martes, 27 de septiembre de 2011

Coralina

     El mar, en ocasiones, transmite paz. El vaivén de las olas, siempre las mismas y siempre distintas, puede sumir una mente perceptiva en hondos estados de reflexión. Cuando ello sucede, el susurro del mar se convierte en un mantra que surge de lo más íntimo del espíritu, el mismo espíritu que habita en las profundidades y en el interior de cada ser, el único espíritu, el latido de la Tierra.
     Entonces uno puede sentirse el único ser vivo. Es el único, porque todo es uno. El fin del mundo debe de ser eso, un mar en calma con olas de espuma que chapotean suavemente al depositarse sobre la orilla. Tal vez una medusa se deje llevar, flotando indecisa, mecida por las corrientes. Tal vez los corales saluden agitando sus extremidades al son de las mareas.
     A veces apetece devolverles el saludo a los corales asomados en sus arrecifes. Ellos son sabios, llevan eras desarrollándose sobre los cadáveres de sus antepasados. Tal vez ellos hayan recibido noticias de la inmensidad del mar, de esa angustiosa y oscura inmensidad, de las desconocidas profundidades y de horribles seres que allí habitan, de corrientes capaces de arrastrar todo lo que encuentran a su paso, de tempestades furiosas e indomables. Porque el espíritu también puede ser terrible, y uno debe pensar, cuando saluda a los corales, que se está saludando a sí mismo, que todo es uno, y que las más terribles tempestades, los abominables seres de las profundidades, los abismos infernales son, en realidad, la parte de nosotros mismos a la que no miramos, la cara oculta del espíritu. Porque nosotros también vivimos sobre los cadáveres de miles de generaciones anteriores a la nuestra y, sin embargo, no hemos sido capaces de encontrar la sabiduría.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Las verdades del druida

     - Verá, señor druida, le buscaba por lo de los centros de poder, las energías telúricas y todo eso... no ha sido fácil encontrarle, ¿sabe?, he tenido que preguntar y preguntar como un loco, nadie sabía darme razón de usted, ni de ninguno como usted, cualquiera diría que es usted el último druida vivo en miles de kilómetros a la redonda, ni en centros mágicos, ni en congregaciones, ni en sectas, en ninguna parte lo conocían a usted, al final le he encontrado un poco de casualidad, ¿sabe?, cuando ya casi había bajado los brazos, pero estas cosas son así, ¿no?, es el destino o algo, da igual cuánto y cómo lo intentes, al final será lo que tenga que ser y cuando tenga que serlo... en fin, que, en realidad, como ya le digo yo le buscaba por eso de los centros de poder, dicen que hay lugares en el mundo que transmiten ciertas energías, que son conductores, por así decir, que fueron construidos a propósito por gente que sabía más que nosotros, los humanos normales, no sé, usted no es un humano normal, con todos los respetos, usted es todo un druida, así que usted tiene respuestas que a los demás nos son desconocidas, por eso, en fin, lo que yo quiero saber es cómo reconocer esos lugares y cómo activarlos, es una cuestión de magnetismo, si no me equivoco, tal vez si conseguimos activar todos esos lugares pase algo, aparezcan los extraterrestres o el mundo se quiebre por la mitad, por las energías y todo eso, en cualquier caso sería divertido, y no me venga con eso de que esos lugares están en nuestro interior porque somos muchos y no podríamos activarnos, que la gente ya se sabe cómo es, no sé antiguamente, cuando eran menos en número y más espirituales, pero ahora no hay nada que hacer, con la gente no se puede contar, druida, dígame cómo lo hacemos para que pase algo, que este mundo empieza ya a durar demasiado tal como lo conocemos, así que druida, venga, diga algo, ¿no?

