sábado, 27 de noviembre de 2010

La chica de la curva

No era culpa suya que la carretera se hubiera dejado sepultar por semejante capa de niebla, una manta de algodón blanco, esponjoso y, para su desgracia, terriblemente opaco. Sí que se le podía culpar, por el contrario, de haber cometido la irresponsabilidad de salir y conducir con semejante tiempo. La insistente lluvia de la tarde y el negror del cielo no hacían presagiar nada bueno. Y él ahí, cabezota, a coger el coche para hacer unas visitas al pueblo vecino. Si es que, quién le mandaría a él a meterse en estos fregados...
Transitar por la carretera era una cuestión más de instinto que de habilidad. Las líneas que delimitaban la calzada, la cuneta y los árboles que la bordeaban se percibían como un todo gaseoso e indistinguible. "Así debe de ser volar por Júpiter", pensaba, cuando atropelló a la chica.
Había aparecido de repente. Pensó que, por fortuna, sólo la había rozado, porque tras frenar aparatosamente la chica apareció junto a su ventana y abrió la puerta.
- ¿Estás bien? ¿De dónde sales tú con este tiempo? - preguntó.
- ¿Me acercas al pueblo? - respondió ella.
Era guapa, aunque tenía algo extraño, algo como lejano o ausente, nada de particular, desde luego, si te acaba de atropellar un coche en una noche de perros. Llevaba un vestido blanco algo anticuado, una especie de camisón como el que llevan las abuelas. Él supuso que se habría vuelto a poner de moda recientemente. Parecía simpática, además. Había preguntado con desparpajo y alegría, sin hacerle al conductor ningún reproche. La dejó subir, por supuesto, e incluso pensó si debía entablar conversación con ella, preguntarle por su vida, tal vez invitarla a quedar algún otro día si ella se mostraba receptiva.
Arriesgó un momento su conducción en la niebla para girar la cabeza y mirarla. Ella le sonrió. Era definitivamente extraña, pero le gustaba.
Iba a preguntarle alguna banalidad tipo "estudias o trabajas" cuando los hechos se precipitaron. Ella le puso la mano en el hombro, una mano fría como el hielo, la pobre debía haberlo pasado mal ahí fuera; luego vino aquella curva tan cerrada, y sin indicaciones. Estaba a punto de sortearla con éxito cuando ella se le aproximó y le susurró al oído algo así como:
- Aquí fue donde perdí la vida.
Entonces él sonrió, enderezó el rumbo de su coche, se detuvo en el arcén y la besó apasionadamente. Esa franqueza, esa sinceridad... definitivamente le gustaba. Había hecho bien en salir aquella noche. El hecho de que no tuviera ojos en las cuencas y de que la rodeara continuamente un halo entre brillante y transparente la hacían extraña, sí, pero más interesante si cabe.
Ella no dijo nada. Parecía sorprendida. A él, por el contrario, aquel beso le pareció eterno...

