"Yo no salgo fuera de la ciudad", me decía. "El exterior supone lo desconocido, no sabemos qué hay allí fuera. Dentro de la ciudad estamos seguros. Las murallas nos protegen", y las señalaba, como quien señala a Dios.
"A saber las criaturas que poblarán el territorio extramuros. Prefiero no saberlo. Ni siquiera me intereso por ello. Que fuera está el mundo, ya, ¿y qué? ¿Debe el mundo interesarme? Dicen que el mundo es redondo, ¡y yo qué sé si es redondo! A mí me importa un comino. Yo no he salido nunca de mis murallas, y jamás saldré...".
Le pregunté si no sabía de las barbarides que se cometían dentro de la ciudad. "Pero es mi ciudad", me dijo. "Desde las mayores iniquidades a las maldades más crueles, todo lo que sucede intramuros tiene una particularidad: que sucede intramuros. Las murallas están ahí, míralas," y las señalaba de nuevo, "transmitiendo seguridad desde hace siglos".
Asentí y cambié de tema. No le dije que las murallas podrían servir tanto de protección contra el exterior como de obstáculo para escapar de un peligro interior. Tampoco le dije que el exterior, en ocasiones, no es tan peligroso como el interior. "Es peligroso asomarse al interior", como sugirió Buñuel. Uno pasa siglos erigiendo murallas y termina encerrado dentro de ellas con su peor enemigo...
lunes, 28 de noviembre de 2011
miércoles, 23 de noviembre de 2011
De paseo por el bosque
Aquello olía a chamusquina desde el principio. En primer lugar, nadie hace una llamada de emergencia mientras pasea por una reserva forestal. Nadie habla en susurros con voz aterrada, grita y corta la llamada en un bosque, porque en un bosque no hay cobertura. En segundo lugar, no es normal que la llamada de emergencia se redirija a la estación central, no cuando esta suele delegar en los departamentos locales, uno de los cuales, por cierto, se encuentra a los pies del Parque Nacional. En tercer lugar, ninguna misión de comprobación ha de encargarse a un agente en su día libre, por más que todos sepan que su casa de descanso se encuentra cerca del mencionado Parque y no haya números disponibles.
De modo que el agente Razzotti, sacado del sofá a mediodía, sospechaba algo, pese a que ya llevaba tres horas pateándose el bosque de manera infructuosa. Sospechaba del silencio que dolía en los oídos, de la ausencia de animales, de los crujidos de madera seca aquí y allá, del silbido esporádico de las ráfagas de aire entre las ramas. Eso sí, ni rastro de la supuesta chica aterrada y poseedora del teléfono móvil con mejor cobertura de la historia.
Se sentó en un tronco quebrado. Pensó en fumar un cigarrillo, pero temió provocar un incendio o arrojar basura; pensó en llamar a la central, pero su móvil era común, corriente y, por consiguiente, inutilizable en aquel lugar; pensó que aquello era el colmo, que después de aquello ya nada podría sorprenderle, pero detuvo el hilo de sus pensamientos cuando miró hacia arriba y observó, colgando de las ramas, un cuerpo. Se tambaleaba dulcemente, atado a una de las ramas más altas de un guindo por una cuerda que se ajustaba perfectamente al cuello del cadáver. Un ahorcado.
Iba a desdecirse afirmando que sí, que aún había cosas en este mundo que podían sorprenderle, cuando enmudeció ante la vista de otro ahorcado tres ramas más allá; y de un tercero, en el árbol de al lado.
Al poco rato, y sin moverse del tronco en el que estaba sentado, había ya descubierto una veintena de cuerpos colgando como lianas de las ramas más altas. Se preguntó cómo habían llegado allí, quién les había subido. Se levantó. Tenía que informar de su descubrimiento.
Lo que no le sorprendió fue recibir aquel golpe en la nuca, lo suficientemente fuerte como para hacerle perder el conocimiento. Lo último que se le ocurrió pensar fue que él también acabaría colgado de una rama con una soga al cuello. Lo penúltimo, que el olor a chamusquina que había venido detectando estaba, en efecto, plenamente justificado.
