La culpa fue de aquel señor tan despistado, aquel que mientras esperaba el autobús apoyó la mano en la farola, precisamente en el lugar donde reposaba una cucaracha que por allí ascendía, nadie sabe muy bien hacia dónde ni por qué. Fue él el culpable de que la cucaracha cayera, aturdida por el golpe, en el bolso de la señora que, ya en el autobús, lo abriera para empolvarse la nariz y gritara al encontrarse cara a cara con el insecto, y al sacar la mano en un gesto reflejo de asco y miedo le rompiera la nariz, de un codazo, al tipo sentado junto a ella, aquel de la pistola en el bolsillo, aquel que tuvo que ir al hospital en lugar de cumplir con su encargo, que no era otro que acabar de un disparo en la cabeza con el escritor borracho que, asediado por las deudas y amenazado por la mafia, huyó dos días más tarde y vivió una vida en secreto, incluso tuvo un hijo, ese hijo que, desatendido por su padre, el escritor borracho, terminó envenenando a su mujer, justo cuando esta, infiel hasta la médula, estaba a punto de convencer a su amante, un politicastro corrupto, para que se la llevase con él. Fue aquel politicastro, por cierto, quien, al comprobar que su amante había desaparecido y, sin saber que había sido envenenada, enloqueció y entró en el parlamento con una escopeta recortada disparando a diestro y siniestro, matando, incluso, a un agente de policía que pasaba por allí y entró a solucionar el problema, precisamente el agente de policía que había recibido el chivatazo de la llegada al puerto de un cargamento de material nuclear ilegal que se disponía a decomisar. No pudo ser, por supuesto, el agente no se fiaba ni de su sombra y no se lo había comentado a nadie, de modo que aquel material llegó a manos de aquella secta del fin de los tiempos que, sin ser descubierta, inicio la serie de explosiones que dieron al traste con el mundo tal como lo conocemos.
Y cualquier abogado que defendiera los intereses de la secta del fin de los tiempos sostendría con convicción ante un tribunal que la culpa fue tanto de sus defendidos como del agente de policía desconfiado, o del politicastro corrupto, o de la amante arpía, o del marido celoso, o del escritor borracho, o del mafioso incompetente, o de la señora asustadiza, o del señor despistado, o de la cucaracha que trepaba por donde no debía.
El señor despistado, de hecho, levantó la mano de la farola ante el desagradable contacto con la cucaracha, la vio caer en el bolso de la señora e incluso pensó en advertírselo y disculparse. De nada hubiera servido, en cualquier caso, el apocalipsis ya había sido desatado y el proceso era, indudablemente, irreversible.
miércoles, 27 de octubre de 2010
miércoles, 20 de octubre de 2010
Fantasías euclidianas de ayer y hoy
Para evadirse de la realidad decidió ver las cosas como un conjunto de figuras geométricas, poniendo de este modo en marcha un proceso de abstracción que, pese a lo que pudiera parecer, no le resultó especialmente pesado. Así contemplaba como esferas las cabezas que pululaban de un lado para otro montadas sobres prismas, que le observaban con ojos también esféricos, que le saludaban con manos compuestas por graciosos cilindros de diverso tamaño. Conos eran los árboles, y los semáforos, e imponentes pirámides los montes que cerraban el horizonte. Era divertido, el mundo parecía un grácil y sutil juego de composición.
Luego pensó en prescindir del volumen, tal vez porque de todo se cansa uno, tal vez porque, puestos a iniciar la evasión, cuanto más lejos mejor. Así que el sol dejó de ser una esfera y se convirtió en una circunferencia, y eran triángulos los que poblaban el horizonte, y cuadrados los edificios, y todo parecía infantil presentado en dos dimensiones.
Pero, ¿por qué no reducir las figuras geométricas a líneas?, pensó, y como la imaginación lo puede todo el mundo se convirtió en eso, en líneas que iban de acá para allá renunciando a componer figuras, un mundo hecho de rayajos de bebé, inocentes y simples, que transmitían una paz infinita mientras se desplazaban lentos y pesados como mastodontes.
¿Y una línea no es, acaso, una sucesión infinita de puntos? ¿Por qué no simplificar la realidad hasta convertirla en un mosaico de puntos que renunciasen a las dimensiones, al espacio, al tiempo, al volumen, al color, al movimiento, a la forma? Una realidad pura y descarnada, quizá la más real de las realidades.