domingo, 21 de noviembre de 2010

Identidades

- ¿Y si suplantara la identidad de otro? - me preguntaron el otro día. - Sí, la de un muerto, por ejemplo... no quiero ponerme en plan macabro, no hablo de asesinar a alguien y hacerse pasar por él... reconozco que sería divertido, pero esa es otra historia... hablo de tomar la personalidad de otro, no sólo su nombre, su situación económica o sus relaciones sociales, sino su forma de pensar o de actuar, recogerlo todo como en una herencia y cambiar de vida, cambiar totalmente.
- Estás loco, contesté. Para empezar, uno no vive aislado de su entorno e irreconocible, no puedes engañar a los más próximos, los que vieron al muerto, por ejemplo, los que convivieron con él durante tanto tiempo.
- Pienso que no estaría mal del todo. Nadie quiere que mueran sus conocidos, sería como encontrar sustitutos, como prolongar la vida del muerto, recuerda, uno hereda incluso sus cualidades... imagina, "vidas a la carta", en el periódico anunciando algo así como: "hoy tenemos diez vidas disponibles: un abogado psicótico, un médico millonario, un agricultor con familia numerosa...". Quiero decir que uno podría renunciar a su vida si quisiera y quedarse con las vidas que otros han dejado libres. Suena bien, ¿verdad?
- Suena genial, pero no es factible. Lamento decirte que, en el momento en el que cambies de vida, habrás puesto la semilla para volver a ser tú mismo. No puedes traicionarte a ti mismo tratando de ser como sería otro todo el tiempo. Tarde o temprano apareces y, entonces, se acabó el cuento de la vida suplantada. Llegará el momento en el que el abogado, el médico o el agricultor tengan que tomar decisiones, y entonces serás tú, y no ellos, quien las tome.
Y ahí quedó la cosa, me asintieron y noté a mi alrededor cierta decepción, como de cuento de hadas que se acaba. Pero es que no hay nada que hacer. Por más que vivas una vida que no es la tuya, siempre terminas apareciendo. De hecho, para ello no hace falta suplantar a otro. Yo me suplanto a mí mismo todos los días. Es un papel que tengo preparado con exhaustividad. Tengo varios personajes, en realidad, de modo que los elijo en función de mi estado de ánimo o de mi entorno. Igual da. No hay ningún personaje que merezca la pena más que otro. Tampoco tengo interés en los personajes que representan otros. Suplantar una vida no supone aliciente alguno. En conclusión, creo que la culpa no es de los personajes.
Se trata de la obra que se representa en el teatro del mundo, que es, de principio a fin, un ejemplo claro de cómo no se deben hacer las cosas...

domingo, 14 de noviembre de 2010

Un café con los muertos

Volví a despertar la sana costumbre de invocar a un muerto e invitarle a tomar un café. Los muertos nunca mienten, los muertos no se contradicen; si mintieron y se contradijeron en vida, ya han dejado de hacerlo. Ahora, si acaso, los muertos, o aquello que hicieron y dijeron, están a expensas de las malinterpretaciones de los vivos.
Pero los principales culpables de eso son los propios vivos...
Invité a Hans Christian Andersen. Prefería té, de modo que preparé en un momento unas tazas. Hablamos de lo triste que es estar vivo ("estar muerto es igual de triste", me dijo, lo que no me sorprendió especialmente), de la angustia y de la contradicción entre la necesidad de querer ser alguien para que la vida adquiera sentido, la ambigüedad del no saber qué se quiere ser y la conciencia de que tal vez la solución definitiva a la angustia sería no querer nada.
Hablamos de sus creaciones ("qué cruel aquel que crea una vida, aunque esta sea de ficción"). De la trágica vida de la Sirenita, de la crueldad de un mundo incapaz de aceptar a el Patito Feo hasta que este no logró convertirse en uno más, de la vida de sufrimiento que le esperaría a Pulgarcita por su cobardía e indecisión, del final triste del Soldadito de Plomo y de la Pequeña Cerillera ("todos los finales, en realidad, son tristes; nadie puede comer perdices eternamente").
Cometí el error de hablarle de los tiempos modernos. No es aconsejable, bajo ningún concepto, hablarle a los muertos de los tiempos modernos:
- Ah, ¿y dices que existen versiones cinematográficas de mis cuentos? ¡Excelente! Tal vez debería visionarlas...
- Ni se te ocurra.
- ¿Por qué?
- Ni te imaginas cómo el hombre moderno se ha especializado en pervertir y banalizar la belleza, en convertir la trascendencia en superficialidad, en disfrazar todo lo que huela a sinsentido...
- Bah, no será para tanto.
Y fue a buscarlas. Son cabezotas estos daneses. A saber dónde estará ahora. Si las "visionó", como él decía, seguro que se volvió tan rápido como pudo al lugar de donde vino. Igual tendría que dejar de invitar a los muertos y limitarme a ser yo quien vaya a visitarles a su mundo...