De modo que el agente Razzotti, sacado del sofá a mediodía, sospechaba algo, pese a que ya llevaba tres horas pateándose el bosque de manera infructuosa. Sospechaba del silencio que dolía en los oídos, de la ausencia de animales, de los crujidos de madera seca aquí y allá, del silbido esporádico de las ráfagas de aire entre las ramas. Eso sí, ni rastro de la supuesta chica aterrada y poseedora del teléfono móvil con mejor cobertura de la historia.
Se sentó en un tronco quebrado. Pensó en fumar un cigarrillo, pero temió provocar un incendio o arrojar basura; pensó en llamar a la central, pero su móvil era común, corriente y, por consiguiente, inutilizable en aquel lugar; pensó que aquello era el colmo, que después de aquello ya nada podría sorprenderle, pero detuvo el hilo de sus pensamientos cuando miró hacia arriba y observó, colgando de las ramas, un cuerpo. Se tambaleaba dulcemente, atado a una de las ramas más altas de un guindo por una cuerda que se ajustaba perfectamente al cuello del cadáver. Un ahorcado.
Iba a desdecirse afirmando que sí, que aún había cosas en este mundo que podían sorprenderle, cuando enmudeció ante la vista de otro ahorcado tres ramas más allá; y de un tercero, en el árbol de al lado.
Al poco rato, y sin moverse del tronco en el que estaba sentado, había ya descubierto una veintena de cuerpos colgando como lianas de las ramas más altas. Se preguntó cómo habían llegado allí, quién les había subido. Se levantó. Tenía que informar de su descubrimiento.
Lo que no le sorprendió fue recibir aquel golpe en la nuca, lo suficientemente fuerte como para hacerle perder el conocimiento. Lo último que se le ocurrió pensar fue que él también acabaría colgado de una rama con una soga al cuello. Lo penúltimo, que el olor a chamusquina que había venido detectando estaba, en efecto, plenamente justificado.
sábado, 19 de noviembre de 2011
Se me cae el cinturón de Orión
Uno no lo percibe en primera instancia. Dirige la mirada al cielo nocturno y allí está, Orión, brillante y destacado como siempre.
Solo después de varias observaciones es posible concluir que el cinturón de Orión se nos viene encima. Cada vez más grandes, cada vez más brillantes, la distancia entre Mintaka, Alnilam y Alnitak aumenta por momentos, lo que solo puede querer decir una cosa: que se nos acercan peligrosamente.
Tres pedazos de estrellotes, cada una de ellas cientos de veces mayor que el Sol, se nos vienen encima y nadie hace nada.
¿Para qué tantos especialistas y tantos observatorios? Seguro que todos lo saben y no dicen nada, como saben que Elvis está vivo o que hay reptilianos entre nosotros, pero no dicen nada. Seguro que han construido ya una nave espacial que salvará a los elegidos y dejará que los demás contemplen en primera fila el sublime espectáculo que se produce cuando tres estrellas caen un planeta.
Y lo que más me preocupa no es qué sucederá después, ni la aniquilación, ni la destrucción, lo que me tiene sin dormir es qué le sucederá a Orión, al cazador, cuando compruebe que se le ha caído el cinturón...
Solo después de varias observaciones es posible concluir que el cinturón de Orión se nos viene encima. Cada vez más grandes, cada vez más brillantes, la distancia entre Mintaka, Alnilam y Alnitak aumenta por momentos, lo que solo puede querer decir una cosa: que se nos acercan peligrosamente.
Tres pedazos de estrellotes, cada una de ellas cientos de veces mayor que el Sol, se nos vienen encima y nadie hace nada.