viernes, 16 de septiembre de 2011

Maldita pereza

     Le despertó un ruidoso grajo que se posó en su ventana. Un grajo o un cuervo, no estaba seguro, un cuervo, como el de Poe, ahora graznaría su "nunca más" acusador. Sentía una pereza colosal. Había tenido un sueño extraño en el que aparecía un personaje siniestro que le hablaba y le tentaba, como el Drácula de Stoker, empujándolo a la perdición.
     Tal vez la influencia de aquel sueño perturbador le había llevado a aquella situación en la que apenas se sentía con fuerzas para mover un dedo, agotado y aturdido como los compañeros de Ulises bajo el influjo de Circe. Luego se convertiría en cerdo, como ellos y como los padres de Chihiro.
     Esa manía suya de comparar todas las situaciones en analogías sacadas de la ficción... parecía Sancho Panza con sus refranes. Además, ya le habían dicho en más de una ocasión que aquella manía le apartaba de la realidad, que le llevaba a identificarse con los personajes que utilizaba y a vivir en una fantasía, como Alicia... nunca había hecho demasiado caso. Quienes le acusaban de semejantes patrañas eran víboras que, como los habitantes de Vetusta, no le deseaban bien alguno. El mundo real, al fin y al cabo, tampoco era tan apetecible, que se lo pregunten a los que habitan Matrix.
     Notó olor a humo. Pensó que debería levantarse, pero la pereza podía con él. No podría moverse ni aunque le recorrieran el cuerpo mil insectos como a la cabeza decapitada de El señor de las moscas. Igual seguía durmiendo, un sueño dentro de otro sueño como en Origen, o estaba muerto y seguía hablando con sus vecinos como Pedro Páramo.
     El olor a humo se intensificó. "Todos los fuegos el fuego", pensó inmediatamente. "Hay un incendio en el edificio". Maldita pereza. Estaba seguro de que no podría moverse. O entraba ahora mismo un bombero salvador en plan Terminator o iba a terminar muriendo entre las llamas pero no como Freddy Kruger, entre alaridos de dolor y deseos de venganza, sino por vago, como un idiota, y no precisamente el de Dostoyevski...

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Estar o no estar

     Nadie sabe muy bien quiénes son, ni por dónde se mueven, ni qué pretenden. A veces se les refiere en tono épico, más próximo a la leyenda que a la realidad. Se cuenta que un día cualquiera decidieron reunirse y hablar sobre cualquier cosa. Y sobre otras cualesquiera. Y otro buen día volvieron a coincidir, y volvieron a hablar, y comenzaron a actuar, porque sí, porque les apetecía.
     Nadie sabe quiénes son porque no son un movimiento, ni un grupo, ni una asociación, ni un partido, ni una panda. No tienen estatutos, no tienen objetivos, ni programa, ni principios. No pretenden ser nada, solo estar. Estar por estar, porque no hay más remedio.
     Dicen que contemplan el mundo y actúan en consecuencia, sin la carga de los actos pasados, sin un edificio ideológico en el que integrar, como en un puzzle mal avenido, las piezas de sus pensamientos. Dicen que no son nadie, que no son nada, que no son un modelo a imitar, pero tampoco dignos de imitar a nadie.
     Hay quien se pone nervioso solo con mencionarlos. Un peligro latente, sin duda. Actuar sin un fin determinado, ¿a quién se le ocurre? ¿Qué supone eso? ¿Vivir al día, al momento, no vivir en absoluto? Les nombran y les temen, a ellos que ni siquiera aparecen, que jamás tratarían de influir en otros. ¿A qué se debe, pues, semejante aprensión?
     Tal vez los objetivos, los programas y las ideas estén hechas para combatir y erguirse frente a sus semejantes. Tal vez el mayor temor de alguien que sostiene una idea contra viento y marea es, precisamente, hallarse en soledad en un mar en calma chicha, del mismo modo que un ejército se encuentra condenado a la extinción si ante él se extiende un campo de batalla desierto, sin enemigo alguno.
     Así que, entre el mito y la leyenda, de tanto en tanto hay quien casualmente se reúne sin objetivo ni fundamento para contemplar el mundo y reírse un buen rato. No pretenden burlarse, desde luego, ni destruirlo, ni nada en absoluto. Si pretendieran algo habrían caído víctimas de su propia contradicción. Solo estar, estar por estar. Porque quien se sabe nadie se condena a sí mismo si pretende ser alguien.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Cómo pensar en no pensar

