domingo, 26 de junio de 2011

En la cámara de descomprensión

Sintió el cierre hermético como el bufido de una locomotora, como una máquina de vapor extenuada.
"Iniciando descompresión".
La voz, robótica y evidentemente artificial, tenía sin embargo un pretendido tono femenino, y su entonación, y la modulación de la frase, intentaban transmitir la calma, la dulzura y la paz que necesita todo aquel que sabe que va a pasar las siguientes veinticuatro horas encerrado en un cubículo de metal.
"Tres... dos... uno... descomprensión iniciada".
Sintió un ligero zumbido en los oídos, nada inhabitual, por otra parte. Es el precio de viajar entre mundos: ligeros dolores de cabeza, posibles náuseas, un día de tu vida perdido en descomprensión. Echó un breve vistazo al temporizador. Veintitrés horas, cincuenta y nueve minutos, treinta y ocho segundos. No lo miraría más. Pasar a depender del temporizador convertiría todo el proceso en un via crucis interminable.
Cerró los ojos. Inspiró profundamente y trató de relajarse. Algunos dicen que el silencio absoluto duele; otros, que aterra. Él opinaba, por el contrario, que el silencio absoluto no existiría mientras existiera una persona con sus capacidades auditivas intactas. Oyó su respiración, oyó el latido de su corazón como un retumbar de tambores llamando a la guerra, oyó la sangre corriendo por sus venas y arterias, primero pesada y rugosa como papel de lija, poco a poco más fluida y ligera, como un riachuelo, como el nacimiento de un arroyo.
Y se bañó en él. Nadó en su sangre y se dejó llevar por la corriente, recorrió su propio cuerpo avanzando en círculo, una y otra vez.
Se sintió flotar. Efecto de la descompresión. Sus miembros ingrávidos se alzaban con sutileza, se trasladaban en un simpático azar, liberados de los dictados de la física.
Repentinamente, se encontró deseando que la descompresión no acabara nunca. No le sorprendió. A veces lo mejor de un viaje entre dos mundos es el período de adaptación intermedio.

viernes, 17 de junio de 2011

Los fantasmas también lloran

El escritor de novelas policiacas siempre había pensado que sus personajes morirían con él, que con su último estertor todos ellos empalidecerían hasta desaparecer, o que caerían fulminados en un desmayo eterno, o que se apagarían como un electrodoméstico al ser desenchufado.
Era lógico, por otra parte. El autor era la fuente de energía de la que los personajes se alimentaban; sin ella, el proceso dejaba, sencillamente, de existir.
Por eso no le extrañó encontrarse, de madrugada, a un puñado de individuos en pie alrededor de de su lecho de muerte. Sí encontró poco común el hecho de que se apareciesen todos ellos enmascarados, pero en fin, pensó, tampoco resulta tan extraordinario encontrar un fantasma con el rostro cubierto, y sus personajes, siempre entre la realidad y la ficción, tenían, desde luego, algo de fantasma.
- ¿Sois mis personajes? -preguntó con un hilo de voz.
Los enmascarados asintieron.
- ¿Venís a llevarme con vosotros?
Aquella era una fantasía con la que a menudo se había deleitado. Sus principales personajes, el comisario García, Fani, su secretaria, la perspicaz Alicia y el torpe y divertivo Aurelio, todos ellos agarrándolo de brazos y piernas y transportándolo a los cielos de los creadores literarios.
- ¿Y por qué no os quitáis las máscaras? Quiero veros, comisario, Fani, Alicia...
- ¿Por qué preguntas por ellos? -gritó, irritado, un enmascarado. - Ellos están vivos.
- ¿Cómo? - se agitó sorprendido el escritor.
- ¿Es que no lo sabes? Los personajes sobreviven a sus autores, siempre lo hacen. Los personajes son intemporales. Vosotros creáis y desaparecéis mientras vuestras creaciones perduran para siempre.
El escritor abrió los ojos tanto como pudo, intentando escrutar tras sus máscaras los rostros que le observaban en la penumbra.
- Entonces, vosotros, ¿quiénes sois?
- Bueno, en realidad... -dijeron todos al unísono mientras se quitaban la máscara- ... no todos sobreviven.
Y entonces el escritor vio con horror los rostros de los personajes a los que había matado, a las creaciones efímeras, a las que nacen condenadas. En toda novela policiaca muere alguien, y allí estaban Toni Caracortada, y Andrés el Soplón, y Guillermo el devorador de niños, y la banda de la calle 5, y aquel asesino del callejón de la fábrica de papel...
- Nosotros sí estamos muertos; a decir verdad, ni siquiera estuvimos nunca realmente vivos, ¿verdad? Nos creaste para matarnos, y jugar a ser Dios tiene un precio...
El escritor notó que le agarraban el brazo pero no oyó música celestial, como tampoco se sintió flotar. Comenzó a temblar, más bien, ante aquel rugido de tierra que se abría y que se lo tragaba para siempre...