¿Para qué tantos especialistas y tantos observatorios? Seguro que todos lo saben y no dicen nada, como saben que Elvis está vivo o que hay reptilianos entre nosotros, pero no dicen nada. Seguro que han construido ya una nave espacial que salvará a los elegidos y dejará que los demás contemplen en primera fila el sublime espectáculo que se produce cuando tres estrellas caen un planeta.
Y lo que más me preocupa no es qué sucederá después, ni la aniquilación, ni la destrucción, lo que me tiene sin dormir es qué le sucederá a Orión, al cazador, cuando compruebe que se le ha caído el cinturón...
viernes, 11 de noviembre de 2011
Ahora la ves...
Me acerqué atraído por el barullo, más para pasar el tiempo que por verdadero interés o curiosidad. A un lado de la plaza, sobre el muro lateral de la catedral, se encontraba un trilero que jugaba con el público, tres cubiletes colocados boca abajo y una bolita que pasaba de uno a otro a gran velocidad.
- Miren la bolita, señores... ahora la ven, ahora no la ven... la mano es más rápida que el ojo, señores... ¿quién quiere apostar?... ¿dónde está la bolita, señores?
Se acercó un tipo grande, enorme. Recuerdo que iba vestido de traje y que podría medir dos metros. Sacó del bolsillo de su pantalón una cartera repleta de billetes, sacó uno de 50 y lo colocó en la mesa de juego, ante los cubiletes.
- Apuesto 50, que hoy estoy de suerte.
Le gente que, curiosa, permanecía alrededor del tipo, exclamó sorprendida. 50 eran mucha pasta, desde luego. Pero el trilero no se amedrantó:
- Vayan los 50 del caballero, vamos allá, la mano es más rápida que el ojo, ahora la ves, ahora no la ves... et voilà! ¿Dónde está la bolita?
- Aquí -señaló el tipo. El trilero levantó el cubilete.
Allí estaba la bolita.
Sonrisa del tipo. Exclamación del público. El trilero, por el contrario, pareció sorprendido y, como no, disgustado. Le dio al tipo otro billete de 50 en pago de la apuesta, y antes de que este se girara volvió a la carga:
- Doble o nada, caballero, doble o nada, ¿quién da más? ¿Van esos 100?
El tipo volvió a sonreír, hizo una pausa dramática y, como un personaje trágico, declamó:
- Sea.
Puso los 100 en la mesa, también el trilero puso 100, recuerdo que me resultó extraña tan alta cantidad en un trilero, volvió a mover los cubiletes y volvió a ofrecerle al caballero la posibilidad de elegir.
- Aquí.
Y allí estaba, en efecto, la bolita.
La multitud prorrumpió en aplausos. El tipo cogió sus 200, se los metió en la chaqueta, se dio la vuelta y se fue.
La multitud también se fue. Yo me retiré y me quedé mirando, a lo lejos, al pobre trilero desplumado. Doscientos... El trilero recogía sus bártulos con celeridad, supuse que volvería a casa triste y cabizbajo, y sin embargo le vi sacarse del bolsillo una cartera llena de billetes, mucho más de 200, desde luego, y el caso es que esa cartera me sonaba...
Entonces caí en que era la cartera del tipo, la del bolsillo de su pantalón, el tipo con suerte había cometido el error de llevarse el premio a la chaqueta y desproteger su cartera.
No era tan malo el trilero, después de todo. Imaginé que todo estaba planeado desde el principio, incluso la vistoria del incauto. Puro perfeccionismo criminal...
Yo, en un gesto automático, me llevé la mano al bolsillo. Mi cartera seguía allí, afortunadamente.
Cuando volvió el tipo del traje, sudando y preguntando a unos y a otros, el trilero había desaparecido hacía un rato. "Ahora lo ves...", pensé.
- Miren la bolita, señores... ahora la ven, ahora no la ven... la mano es más rápida que el ojo, señores... ¿quién quiere apostar?... ¿dónde está la bolita, señores?
