viernes, 29 de julio de 2011

Perdone, ¿algún buen restaurante por aquí?

¿Un buen restaurante? Claro, hombre, tiene uno aquí mismo. Mire, ¿ve aquella bocacalle? Pues esa no. Tampoco la siguiente, sino la siguiente. Tómela y camine unos 500 metros, cruce un paso de cebra y verá una pequeña plaza con una fuente. A partir de aquí solo tiene que tomar una de las calles que sale de la plaza, la segunda a su derecha, creo. Camine un poco y gire a la derecha en el primer semáforo en rojo. Ah, por cierto, en la fuente encontrará un tipo extraño, un tío bajito y malencarado que le ofrecerá salir de la plaza por una calle distinta. No le haga caso, ni le conteste. No le conviene.
Después de girar en el semáforo, recuerde, en el primer semáforo en rojo, evite los obstáculos que unas obras públicas pondrán en su camino y busque a su izquierda una puerta de gran tamaño con una forja en su parte superior representando un hipogrifo. En la puerta encontrará un tipo serio vestido completamente de negro. Acérquese y salúdelo con un buenos días tenga usted, repito, "buenos días tenga usted". Él entonces, sin dirigirle la palabra, le dará un pequeño papel doblado dos veces y le franqueará la entrada. No lea el contenido del papel bajo ningún concepto, no todavía.
Baje las escaleras que aparecerán ante usted con sumo cuidado. Atención, especialmente, al penúltimo escalón. Le recomiendo encarecidamente que lo salte. Si hace lo que le digo se encontrará en un pequeño patio interior. Una chica saldrá a su encuentro con una taza de té. Será una chica muy guapa, de belleza enigmática y gesto indescifrable. Tome el té, dele las gracias y váyase rápidamente. No le diga nada más, es muy importante que así lo haga. Si en su salida del patio se encuentra con un perro enorme que le gruñe y pretende atacarle, saque el papel que le dio el guarda, desdóblelo y pronuncie lo que allí vea escrito tres veces, en voz alta y mirando al perro a los ojos; si no hay perro, mala señal. Entonces tire el papel sin desdoblarlo en la papelera que encontrará junto a la puerta de salida y rece para que todo vaya bien.
En cuanto vuelva al exterior verá un tipo de pelo largo. Él le dirá cómo llegar al restaurante, pero antes tendrá que resolver tres acertijos que le propondrá, o bien embriagarlo con un suero de la verdad que obtendrá si toma el autobús que verá parado a su izquierda, se baja en la tercera parada y se lo pide a la vendedora de flores que allí se encuentra.
Una vez extraída la información del tipo del pelo largo, no la obedezca, haga justo lo contrario de lo que le ha propuesto. Si él ha dicho izquierda, usted vaya a la derecha; si él arriba, usted abajo. Espero que sepa montar en dragón, que hable alguna lengua muerta y que no tenga miedo a las voces del más allá.
Si todo va bien, llegará al restaurante con un hambre de lobo. No dude en entrar, aunque la decoración le parezca algo estrafalaria. Pida lo que quiera, todo está bueno. Le aseguro que merece la pena, yo siempre recomiendo este sitio...

viernes, 22 de julio de 2011

La paradoja del prisionero

Cuentan que el prisionero llevaba años encerrado en la misma celda. Allí pasaba los días y las noches sin compañía alguna, salvo la de un guardián que le llevaba de tanto en tanto algo de comer y con el que jamás había cruzado una palabra. La celda era húmeda, gris y desapacible. En uno de sus muros había una pequeña ventana que daba al exterior y a través de la cual el prisionero podía, durante un par de horas al día, recibir los rayos del sol.
El prisionero, por otra parte, poseía una lima. Una vieja lima, oxidada y desgastada. Nadie sabía de su existencia, desde luego, como tampoco nadie sabía cómo había llegado a manos del prisionero, pues este no hablaba con nadie. Todos los días, cuando el guardián no pasaba, el prisionero frotaba los barrotes de la ventana con la lima mientras murmuraba quejas y llantos, maldiciendo su suerte y la vida que le había tocado vivir. Aquella lima, no obstante, difícilmente hacía mella en los sólidos barrotes del ventanuco cuya estrechez, por cierto, apenas permitiría al prisionero atravesarla.
Un día cualquiera, y sin razón aparente, la puerta de la celda se abrió. El prisionero oyó un chasquido y cuando levantó la vista de su duro trabajo de limado comprobó que no se encontraba encerrado. Un fallo eléctrico, un motín, una broma cruel, cualquiera podía ser el motivo. Asomó la cabeza a través de la puerta y miró a un lado y a otro. El guardián no aparecía por ninguna parte. El prisionero inclinó aún más el cuerpo, sin llegar a poner los pies en el pasillo que llevaba a la salida. La garita de los guardias estaba desierta. El prisionero se preocupó un poco, solo hasta que llegó a la conclusión de que no era su problema, de que a él le daba igual.
Entonces volvió a cerrar la puerta de la celda, regresó a su ventanuco y siguió limando los barrotes mientras se lamentaba entre murmullos de lo triste que era su vida, de su malhadada suerte y de su incierto futuro.