lunes, 13 de junio de 2011

Aquel día no salió el sol

Aquel día tenía que comenzar con un amanecer, y no lo hizo. A las 7.30, la hora prevista, los habituales primeros rayos del sol brillaron por su ausencia. A las 8, aún no habían aparecido. A las 9, tampoco. Nadie les culpó, desde luego, quién pondría en duda su derecho a ausentarse por una vez después de no sé cuántos miles de millones de años sin faltar a su cita, pero era precisamente la ruptura de esa perenne costumbre la que causó verdadera extrañeza. Los despertadores sonaron, los humanos, siempre sometidos a sus dictados, los apagaron, se levantaron, se asearon, se tomaron el café, abrieron las ventanas y...
Aquella noche tenía que haber acabado, y no lo hizo. No se iba la luna, caprichosa como siempre. Pero, ¿y el sol? Si la luna se hace visible por el reflejo de los rayos solares, el sol no debía de estar muy lejos. Las aves nocturnas volaban en círculo, esperando el momento de ir a dormir; los gallos no sabían a quién cantar; los repartidores de periódicos giraban sobre sí mismos en plena confusión; muchos humanos volvieron a sus camas, haciendo bueno el binomio noche eterna-sueño eterno; los panaderos y los relojes-alarma se agitaban irritados ante lo que consideraban una rebelión en toda regla y un atentado a las buenas costumbres.
Nunca se supo muy bien si aquel día había llegado realmente, o si no. Los crónometros y calendarios se tornaron inservibles; también los historiadores, divididos entre quienes seguían contando períodos de tiempo de 24 horas y quienes habían detenido la historia en un día, ese día, el último y aparentemente eterno día final que, para sembrar aún más discordia, no era día, que era noche.
Hubo quien se pellizcaba con fuerza, quien se frotaba los ojos, quien construyó un cohete para salir a investigar qué pasaba, quien aprovechó pasa irse de casa y avisar de que no volvería hasta las luces del nuevo día, quien rio con sorna al escuchar cómo la gente perdía la serenidad por vagatelas como estas que contamos, quien comenzó a contar ovejitas y se ahogó entre lanas al alcanzar los varios millones, quien cerró los ojos y no los volvió a abrir.
Aquel día de noche eterna, en realidad, fue el principio de algo. O el final de algo. Y, sin embargo, nadie se apercibió de ello. Todos estaban muy preocupados volando en círculo, girando sobre sí mismos, tomando café, apagando el despertador, cuidando de no abusar con la factura de la luz.
Pero bueno, ¿y el sol?
El sol ni siquiera se molestó en llamar para justificar su retraso, que luego fue ausencia.
Pero no volquemos sobre él acusaciones crueles. ¿Quién no se pediría un día libre después de pasar media eternidad inmóvil y con un puñado de trozos de piedra girando a su alrededor?

domingo, 5 de junio de 2011

Resaca

Alguien la había comentado alguna vez que la leche con disaronno venía bien para la resaca, eso y la música clásica, así que dejó que sonara el requiem de mozart mientras se servía un tubo con mucho hielo.
Notaba cómo cientos de miles arañas se agitaban dentro de su cabeza, en cualquier momento el cráneo le estallaría y todo el salón se llenaría de arácnidos y de sesos, tanto unos como otros esparcidos por el suelo, por la alfombra, por las paredes, conformarían un bello cuadro, desde luego, una performance digna del más exquisito de los museos de arte contemporáneo del mundo.
Ahora sería un buen momento para que su yo del futuro viniera a visitarle, un anciano de rostro arrugado y mirada cansada que apareciera de repente frente a él, sentado a la mesa, chico, qué haces, qué estás haciendo con tu vida, y a usted qué le importa, abuelo, hasta que casualmente percibiera un destello reconocible en sus ojos, sí, yo soy tú dentro de cincuenta años, más vale que espabiles que estás convirtiendo tu vida en una mierda, jovencito, anda levántate y ponme a mí también un disaronno, iría yo mismo pero la espalda me está matando.
O que apareciera un ángel, por qué no, flotando en un haz de luz, pero chico, qué haces así, un ángel con sus alitas y sus bucles dorados, o mejor un ángel que hubiera adoptado la forma de una rubia impresionante, así resulto más convincente, no crees, tú misma, o tú mismo, ángel, te veo así con ese tipazo y tengo claro que eres una alucinación de un delirium tremens tardío o de las vibraciones del requiem, igual no eres un ángel sino que eres el diablo, el mismo diablo que visitó a mozart en su lecho de muerte.
Sería un buen momento, desde luego, pero el caso es que no pasa nada. Ni arañas, ni sesos, ni ancianos del futuro, ni ángeles, ni rubias, ni diablos. Es increíble la cantidad tan enorme de buenos momentos para manifestarse que desperdician los elementos inexplicables.
Qué pena, de verdad.
Se acaba el disaronno, a ver, qué desayuno le habían recomendado para la resaca, ah, sí, un buen tazón de deliciosos copos de maíz bañados en Cruzcampo bien fresquita...