Se acercó un tipo grande, enorme. Recuerdo que iba vestido de traje y que podría medir dos metros. Sacó del bolsillo de su pantalón una cartera repleta de billetes, sacó uno de 50 y lo colocó en la mesa de juego, ante los cubiletes.
- Apuesto 50, que hoy estoy de suerte.
Le gente que, curiosa, permanecía alrededor del tipo, exclamó sorprendida. 50 eran mucha pasta, desde luego. Pero el trilero no se amedrantó:
- Vayan los 50 del caballero, vamos allá, la mano es más rápida que el ojo, ahora la ves, ahora no la ves... et voilà! ¿Dónde está la bolita?
- Aquí -señaló el tipo. El trilero levantó el cubilete.
Allí estaba la bolita.
Sonrisa del tipo. Exclamación del público. El trilero, por el contrario, pareció sorprendido y, como no, disgustado. Le dio al tipo otro billete de 50 en pago de la apuesta, y antes de que este se girara volvió a la carga:
- Doble o nada, caballero, doble o nada, ¿quién da más? ¿Van esos 100?
El tipo volvió a sonreír, hizo una pausa dramática y, como un personaje trágico, declamó:
- Sea.
Puso los 100 en la mesa, también el trilero puso 100, recuerdo que me resultó extraña tan alta cantidad en un trilero, volvió a mover los cubiletes y volvió a ofrecerle al caballero la posibilidad de elegir.
- Aquí.
Y allí estaba, en efecto, la bolita.
La multitud prorrumpió en aplausos. El tipo cogió sus 200, se los metió en la chaqueta, se dio la vuelta y se fue.
La multitud también se fue. Yo me retiré y me quedé mirando, a lo lejos, al pobre trilero desplumado. Doscientos... El trilero recogía sus bártulos con celeridad, supuse que volvería a casa triste y cabizbajo, y sin embargo le vi sacarse del bolsillo una cartera llena de billetes, mucho más de 200, desde luego, y el caso es que esa cartera me sonaba...
Entonces caí en que era la cartera del tipo, la del bolsillo de su pantalón, el tipo con suerte había cometido el error de llevarse el premio a la chaqueta y desproteger su cartera.
No era tan malo el trilero, después de todo. Imaginé que todo estaba planeado desde el principio, incluso la vistoria del incauto. Puro perfeccionismo criminal...
Yo, en un gesto automático, me llevé la mano al bolsillo. Mi cartera seguía allí, afortunadamente.
Cuando volvió el tipo del traje, sudando y preguntando a unos y a otros, el trilero había desaparecido hacía un rato. "Ahora lo ves...", pensé.
domingo, 6 de noviembre de 2011
El síndrome de la clase turista
La azafata se asomó a la zona de clase turista y mostró una enorme y dulce sonrisa antes de correr una cortina que, desde ese momento y hasta el final del vuelo, aislaría la Primera Clase del resto del pasaje. Una estrecha tira de tela que cruzaba el pasillo de lado a lado a modo de cordón policial mostraba la siguiente leyenda: "Solo para uso de los pasajeros Business".
Entre los usuarios de la clase turista se propagó rápidamente esa curiosidad que nace de la presencia cercana pero inalcanzable de lo prohibido y a la vez desconocido, y comenzaron a contarse historias...
Hubo quien habló de auténticos festines, de cochinillos asados, caviar y langosta, de frutas tropicales, de asientos que más parecían colchones viscoelásticos. Otro añadió algo sobre vinos exquisitos y cócteles suntuosos que reducían a vulgaridades a donperignones y caipirinhas. Se habló de pantallas de cine en 3D con películas aún por estrenar, de juegos de realidad virtual que te introducían en el interior del film y te convertían en el personaje que eligieras, de cuartos de baño enormes y relucientes con bañeras policromadas y jacuzzis a discreción, de triclinios y hetairas capaces de danzar al gusto del consumidor, de lujo asiático, de masajes en los pies, de piscinas climatizadas. "Sí, sí,", dijo alguien, "yo vi cómo estaban metiendo el cochinillo en el avión". Y varios asintieron curiosos. Desde el fondo, un pasajero con asiento de ventanilla dijo que había oído que montaban conciertos en directo, y que incluso en ocasiones el espacio se convertía en una barra americana donde los cubatas eran gratis y las azafatas hacían strip-tease. Se oyeron suspiros de envidia, y un tipo que no había hablado hasta ese momento comentó que ya había compañías que creaban dimensiones pararelas en la zona Business para que cada pasajero recreara su propio paraíso mientras durara el vuelo, un cielo particular a 10.000 metros de altura.