lunes, 18 de julio de 2011

Crónicas de la Tierra. Vol. 3: extinción

Pronto el número de "desangelados" había superado al de individuos con alma. Cambiaba la sociedad y cambiaban, con ella, las costumbres, de modo que las personas "a la manera tradicional" comenzaban a adoptar actitudes "desangeladas" como una curiosa forma de adaptación al medio que los sociólogos no tardaron en detectar. "La sociedad se enfriaba", decían, lo que hacía disminuir tanto las muestras de afecto como el número de conflictos.
¿Y los teletransportados? Aquellas almas, miles de millones, seguían sin aparecer, mientras, como muestra de que continuaban junto a sus poseedores originales, nacían "desangelados" en cantidades industriales.
Las teorías al respecto se radicalizaron: la mayoría dio por sentada la existencia de un paraíso al que se accedía, bajo determinadas condiciones no muy bien delimitadas, a través de la teletransportación eléctrica, un paraíso de felicidad e inmortalidad, y se lanzó locamente a una especie de ruleta rusa en la que la desaparición durante el proceso de teletransportación era el premio deseado; hubo un grupo minoritario que imaginó un infierno en el que las almas sufrirían un tormento eterno que era preciso evitar, de modo que evitaban la teletransportación dejando, en teoría, su alma para miembros de una generación posterior que, en muchos casos, se adscribían a la teoría del paraíso; por último, tranquilos e impasibles, estaban los "desangelados".
Cuando todos los niños comenzaron a nacer "desangelados", se dio por sentado que en algún lugar diez mil millones de individuos con alma hacían algo, no se sabía muy bien qué, si era bueno o malo, un premio o un castigo.
Algunos cronistas de esta era comentaban con sorna que el mundo, en realidad, no había cambiado tanto, que siempre había estado plagado de desalmados; para otros, en cambio, la ausencia de conflictos e inquietudes había abierto las puertas a una nueva humanidad, a la sociedad tan deseada por profetas, místicos y milenaristas.
Muchos, muchos años después, nacería un niño extraño, un niño que lloraba, un niño, sin duda, con alma. Y luego nacieron otros más, lo que para muchos supuso el principio del fin. Pero esa es ya otra historia, y de ella se encargan otras crónicas...