     Cada uno de ellos se posó suavemente en uno de los hemisferios de su cerebro. Se acomodaron, de modo que él supo al instante que pasarían allí un buen rato, y comenzaron a hablarle.
     El del hemisferio derecho le decía que dejara de pensar. Le instaba a anular la corriente de pensamiento y a poner la mente en blanco. Le hablaba de la Edad de Oro, de tiempos en los que los seres humanos eran libres, en los que el espíritu gobernaba y extendía la paz y la confraternidad entre las almas, antes de que la razón llegara y encerrara el espíritu en cubículos cerrados. "La razón mató al espíritu", le dijo. Solo deteniendo el pensamiento el espíritu podría volver a liberarse, y surcar los cielos y sus mundos, y aprovechar del universo su armonía para desarrollar a las gentes y las sociedades. "Ahora ya nadie detiene sus pensamientos, todos están demasiado ocupados para eso".
     El del hemisferio izquierdo, por su parte, le instaba a pensar, a activar esa capacidad que nos hace grandes, especiales, que nos diferencia de los seres inferiores y nos lleva a mundos inimaginables de abstracción, a universos paralelos, a viajes en el tiempo, a fantasías realizables. "La filosofía ha muerto", decía, y recordaba con añoranza sociedades anteriores en las que el pensamiento era un arte y el lenguaje bien utilizado una virtud. El ser humano tenía que volver a activar su pensamiento, vivir de acuerdo a una ideas creadas por él y no impuestas o imitadas. Solo mediante la facultad intelectiva la sociedad del futuro podría salir del atasco en el que se encontraba esta. "Ahora ya nadie piensa, pensar está mal visto, pensar es dudar, y nadie quiere dudar, todos tienen cosas mejores que hacer".
     Así que eso era, el eterno combate entre Apolo y Dionisos, la lucha entre "el tiempo del logos" frente a "el tiempo del eros", el enfrentamiento entre Hércules y la Lira estaba en un momento de máximo apogeo. Él no supo si tomar partido, no podía pararse a pensarlo, pues eso le decantaría en favor de su lado izquierdo; no podía actuar por instinto, pues ello le inclinaría a su lado derecho.
     Y él los apreciaba a los dos. Lástima que, por razones que aún no alcanzaba a comprender del todo, la batalla se estaba resolviendo con una terrible derrota por ambos bandos...

sábado, 3 de septiembre de 2011

Lo que refleja un espejo

     Lo que refleja un espejo cuando alguien se pone frente a él es una imagen de ese alguien reflejada en la superficie de cristal bruñido; pero no es ese alguien. Esto es algo difícil de explicar en según qué momentos. Es una imagen, pero no es lo que esa imagen representa, de la misma forma que una postal del Empire State Building de Nueva York no es, de hecho, el Empire State Building. Por eso a nadie debe de extrañar que las imágenes en el espejo, que los reflejos en general, perturben las mentes e inquieten los espíritus.
     Es más, el espejo ni siquera refleja una imagen "real", esto es, la imagen realmente fiel del objeto o persona reflejada. La imagen de un zurdo habría de ser, también, zurda; y sin embargo es diestra. Las palabras que alguien escribe en un papel habrían de permanecer en la imagen, y no traducirse en un galimatías indescifrable. El corazón se encuentra, cuando existe, en el lado izquierdo, no en el derecho.
     Todo esto no ha de llevar a pensar que el espejo refleja el opuesto de lo reflejado. Que el triste no piense que encontrará en el espejo su parte alegre; que el bajo no espere que le salude desde el otro lado un tipo alto, que el bondadoso no tema encontrarse frente a frente con un ser malvado. Una mesa, por mucho que se cambie de lugar, que se gire, que se ponga patas arriba o que se acurruque en un rincón, no deja de ser una mesa. Y su imagen reflejada en el espejo, por cierto, no es la imagen "real" de esa mesa, como no es, de hecho, esa misma mesa.
     Por eso el asesino, cuando entró en el baño y se acercó el lavabo, supo que aquel ser de mirada turbia y respiración agitada, aquel tipo que carecía de corazón y sostenía con su mano derecha un cuchillo goteante de sangre, aquella imagen, sin duda, de alguien malvado y desequilibrado, no era, en esencia, él, y que, por tanto, podía elevar en cualquier momento el brazo portador del arma y degollarle con un movimiento certero.
     El asesino, entonces y por primera vez desde que todo aquello hubo comenzado, sintió miedo.