Entretanto se les sirvió la cena, pollo o ternera, pan y mantequilla, café o té y un refresco. Todos se preguntaban qué estaría pasando allí delante. La cortina no se descorrió hasta que el avión hubo tomado tierra. Mientras abandonaba el aparato, algún avispado que echó una ojeada furtiva al interior de la zona prohibida admitió que no había detectado nada de particular. Claro, no podía ser de otra manera. Los Business, por supuesto, habían abandonado el avión un rato antes...
Entre los usuarios de la clase turista se propagó rápidamente esa curiosidad que nace de la presencia cercana pero inalcanzable de lo prohibido y a la vez desconocido, y comenzaron a contarse historias...
Hubo quien habló de auténticos festines, de cochinillos asados, caviar y langosta, de frutas tropicales, de asientos que más parecían colchones viscoelásticos. Otro añadió algo sobre vinos exquisitos y cócteles suntuosos que reducían a vulgaridades a donperignones y caipirinhas. Se habló de pantallas de cine en 3D con películas aún por estrenar, de juegos de realidad virtual que te introducían en el interior del film y te convertían en el personaje que eligieras, de cuartos de baño enormes y relucientes con bañeras policromadas y jacuzzis a discreción, de triclinios y hetairas capaces de danzar al gusto del consumidor, de lujo asiático, de masajes en los pies, de piscinas climatizadas. "Sí, sí,", dijo alguien, "yo vi cómo estaban metiendo el cochinillo en el avión". Y varios asintieron curiosos. Desde el fondo, un pasajero con asiento de ventanilla dijo que había oído que montaban conciertos en directo, y que incluso en ocasiones el espacio se convertía en una barra americana donde los cubatas eran gratis y las azafatas hacían strip-tease. Se oyeron suspiros de envidia, y un tipo que no había hablado hasta ese momento comentó que ya había compañías que creaban dimensiones pararelas en la zona Business para que cada pasajero recreara su propio paraíso mientras durara el vuelo, un cielo particular a 10.000 metros de altura.
Entretanto se les sirvió la cena, pollo o ternera, pan y mantequilla, café o té y un refresco. Todos se preguntaban qué estaría pasando allí delante. La cortina no se descorrió hasta que el avión hubo tomado tierra. Mientras abandonaba el aparato, algún avispado que echó una ojeada furtiva al interior de la zona prohibida admitió que no había detectado nada de particular. Claro, no podía ser de otra manera. Los Business, por supuesto, habían abandonado el avión un rato antes...
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Pesadilla después de Halloween
Ya era tarde cuando sonó el timbre. El viejo, que se disponía a irse a dormir, se acercó a la puerta arrastrando los pies y refunfuñando en una letanía de sonidos intraducibles. Echó una ojeada a través de la mirilla y susurró una blasfemia. No podía ser verdad. Otra vez como ayer no...
La noche anterior los chicos del barrio se habían confabulado para molestarle. Ponían en la tele no sé qué película de puñetazos y tiros, y cada pocos minutos llamaban a la puerta y le interrumpían. Cuatro o cinco grupos de jovenzuelos impertinentes pasaron ante sus ojos. Todos iban disfrazados de monstruos, o de fantasmas, gritaban con todas sus fuerzas algo como "truco o trato" y pretendían, porque sí, que el viejo les regalara caramelos. Qué cara, que les regalen caramelos... que se los ganen, maldita sea. Grupo tras grupo el viejo les había ido cerrando la puerta en las narices, un par de ellos incluso había disparado algún petardo bajo su ventana, ese debía de ser el truco, había supuesto el viejo, el trato era el de los caramelos, qué desfachatez.