jueves, 14 de julio de 2011

Crónicas de la Tierra. Vol. 2: la electrotransportación

El sueño había surgido en las mentes de los humanos casi al mismo tiempo que el estudio de la electricidad y los campos magnéticos: el desarrollo de la corriente eléctrica sin cables como principio básico de control y expansión de una energía limpia y asequible. Hubo quien pensó en un solo generador, situado en un lugar seguro y protegido, capaz de dotar de energía constante a todo el planeta.
Comenzaron encendiendo bombillas a distancia, dando vida a aparatos eléctricos que se encontraban desenchufados, alumbrando ciudades enteras sin cables ni conectores. La energía siempre había estado ahí, flotando, trasladándose entre vacío y materia. Ahora, simplemente, el ser humano podía elegir dónde, y cuándo, utlizarla.
Pasar de la electricidad inalámbrica a la teletransportación era cuestión de tiempo, el tiempo necesario, de hecho, para aprender a convertir la materia en energía, transportarla, y devolverla a su forma material. Comenzaron con pequeños objetos, luego con edificios enteros (se decidió que la Estatua de la Libertad pasara un año en cada continente), más tarde con animales. El primer humano fue convertido en energía y trasladado tres metros más allá, dentro del mismo laboratorio. Diez años después de aquel hecho histórico ya se realizaban traslados transoceánicos.
En un momento dado, y sin razón aparente, algunos de los viajeros de la teletransportación comenzaron a desaparecer; o a no reaparecer, para ser exactos. Debían materializarse en un lugar concreto, y no lo hacían. Se les buscó infructuosamente; se les había analizado, decían, sin encontrar nada anormal; se pensó en una posible exposición a radiaciones, pero estas no eran diferentes a las de los cientos de miles de teletransportados cuyos viajes sí se completaban.
Durante un tiempo se les dio por muertos, pero experimentos realizados con nacimientos revelaron un detalle inquietante: la desaparación de un teletransportado no evitaba el nacimiento inmediatamente posterior de un niño “desangelado”. El alma de un desaparecido, por tanto, seguía viva.
Por todo ello se comenzó a hablar de universos paralelos, de paraísos artificiales, de ángeles y demonios provistos de alma humana. Por todo ello los humanos comenzaron a ponerse nerviosos: si diez mil millones de almas ya eran insuficientes para toda la población de la Tierra, permitir que un porcentaje de estas se fugara a espacios adimensionales constituía una verdadera catástrofe. ¿Y si llegaba el día en que todas las almas se encontraban en otras dimensiones, allí donde nunca morían, allí donde nunca se les llamaría para repoblar cuerpos humanos?
Todos temblaban ante esta posibilidad. Todos, por supuesto, excepto los “desangelados”.

sábado, 9 de julio de 2011

Crónicas de la Tierra. Vol. 1: los ladrones de almas

Cuando nació el primer "desangelado" todos se sorprendieron. Un bebé perfectamente normal, sin ningún problema físico ni mental, pero con una extraña incapacidad para manifestar sentimientos, ni alegría, ni llanto, ni dolor, ni rabia, ni amor, y con una frialdad casi robótica. Tras él nacieron otros, y pronto el número de "desangelados" detectados en la Tierra se elevó a decenas de miles.
A medida que estos iban creciendo sin mostrar cambio alguno en su comportamiento, los científicos trataban en vano de descubrir las razones que lo provocaban. Poco a poco se fue imponiendo una explicación de índole trascendental: aquellos niños carecían de alma.
Se crearon grupos religiosos que rezaron por ellos, que elevaron sus plegarias para conseguir un poco más de humanidad en los "desangelados", pero estos continuaron con su existencia sin verse afectados.
Hubo quien extendió el rumor de que la Tierra se había quedado sin almas. Según esto, el número de almas para los habitantes de la Tierra era limitado, tal vez, pongamos por caso, diez mil millones. Las almas de los fallecidos se habían reutilizado durante toda la historia, llegado su turno, para dotar de humanidad a los neonatos. Esta teoría sostenía que el primer "desangelado" tuvo la mala suerte de ser el poblador número "diez mil millones uno" sobre la faz de la Tierra.
Cada vez que alguien moría, un alma acompañaba la vida del siguiente recién nacido. En caso de carecer de almas, el bebé nacía "desangelado".
Semejante teoría caló tan profundamente que extendió en la población una peligrosa psicosis. Los padres trataron de evitar a toda costa que sus hijos nacieran sin sentimientos. Hubo quien decidió cometer asesinatos durante el nacimiento de sus hijos, para proveerles de alma. Ante las duras sanciones de la ley contra estas prácticas, el mercado negro de asesinatos a la carta se desarrolló a la par que los estudios científicos que lograron, finalmente, desarrollar un mecanismo para robarle a una persona el alma sin acabar con su vida.
Comenzó así el tráfico de almas, la piratería, las grandes sumas de dinero pagadas por los más poderosos para que las bandas de ladrones de almas dejaran "desangelado" a un ser vivo cualquiera para dotar de humanidad a sus hijos.
Aquello constituía, sin duda, un acto inhumano, cometido en nombre de los sentimientos más humanos que existen, los de un padre hacia su hijo. Nadie, sin embargo, se preocupaba por las connotaciones éticas del acto.
Al mismo tiempo que los ladrones de almas se hacían con el poder sobre una población atemorizada, los "desangelados" se convertían en adultos eficientes que, con un sorprendente uso de la razón sin sentimientos, comenzaban a copar puestos de importancia significativa en los gobiernos, los comercios, los sistemas de sanidad, justicia y educación y las altas esferas económicas y científicas de sus sociedades respectivas.

