No son la prensa, desde luego. Fueron ellos quienes dijeron que el cuarto poder era la prensa, utilizándola como cortina de humo, y nadie se dio cuenta, y los de la prensa tan contentos y felices, orgullosos de creerse el cuarto poder y de que todo el mundo lo supiera. Solo un ingenuo puede creer que tiene el poder y que todo el mundo lo sabe. Si todos saben quién es su poseedor, ningún poder dura mucho sin cambiar de manos.
A ellos, por supuesto, no los conoce nadie.
No son el Club Bilderberg, evidentemente. Demasiado glamur, demasiado vestidito y traje de Armani, demasiada alfombra roja. Más preparados para comer canapés que para manejar el mundo. Y en su deseo de ocultarse, precisamente, o más concretamente en el deseo de que los demás sepan que se ocultan, radica su debilidad.
A ellos, por supuesto, nadie les para por la calle para señalarles con el dedo y pedirles un autógrafo, talvez porque no conducen Mercedes, ni se alojan en el Hilton. Solo se reúnen, de vez en cuando, y arreglan el mundo... a su gusto, claro. Que si nos inventamos una guerra, que si extendemos el pánico por una enfermedad, que si agrandamos el temor por catástrofes naturales que solo nosotros podríamos evitar, que si les hacemos comer lo que queremos, oír lo que queremos, ver lo que queremos, saber lo que queremos, única y exclusivamente, aunque no se trate más que de una enorme mentira.
La idea es hacerles creer, a todos, a la gente, al mundo, que son más de lo que son, y que lo que tienen vale tanto la pena que lo mejor es no hacer nada, no vaya a ser que la situación cambie. Si consiguen que la gente tenga miedo a los cambios, ya han dado un gran paso; si consiguen que ni siquiera piensen en cambiar, han dado el paso definitivo.
No son el cuarto poder, qué demonios. Son el primero y el único, y su mundo, para ellos, el perfecto y definitivo...
domingo, 20 de febrero de 2011