Cuando se vio a sí mismo formado por puntos, cuando el mundo entero fue un conjunto infinito de puntos del que él formaba parte, indiscernible, cuando él notó que estaba ahí pero que el que estaba, en realidad, era el universo, y tomó un punto y no supo muy bien si era suyo, o del aire que le rodeaba, o de un grano de arena en el desierto del Kalahari, o de polvo de estrellas en la constelación de Orión, comprendió que... en realidad... él no era nada... o lo era todo...
Luego pensó en prescindir del volumen, tal vez porque de todo se cansa uno, tal vez porque, puestos a iniciar la evasión, cuanto más lejos mejor. Así que el sol dejó de ser una esfera y se convirtió en una circunferencia, y eran triángulos los que poblaban el horizonte, y cuadrados los edificios, y todo parecía infantil presentado en dos dimensiones.
Pero, ¿por qué no reducir las figuras geométricas a líneas?, pensó, y como la imaginación lo puede todo el mundo se convirtió en eso, en líneas que iban de acá para allá renunciando a componer figuras, un mundo hecho de rayajos de bebé, inocentes y simples, que transmitían una paz infinita mientras se desplazaban lentos y pesados como mastodontes.
¿Y una línea no es, acaso, una sucesión infinita de puntos? ¿Por qué no simplificar la realidad hasta convertirla en un mosaico de puntos que renunciasen a las dimensiones, al espacio, al tiempo, al volumen, al color, al movimiento, a la forma? Una realidad pura y descarnada, quizá la más real de las realidades.
Cuando se vio a sí mismo formado por puntos, cuando el mundo entero fue un conjunto infinito de puntos del que él formaba parte, indiscernible, cuando él notó que estaba ahí pero que el que estaba, en realidad, era el universo, y tomó un punto y no supo muy bien si era suyo, o del aire que le rodeaba, o de un grano de arena en el desierto del Kalahari, o de polvo de estrellas en la constelación de Orión, comprendió que... en realidad... él no era nada... o lo era todo...
miércoles, 13 de octubre de 2010
Como hormigas haciendo truenos
Las hormigas, cansadas ya de su posición en el mundo en el que les había tocado vivir, se reunieron y comenzaron a revolver, a agitarse, a gritar y protestar. Este hecho, sin embargo, no preocupó lo más mínimo al mundo, ni a los seres que lo habitaban y que, en su mayor parte, se dedicaban a mirar a las hormigas por encima, muy por encima del hombro o, dicho con otras palabras, a ignorarlas soberanamente.
Las hormigas, conscientes de la más que posible inutilidad de su protesta, decidieron, a pesar de todo, vaciarse en el intento, presumiendo que la satisfacción de haber hecho lo posible habría de ser, en última instancia, su mayor consuelo, tal vez el único.
Corrían de un lado para otro alzando la voz, ya entonando cantos comunes y dirigidos, ya comportándose de la forma más desordenada y heterodoxa. Extendían sus antenas y las apuntaban al cielo, y durante unos momentos en todas ellas se despertaba la extraña sensación de estar siendo escuchadas.
La protesta, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en una fiesta. Los gritos fueron canciones, y los movimientos, bailes, y los deseos comunes, puntos de encuentro entre unas y otras. Hubo incluso quien olvidó la protesta, y quien la hubiera alargado hasta el infinito con tal de verla convertida, como de hecho parecía, en celebración.
No obstante, el tiempo pasa y todo, finalmente, acaba. Poco a poco, la inmensa e histórica concentración de hormigas se fue disolviendo. Ni que decir tiene que no habían conseguido nada. ¡Quién va a considerar las reivindicaciones de unas insignificantes hormigas!
Pero, maldita sea, lo habían pasado genial...
Las hormigas, conscientes de la más que posible inutilidad de su protesta, decidieron, a pesar de todo, vaciarse en el intento, presumiendo que la satisfacción de haber hecho lo posible habría de ser, en última instancia, su mayor consuelo, tal vez el único.
Corrían de un lado para otro alzando la voz, ya entonando cantos comunes y dirigidos, ya comportándose de la forma más desordenada y heterodoxa. Extendían sus antenas y las apuntaban al cielo, y durante unos momentos en todas ellas se despertaba la extraña sensación de estar siendo escuchadas.
La protesta, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en una fiesta. Los gritos fueron canciones, y los movimientos, bailes, y los deseos comunes, puntos de encuentro entre unas y otras. Hubo incluso quien olvidó la protesta, y quien la hubiera alargado hasta el infinito con tal de verla convertida, como de hecho parecía, en celebración.