martes, 5 de julio de 2011

Contacto

Ya habían pasado dos horas. Llegaban con retraso. Miró su reloj y comprobó que las manecillas seguían avanzando. La situación se agravaba por momentos, como se deducía fácilmente de los rostros del casi centenar de personas que había decidido trasnochar para ser testigos del encuentro. Si ya desde el primer momento se mostraban escépticos, si ya resoplaron cuando pasó la hora convenida sin novedad alguna, dos horas más tarde comenzaba a predominar el disgusto y las miradas de reproche hacia él, principal responsable a ojos de todos los presentes.
Pero no era posible, tenían que aparecer. Los mensajes telepáticos eran evidentes, el encuentro con aquel tipo extraño que les hacía de mensajero, las coordenadas perfectamente delimitadas... ¡si hasta había recibido aquella carta en la que hablaban de su mundo y de los beneficios simbióticos del contacto intercivilizaciones!
Se palpó el bolsillo de la chaqueta en el que aún reposaba la carta. No se la había enseñado a nadie. No había hecho falta. Todos los presentes habían accedido encantados a pasar la noche en el campo, o para ser testigos de lo inaudito, o para burlarse del iluso que había puesto en marcha toda la farsa.
Alguien observó una luz a lo lejos, una luz que parecía acercarse. Se empezaron a oír gritos entre la multitud, respiraciones agitadas. Luego la luz pasó de largo. Un avión, dijo alguien; un avión, dijeron todos, respondiendo como borregos. Eso es lo que eran, borregos esperando que les marquen el camino.
Pero él tenía la carta y los mensajes telepáticos, y la hora de la cita y las coordenadas. Él sabía lo que hacía.
Cuatro horas más tarde comenzaron a apuntar en el horizonte los primeros rayos de sol. La gente comenzó a abandonar el lugar refunfuñando. Ni rastro de los otros seres, ni indicios de contacto.
Él dejó que se fueran, se sentó sobre una piedra y decidió que esperaría. Tal vez habían tenido un problema mecánico, tal vez algún malentendido cultural habían provocado un error en el lugar o en el momento de la cita. Tal vez todo se solucionaría pronto. Así que esperaría lo que hiciera falta hasta que las luces bajaran del cielo y pudiera pedirles, de una vez, que se lo llevaran con ellas...

viernes, 1 de julio de 2011

La inquietante belleza de la doble negación

"Un superhéroe no puede no querer usar sus poderes, ¿verdad?", le preguntaban al protagonista de la novela gráfica con una tipografía destacada y un bocadillo enorme que resaltaban la importancia de la frase.
Y era importante, ciertamente, porque el protagonista de la novela gráfica era un superhéroe, y tenía superpoderes, por supuesto, y estaba cansado de usarlos, harto de la doble vida, de tener que ocultar su personalidad a los demás. Obviamente, a la pregunta, tan certera pero tan inocente, contestó con un sí rotundo, un sí que fue entendido como un sí, verdad que no puede no querer usarlos, cuando en realidad significaba un sí, sí que puede no querer usarlos.
Entonces el protagonista, un espíritu atormentado como tantos otros superhéroes, una persona aplaudida cuando salvaba al mundo pero ignorada el resto del tiempo, un semidios que lo daría todo por ser un humano normal, un prodigio de fuerza, magia y velocidad que anhelaba ser vulgar, un ser casi perfecto que mentía y engañaba incluso a sus más allegados, suspiró aliviado cuando comprendió que podía fingir, o mentir, que podía ser admirado u odiado, que podía mostrarse al gran público o recluirse en una cueva, pero que lo que no podría hacer jamás era evitar ser lo que era, es decir, un tipo con superpoderes.
Lo que sí que estaba a su alcance, al menos desde entonces, era el uso de un nuevo poder, el poder de crear confusión, ambigüedad, de no decir la verdad sin necesidad de decir mentiras, de manejar la doble negación, un poder que muy pocos superhéroes manejaba con soltura.
Porque una persona no puede no querer ser lo que no es, ¿verdad?
En la siguiente viñeta, el superhéroe sonreía taimadamente en un primerísimo primer plano...