lunes, 25 de abril de 2011

Cuando estemos preparados

La vida en el planeta Tierra tiene origen extraterrestre. Así lo afirma, al menos, la cosmogonía nama. Los nama, etnia nómada que habita entre las actuales Botswana, Namibia y Sudáfrica, explica la existencia del ser humano como un experimento genético de seres inteligentes, los Urami, llegados en lo que ellos, en su lengua nama plagada de chasquidos, parecen definir como una enorme piedra brillante, lo cual pudiera ser una nave espacial, o un meteorito.
Los Urami son descritos como pequeños gusanos o lombrices capaces de retorcerse sobre sí mismos y de comunicarse "sin ser oídos", lo que los relaciona con procesos telepáticos. Según los nama, los Urami poseían "el secreto de la vida", de modo que se dedicaron a crear distintas especies en el mundo con el objetivo, es de suponer, de alimentarse y de utilizarlas como servidumbre.
Sus intenciones últimas, no obstante, no quedan claras en la cosmogonía nama, pues los Urami, según algunas tradiciones, representan "el futuro" y se comunicarán con el ser humano como "especie elegida", desvelando los secretos de las estrellas y de la vida, "cuando estemos preparados".
Sea como fuere, los nama consideran sucesoras de los Urami a las vulgares lombrices de tierra de las áridas llanuras sudafricanas. Curiosamente, un nama tiene el deber de pisar con el pie descalzo todas y cada una de las lombrices que encuentra, recordando en voz alta, como una plegaria, unas palabras que podrían traducirse como "nunca estaremos preparados".
Al desarrollarse la ciencia antropológica, algunos investigadores, tras convivir con los nama y su cultura, han llegado a la conclusión de que los Urami fueron eliminados por los propios humanos que, en una especie de rebelión prometeica, desarrollaron una aversión irracional por sus creadores que les llevó a pisarlos a todos, uno a uno, con un asco supremo.
Otros, por contra, tienden a pensar que las actuales lombrices son, en realidad, los propios Urami, que quizás estén aún esperando el momento en que el ser humano deje de sentir repulsión ante su apariencia para transmitirles, definitivamente, su mensaje. Estos investigadores, tachados de locos en ámbitos académicos, suelen actuar amontonando lombrices en urnas transparentes y tratando de deducir de su comportamiento alguna actividad telepática.
Todo hace indicar, no obstante y sin llegar a la dureza de las predicciones de los nama, que, al menos a día de hoy, el ser humano "no está preparado" ni para verdades, ni para secretos, ni para dialogar con las lombrices, lo cual no deja de resultar desalentador...

lunes, 18 de abril de 2011

Pareidolia

Todo empezó con una gominola. Con una nube que parecía una gominola, más concretamente. Eso fue lo que pensó, mientras miraba al cielo: "Qué forma más curiosa tiene esa nube, parece una gominola".
Inmediatamente, como por arte de magia, la nube descendió del cielo y se posó en su mano en forma y textura, efectivamente, de gominola. Y estaba deliciosa, por cierto, con aquel ligero sabor a menta...
Supo entonces que tenía un don. Cada vez que miraba al cielo y creía vislumbrar en una nube la forma de un objeto, este mismo objeto se materializaba justo ante sus ojos. Así se hizo con un soldadito de plomo, una tostadora, una riquísima tarta de queso y el busto en mármol de un emperador romano en quien creyó reconocer a Trajano, aunque nunca llegó a estar totalmente convencido al respecto.
Pero como todos los dones, el suyo también tenía sus pequeños inconvenientes. En su caso, el principal era que él no podía controlar su imaginación, de tal modo que los objetos que se le materializaban no eran los elegidos por él, sino más bien un producto extraño de su subconsciente. Una vez, de hecho, creyó ver una mosca enorme de más de tres metros de longitud, y fueron necesarios diez botes de insecticida para acabar con ella; afortunadamente, en otra ocasión distinguió un barquito velero que, para su sorpresa, se materializó en forma de un yate de quince metros de eslora y con todas las comodidades con el que pasó un verano espectacular en el mar Egeo.
A base de practicar, descubrió que los objetos que veía en las nubes tenían mucho que ver con su estado de ánimo. Estando triste y melancólico, en una ocasión, distinguió un pájaro muerto y, en otra, un elefante sin cabeza. Fue muy desagradable. Cuando se encontraba exhultante y desbordaba fantasía, por contra, se encontraba con objetos legendarios y nunca vistos por ojos humanos, como un unicornio o un billete de quinientos. Utilizó el segundo, por cierto, para fabricarle al primero un pequeño pero confortable establo en el garaje.
Todo iba bien hasta que se enfadó. No se enfadó con nadie en concreto, con nada en particular. Se enfadó con el mundo. Todos nos enfadamos con el mundo, a veces, y lo odiamos tanto como nos odiamos, en esos momentos, a nosotros mismos. Solo que no todos tenemos un don, claro. Él lo tenía, y cuando le dio por mirar al cielo vio a cuatro jinetes que, entre las nubes algodonosas, dibujaban unos horribles rostros cadavéricos. Bajó la vista, pero ya se oían los gritos que azuzaban a sus fantasmales caballos. "¿El Apocalipsis? No... uno no puede ver un Apocalipsis en las nubes...", pensó, pero cuando volvió a levantar la vista vio un comulonimbo en forma de sol, de un sol enorme en cuyo seno se alcanzaban temperaturas de hasta 6.000 ºC y que, con un millón de kilómetros de diámetro, levantaba enormes olas de devastadora energía termonuclear.
Trató de buscar entre las nubes un extintor, una sombrilla, pero ya era demasiado tarde. Enormes lenguas de fuego lo destrozaban todo a su alrededor y hasta el unicornio balaba estúpidamente de desesperación en el garaje...

