El orador subió al estrado y atrajo, inmediatamente, la atención de los presentes. Tras unos segundos de silencio se aclaró la voz y comenzó su discurso:
- No hagáis caso a nada de lo que os digan -explicaba. - Todos os quieren engañar, todos desean sacar provecho y beneficio de la candidez y la buena voluntad de los otros. Desconfiad, procurad comprobar a través de vuestra propia experiencia toda idea que pretendáis sostener. Y, si es necesario, desconfiad de vosotros mismos, de vuestros sentidos y de vuestra razón. En nada hay que confiar ciegamente, pues todo es mentira.
Una voz se elevó de entre la multitud:
- Si todo es mentira, ¿por qué habríamos de hacerte caso a ti? ¿Cómo sabemos que nos estás diciendo la verdad?
El orador, entonces, supo que estaba siendo puesto a prueba, que se había convertido en víctima de un proceso argumentativo muy similar a la tradicional paradoja del mentiroso. En cualquier caso, estaba preparado para ello:
- No me hagáis caso. ¡Claro que no sabéis si yo mismo os estoy mintiendo! No os creáis lo que digo. Comprobadlo, si os place, y ni tan siquiera entonces podréis estar seguros. Todo es mentira.
Sucedió entonces algo que el orador no había previsto. El auditorio comenzó a increparle, a desatenderle y a abandonar la sala:
- ¡Cómo pretende este tío que lo comprobemos todo! Nada se puede comprobar hasta el infinito.
- Si todo es mentira, la vida carecería de sentido.
- ¡Qué desfachatez, perder la vida comprobando si hay algo de verdad en ella!
- Eso que dice es tan retorcido... ¡seguro que quiere engañarnos!
Cuando el orador quedó a solas, sintió una profunda impotencia. Era una pena, desde luego, que se hubieran negado a escucharle. Una pena inmensa. Porque en el fondo, y no tan en el fondo, todo el mundo sabía, él mismo sabía, que esa era la única verdad.
Todo, en definitiva, es mentira.
sábado, 12 de marzo de 2011