No obstante, el tiempo pasa y todo, finalmente, acaba. Poco a poco, la inmensa e histórica concentración de hormigas se fue disolviendo. Ni que decir tiene que no habían conseguido nada. ¡Quién va a considerar las reivindicaciones de unas insignificantes hormigas!
Pero, maldita sea, lo habían pasado genial...
sábado, 9 de octubre de 2010
Y tú, ¿de dónde sales?
Encontré aquella hada en un cajón de mi escritorio. Se había encerrado allí ella misma, probablemente hacía semanas, el tiempo que yo llevaba sin abrirlo para coger la pluma y mi cuaderno de anotaciones. Se la veía desnutrida, triste, y el polvo que desprendían sus alas se apagaba velozmente en lánguidos destellos.
Le pregunté qué hacía allí y me contestó que huía de la policía. La policía de las hadas, lógicamente. Sucedía que el hada había cometido un asesinato. "Un atroz asesinato", como ella misma dijo, tal vez prejuzgándose con excesiva crueldad. Había matado a una compañera, de hecho, y no sólo eso sino que se había entretenido descuartizando el cadáver y enterrando las alas junto a las raíces de un arbusto de mi jardín.
"Vaya, así que problemas en el país de las hadas, ¿eh?", comenté bromeando, pero el hada no comprendió mi ironía y me lanzó tal mirada de furia que temí, durante un instante, por mi vida. "Por cierto, ¿cómo se descuartiza un hada? ¿Fabrican hachas de tamaño diminuto?", continué con valentía, pues mi sarcástica inspiración podía más que el riesgo que sabía que estaba corriendo.
El hada se enfureció aún más. Yo continué con el tema del asesinato, le pregunté si tenía algún tipo de remordimiento, le hablé de Dostoievsky y de Sartre, esto es, de Crimen y castigo y de aquella angustia que siente el ser humano al saberse libre y responsable de sus actos. ¿Tenían las hadas libre albedrío? ¿Padecían la angustia de la libertad? Por supuesto, comenté, para Sartre la existencia precede a la esencia; no obstante, ¿pueden las hadas tener esencia, ya que, a todas luces y como seres de fantasía, carecen de existencia?
Entonces el hada se puso roja como un tomate y comenzó a gritarme, me dijo que yo era un ser despreciable, como todas sus compañeras y como todos los que habitaban la puta (sic) tierra de Fantasía; me dijo que me fuera a la mierda (sic) con mis gilipolleces (sic) y que si no fuera porque ya era una fugitiva y no quería llamar la atención acabaría conmigo da la forma más lenta y dolorosa posible.
No le pregunté cuál era esa forma, porque en una fracción de segundo varias opciones pasaron por mi mente y me resultaron lo bastante desagradables como para no tentar más a la suerte. Luego su voz se tornó grave, como de ultratumba, puso los ojos en blanco y comenzó una letanía en un idioma para mí desconocido pero que, por su rudeza, parecía más propio de los orcos que de las hadas.
Cerré el cajón inmediatamente y giré la llave. En su interior quedarón el hada homicida, de la que nada he vuelto a saber; mi pluma, recuerdo de familia que de tanto en tanto añoro; y mi cuaderno de notas, que renové al día siguiente en la papelería de la esquina.
Le pregunté qué hacía allí y me contestó que huía de la policía. La policía de las hadas, lógicamente. Sucedía que el hada había cometido un asesinato. "Un atroz asesinato", como ella misma dijo, tal vez prejuzgándose con excesiva crueldad. Había matado a una compañera, de hecho, y no sólo eso sino que se había entretenido descuartizando el cadáver y enterrando las alas junto a las raíces de un arbusto de mi jardín.
"Vaya, así que problemas en el país de las hadas, ¿eh?", comenté bromeando, pero el hada no comprendió mi ironía y me lanzó tal mirada de furia que temí, durante un instante, por mi vida. "Por cierto, ¿cómo se descuartiza un hada? ¿Fabrican hachas de tamaño diminuto?", continué con valentía, pues mi sarcástica inspiración podía más que el riesgo que sabía que estaba corriendo.
El hada se enfureció aún más. Yo continué con el tema del asesinato, le pregunté si tenía algún tipo de remordimiento, le hablé de Dostoievsky y de Sartre, esto es, de Crimen y castigo y de aquella angustia que siente el ser humano al saberse libre y responsable de sus actos. ¿Tenían las hadas libre albedrío? ¿Padecían la angustia de la libertad? Por supuesto, comenté, para Sartre la existencia precede a la esencia; no obstante, ¿pueden las hadas tener esencia, ya que, a todas luces y como seres de fantasía, carecen de existencia?