domingo, 10 de abril de 2011

El frío beso de la muerte

Entré en el ascensor y allí estaba, bella e imponente, con ese atractivo que segregan los misterios indescifrables. Traté de mirarla a los ojos y ella volvió la cara con timidez. Pensé que no estaba allí por mí, que había venido a por otro, tal vez alguien que esperaba su visita, tal vez alguien que se llevaría una tremenda sorpresa.
"Si hubiera venido por mí, ya me estaría hablando", pensé, y sentí una infinita tristeza y un deseo irrefrenable de detener el tiempo en aquel instante, de que el ascensor se parara y nos diera pie a iniciar una conversación, a crear una eternidad.
Se me acababa el tiempo, así que agarré la guadaña que portaba, la hice a un lado y me abalancé sobre ella. No opuso resistencia. La muerte, llegado el caso y dadas las condiciones oportunas, no es una amante especialmente quisquillosa.
Le aparté la túnica que le tapaba la cara. Era ella, única y deseable, tan hermosa como un cielo apocalíptico, tan perfecta como el mejor de los finales. Me sumergí en sus ojos huecos, le acaricié las mejillas descarnadas. Diría que me sonrió, y también diría que la hubiera besado en los labios si no hubiera carecido de ellos.
Aquel fue el beso más frío, y el más cálido, al que puede aspirar un ser humano. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, alguien que hubiera estado esperando arriba se hubiera preguntado, no sin consternación, cómo y por qué había subido aquel ascensor sin nadie en su interior, por un lado; qué hacía aquella impresionante guadaña allí abandonada, por otro.

domingo, 3 de abril de 2011

El mejor de los mundos posibles

"Tienes que vivir más en el mundo real", le dijeron.
Entonces él se preguntó: "¿Y cuál es el mundo real?". Y decidió averiguarlo, de modo que fue atravesando todos los mundos, "todos sus mundos", preguntando por aquí y por allá.
Comenzó por preguntar en el mundo de las plantas carnívoras. "¿Sois reales?", les preguntó. "Por supuesto, ¿qué te crees?", dijeron, y trataron de morderle, ofendidas.
Luego les preguntó a los espíritus de los antepasados que de vez en cuando iban a visitarle a su dormitorio en las noches de duda y angustia, luego a ese amigo de la infancia con el que escribía cuentos y que se había quedado anclado en los 7 años, luego a los dragones que habían salvado el mundo, no hacía mucho, de la malvada Nada.
Les preguntó a los jupiterianos megacéfalos, a Sócrates, con el que solía tomar el té. "¿No será cicuta, verdad?", preguntaba siempre. "Que no, tonto, que no sabes casi nada", le respondía él en broma. También les preguntó a los unicornios, y a los elfos, y a sus compañeros de batalla, los soldados que luchaban contra un ente maligno llamado Sistema, y a los felices ciudadanos de aquella ciudad perfecta que había conseguido crear en su juventud, Utopía la llamaban.
Les preguntó a todos, a Mozart, que se rio estruendosamente, a Chinaski frente a una botella de whisky, a los reptiles que habitaban el núcleo terrestre, a los fotones de la luz que habían batido su propio récord de velocidad y visitado dimensiones paralelas e infinitas. Y todos le dijeron lo mismo. Todos eran reales, faltaría más. ¿Qué quería decir con eso del mundo real?
"Todos los mundos son reales", le dijo la oruga que fumaba en pipa. "¿Un solo mundo, un solo mundo real? Qué bobada. Tener un solo mundo real es de personas que no tienen capacidad para imaginar algo mejor", añadió un ser de luz.
Y los habitantes de Solaria estallaron en risas telepáticas, y Einstein asentía con su cráneo inmenso para su inmenso cerebro, y hasta las hadas del mal bailaban con las moscas la danza de la infelicidad.
"Tienes que vivir más en el mundo real", le volvieron a decir. "Tenéis que imaginar más mundos reales", respondió él. Y el sapo que todo lo sabe, a su lado, como siempre, le daba palmaditas en la espalda felicitándole por su atinada respuesta.