lunes, 8 de noviembre de 2010

Una noche cualquiera en el mundo de los poetas

He oído ruidos en el pasillo. Sin duda alguna. Parece claro que hay alguien ahí. Seguro que vienen a por mí. Siempre pasa lo mismo. Yo sólo quería unos minutos, relajarme, descansar, bajar los párpados y dejar fluir mis pensamientos, tal vez de esa manera pueda volver a escribir... sí, lo hecho de menos... aquella actividad frenética, aquellos versos que surgían como susurrados por la musa directamente en mis oídos...
Están forzando la cerradura, seguro. No se trata de alguien que anduviera de paso por el vestíbulo, ni de una visita accidental en la casa del vecino, ni del tipo del contador del gas, no, hay alguien al otro lado de la puerta y está intentando entrar.
A la mierda mis versos. Creo que esta será otra noche sin creación literaria. ¿Será que me estoy haciendo viejo? ¿Será que ya he agotado toda mi inventiva? Recuerdo cuando las ideas surgían de mí a borbotones incontrolables...
Un cuchillo de la cocina... no, mejor una varilla de hierro, en las cortinas puedo encontrar... no, qué narices, mejor la pistola del abuelo, seguro que todavía funciona, vaya reliquia, todo un trabuco de los de antaño... ya está, cargado y listo, a ver quién se atreve ahora a perturbar mis reflexiones...
Va a abrir, maldita sea, igual de todo esto saco un poema trágico, o uno de misterio, nocturnidad y seres demoníacos, como en el Romanticismo... ¿por qué todo me tiene que pasar a mí?
Decidido... me pongo detrás de la puerta y, cuando el intruso entre, disparo... está oscuro, pero errar el tiro es imposible... ¿y si es un ser sobrenatural?
¡Bang, bang!
Dios... la luz... dónde está la luz... mi mano... creo que me he disparado en la mano... jodido trabuco de bandolero... pero el intruso también ha caído, bien empleado le queda... ya está, esta es la llave de la luz...
Ups... este intruso... no es muy amenazador, desde luego... una chica... y tan joven...
Yo no quería, de verdad... pero creo que he matado a mi musa... no era mi intención, yo la estaba buscando y... me duele la mano, creo que me he volado un par de dedos o tres... joder, me he cargado mi inspiración, ahora que venía a por mí...
¿Puede volverte la inspiración una vez que has acabado con ella disparándole a bocajarro? ¿Y cómo escribo yo ahora con sólo dos putos dedos en la mano?

martes, 2 de noviembre de 2010

Apoteosis apocalíptica

Salió a la entrada de la cueva a respirar un poco de aire. Era fresca, la noche, fresca y clara, magnífica noche de un otoño recién llegado. Millones de estrellas poblaban el cielo, él ya las conocía, había convivido con ellas durante más de un año, solo con la luz natural del cielo infinito.
Sin embargo, en el horizonte reverberaba una extraña claridad de la que jamás antes se había percatado. Como las luces de una ciudad que se extendiera en la lejanía. Pero en aquel lugar no había ciudades. Ni nada que se le pareciera. Por eso había decidido instalarse allí.
En cuestión de segundos aquella claridad estalló en chispas luminosas de una belleza hipnótica. Puntos de luz saltaban a un lado y a otro como en un espectáculo de fuegos artificiales, recorrían un espacio determinado y se consumían lentamente. "Una lluvia de estrellas fugaces", pensó, "tal vez un meteorito que se ha desintegrado antes de estrellarse contra las montañas".
El espectáculo, no obstante, continuaba, más intenso en su fulgor y más extenso en el espacio, hasta ocupar toda la sierra norte. Los puntos de luz se habían convertido en una nebulosa semejante a una aurora boreal gigantesca, un juego maravilloso de luces policromáticas, una visión sublime, un privilegio que difícilmente podía ser observado desde otro lugar con mayor nitidez.
De repente el cosmos comenzó a abrirse. La noche dejó de ser oscura y de la nebulosa surgieron como rayos lenguas de fuego que caían hasta perderse al otro lado de las cimas más altas. El cielo entero era, ya por aquel entonces, una inmensa masa de colores cálidos que fluctuaban en una armonía casi musical, una sinfonía acompañada del ensordecedor retumbar de los abismos. ¡Qué suerte ser testigo de un hecho de tal magnitud, de una muestra tal del poder del Universo!
El cielo, por fin, se estaba cayendo...