Entonces el hada se puso roja como un tomate y comenzó a gritarme, me dijo que yo era un ser despreciable, como todas sus compañeras y como todos los que habitaban la puta (sic) tierra de Fantasía; me dijo que me fuera a la mierda (sic) con mis gilipolleces (sic) y que si no fuera porque ya era una fugitiva y no quería llamar la atención acabaría conmigo da la forma más lenta y dolorosa posible.
No le pregunté cuál era esa forma, porque en una fracción de segundo varias opciones pasaron por mi mente y me resultaron lo bastante desagradables como para no tentar más a la suerte. Luego su voz se tornó grave, como de ultratumba, puso los ojos en blanco y comenzó una letanía en un idioma para mí desconocido pero que, por su rudeza, parecía más propio de los orcos que de las hadas.
Cerré el cajón inmediatamente y giré la llave. En su interior quedarón el hada homicida, de la que nada he vuelto a saber; mi pluma, recuerdo de familia que de tanto en tanto añoro; y mi cuaderno de notas, que renové al día siguiente en la papelería de la esquina.
domingo, 3 de octubre de 2010
Una cuestión de estatus ontológico
Puede ser perfectamente que todo lo que crea el ser humano venga ya codificado en su ADN. Y no me refiero sólo a lo que el ser humano es, a sus características físicas o a sus comportamientos más básicos, sino a todo lo que crea, a todo lo que le muestra a los demás y al mundo, a la misma percepción de este mundo, desde la distinción entre vida y muerte hasta cualquier manifestación artística o cualquier argumento racional. Quizá quien así piense esté sobredimensionando la genética, pero, ¿quién podría demostrarlo?
De modo que es posible, y digo sólo posible, que del mismo modo que especies animales crean estructuras bellas o complejas por mera carga genética, como las arañas, las abejas o cualquier especie, en realidad, que queramos analizar, también el ser humano contenga ya en sí mismo el código de sus posibilidades, de su futuro, de sus capacidades, y que lo que conocemos como progreso no sea más que la repetición, cambiando modas o materiales, de una misma capacidad.
Si esto es así, si sólo somos lo que nos dictan nuestras capacidades, podemos olvidarnos del libre albedrío, y de nuestra situación como especie privilegiada, y de nuestras ansias de gloria y perfección. Si esto es así, no somos nada, y Dios no nos quiere especialmente, y no somos más especiales que una cucaracha, sólo "máquinas biológicas" programadas de diferente manera.
Adiós, por tanto, a la mística, a la inspiración, a lo inefable que sólo es un producto de nuestra propia composición. El mundo, de hecho, tal como lo hemos creado y tal como lo percibimos, no es más que un cajón en el que quedan guardados nuestros actos, nuestros restos, todo lo que nos conforma. El mundo es una especie de inmenso pendrive que almacena todo lo que hemos sido, y que almacenará todo lo que seamos.
No es posible, sino probable, que no seamos gran cosa. Y un pendrive siempre termina por infectarse, o por deteriorarse, o por quedar inservible...
De modo que es posible, y digo sólo posible, que del mismo modo que especies animales crean estructuras bellas o complejas por mera carga genética, como las arañas, las abejas o cualquier especie, en realidad, que queramos analizar, también el ser humano contenga ya en sí mismo el código de sus posibilidades, de su futuro, de sus capacidades, y que lo que conocemos como progreso no sea más que la repetición, cambiando modas o materiales, de una misma capacidad.
Si esto es así, si sólo somos lo que nos dictan nuestras capacidades, podemos olvidarnos del libre albedrío, y de nuestra situación como especie privilegiada, y de nuestras ansias de gloria y perfección. Si esto es así, no somos nada, y Dios no nos quiere especialmente, y no somos más especiales que una cucaracha, sólo "máquinas biológicas" programadas de diferente manera.
Adiós, por tanto, a la mística, a la inspiración, a lo inefable que sólo es un producto de nuestra propia composición. El mundo, de hecho, tal como lo hemos creado y tal como lo percibimos, no es más que un cajón en el que quedan guardados nuestros actos, nuestros restos, todo lo que nos conforma. El mundo es una especie de inmenso pendrive que almacena todo lo que hemos sido, y que almacenará todo lo que seamos.
No es posible, sino probable, que no seamos gran cosa. Y un pendrive siempre termina por infectarse, o por deteriorarse, o por quedar inservible...