Pero todo aquello había sido la noche anterior. Ya no era noche de difuntos, el Halloween ese del que todos hablaban, así que aquel tipo llegaba con retraso. Además, ya parecía mayorcito para andar disfrazado, aunque la verdad es que lo había clavado, el tono pálido de piel, la ropa negra, los colmillos desmesurados, el porte decimonónico. Sí señor, todo un vampiro, aunque demasiado talludito para andar llamando a las puertas y pidiendo caramelos, encima en un día equivocado...
Abrió la puerta y esperó, pero el tipo no dijo nada. "¿Qué?", preguntó, pero el tipo siguió en silencio. Entonces, como una especie de prodigio digno de un mago, el tipo desapareció, se esfumó como si nada. El viejo, perplejo, se asomó a la calle. Nada de nada. "Vaya con los trucos", pensó, y ya se disponía a volver al interior cuando a su espalda notó un aliento gélido, un frío de muerte que le rozaba la oreja. Se volvió y allí estaba el tipo, a su espalda, como si se hubiera desplazado a más velocidad de la perceptible para ponerse tras él y, con gesto de animal sanguinario, morderle el cuello.
"¡Trato, trato, trato!", gritó el viejo. Fue lo último que gritó, de hecho, antes de que los colmillos del tipo le succionaran la yugular. Nada de tratos; el truco, en esta ocasión, había sido espectacular. Además, el viejo ni siquiera tenía caramelos en casa...
La noche anterior los chicos del barrio se habían confabulado para molestarle. Ponían en la tele no sé qué película de puñetazos y tiros, y cada pocos minutos llamaban a la puerta y le interrumpían. Cuatro o cinco grupos de jovenzuelos impertinentes pasaron ante sus ojos. Todos iban disfrazados de monstruos, o de fantasmas, gritaban con todas sus fuerzas algo como "truco o trato" y pretendían, porque sí, que el viejo les regalara caramelos. Qué cara, que les regalen caramelos... que se los ganen, maldita sea. Grupo tras grupo el viejo les había ido cerrando la puerta en las narices, un par de ellos incluso había disparado algún petardo bajo su ventana, ese debía de ser el truco, había supuesto el viejo, el trato era el de los caramelos, qué desfachatez.
Pero todo aquello había sido la noche anterior. Ya no era noche de difuntos, el Halloween ese del que todos hablaban, así que aquel tipo llegaba con retraso. Además, ya parecía mayorcito para andar disfrazado, aunque la verdad es que lo había clavado, el tono pálido de piel, la ropa negra, los colmillos desmesurados, el porte decimonónico. Sí señor, todo un vampiro, aunque demasiado talludito para andar llamando a las puertas y pidiendo caramelos, encima en un día equivocado...
Abrió la puerta y esperó, pero el tipo no dijo nada. "¿Qué?", preguntó, pero el tipo siguió en silencio. Entonces, como una especie de prodigio digno de un mago, el tipo desapareció, se esfumó como si nada. El viejo, perplejo, se asomó a la calle. Nada de nada. "Vaya con los trucos", pensó, y ya se disponía a volver al interior cuando a su espalda notó un aliento gélido, un frío de muerte que le rozaba la oreja. Se volvió y allí estaba el tipo, a su espalda, como si se hubiera desplazado a más velocidad de la perceptible para ponerse tras él y, con gesto de animal sanguinario, morderle el cuello.
"¡Trato, trato, trato!", gritó el viejo. Fue lo último que gritó, de hecho, antes de que los colmillos del tipo le succionaran la yugular. Nada de tratos; el truco, en esta ocasión, había sido espectacular. Además, el viejo ni siquiera tenía caramelos en casa...