolo en una multitud de trozos, mejor cuanto más pequeños...
2.- Colocar la mano izquierda sobre el pecho y concentrarse en los latidos.
3.- Establecer en ellos, mediante ejercicios respiratorios, un ritmo acompasado.
4.- Ralentizar, paulatinamente, tanto el ritmo respiratorio como el cardíaco.
5.- Desear con todas sus fuerzas, llenando su cuerpo de energía volitiva, que dicho ritmo cardíaco se reduzca a cero.
Si ello sucede, si el ritmo se reduce a cero, habrá usted conseguido detener el corazón y hacer que la voluntad, por una vez, venza a la naturaleza.
P.D.: El proceso será mucho más efectivo si, ya antes de tumbarse, ha roto su corazón, fragmentándolo en una multitud de trozos, mejor cuanto más pequeños...