Comenzaba a anochecer. Recordé que una vez me dijeron que entre los últimos rayos de sol, en cada crepúsculo, siempre surge uno especial, una especie de fogonazo de tonalidad extrañamente verdosa y un brillo especial, y que los afortunados capaces de percibirlo se entregan a una forma de revelación, capaz de cambiar sus esquemas mentales y dotar de sentido a sus vidas.
Aproveche la situación y busqué el tan anhelado rayo. No era la primera vez que lo hacía. Y como en las veces anteriores, en esta ocasión mi intento también careció de cualquier atisbo de éxito.
Los ocasos crean confusión, tal vez por esa mezcla momentánea entre luz y oscuridad durante la cual es difícil saber a qué atenerse. Crean confusión e invitan, tal vez como consecuencia de esta, a las confidencias. Por eso no me extrañó que aquel tipo se dirigiera a mí, y di inmediatamente por hecho que lo hacía porque me había encontrado casualmente en aquel lugar y en aquel momento, y que se hubiera dirigido a cualquier otro si lo hubiera tenido al lado.
"¿Sabes? En ocasiones me siento volar, no como en un avión, sino como un pájaro, me siento ingrávido y liviano y me veo desplazándome por el mundo como una mota de polvo".
Normalmente las tonterías que me dicen los desconocidos no me afectan en absoluto. En aquella ocasión, sin embargo, me volví y le miré. Llevaba yo ya tiempo fantaseando con la idea de volar, con la posibilidad de despegar del suelo, con lo que ello supondría de realización personal, de deseos satisfechos, de culminación de las capacidades espirituales humanas.
Quise que me contara la experiencia. Quise saber qué se sentía, cómo lo hacía, si yo podía llegar también a disfrutarlo. Me sorprendió, no obstante, su gesto de angustia. No parecía estar contándome una experiencia mística sino una sesión de tortura.
"Pero vuelas, ¿no? Eso es maravilloso...".
"Y me estrello, siempre acabo estrellándome contra el suelo, cayendo a plomo desde las alturas, reventándome en pedazos contra la dura tierra. Ese dolor, ese tremendo dolor, todos mis huesos hechos astillas...".
Me pareció que iba a comenzar a llorar. Reflexioné durante unos instantes sobre las distintas caras de una misma realidad. Volar o no volar, esa era cuestión. Querer volar o no querer volar, más bien. No extraje grandes conclusiones, por desgracia. Ya había, definitivamente, anochecido.
martes, 25 de octubre de 2011
jueves, 20 de octubre de 2011
Síndrome de Jerusalén
Lo malo de estudiar las profecías es que te las puedes terminar creyendo. Lo malo o lo bueno, claro, porque normalmente a esa fase de asunción de la palabra ajena le sigue otra de creación propia. Eso sí que es especial, trascender la visión del propio profeta objeto de admiración y crear tu propia predicción. No es extraño. Ha pasado el tiempo, y las palabras que alguien pronunció en el pasado han sido tamizadas por los exégetas y aposentadas por la tradición. Siempre queda, y esto es una cualidad de todas las profecías, un punto de misterio, de incertidumbre, un algo inefable que suele provenir del propio origen esotérico de estas.
Toda profecía admite, pues, interpretaciones. Y todo estudioso de las profecías se pregunta, llegado el momento: "¿y por qué no he de ser yo el intérprete definitivo?". Inmediatamente surgen razones que apoyan esa posibilidad. Ante los ojos, hasta entonces sumidos en una incomprensible ceguera, del neoprofeta se yerguen cifras, combinaciones, símbolos, indicios tan evidentes que este se pregunta cómo no los había percibido antes, cómo nadie, en la historia de la humanidad, los había interpretado con anterioridad.
Y entonces el neoprofeta, profeta ya con todas las de la ley, recurre a lo divino. "Porque no había llegado el momento". "Porque los tiempos esperaban impacientes mi aportación". "Porque soy el elegido".
Lo que es evidente, con muestras por doquier para corroborarlo, es que una vez que un profeta ha llegado a ese punto, a la acción divina, su percepción de la realidad ha quedado ya modificada para siempre y nada, ni nadie, le podrá hacer creer que se encuentra en un error.
No, al menos, sin padecer consecuencias catastróficas.
Toda profecía admite, pues, interpretaciones. Y todo estudioso de las profecías se pregunta, llegado el momento: "¿y por qué no he de ser yo el intérprete definitivo?". Inmediatamente surgen razones que apoyan esa posibilidad. Ante los ojos, hasta entonces sumidos en una incomprensible ceguera, del neoprofeta se yerguen cifras, combinaciones, símbolos, indicios tan evidentes que este se pregunta cómo no los había percibido antes, cómo nadie, en la historia de la humanidad, los había interpretado con anterioridad.
Y entonces el neoprofeta, profeta ya con todas las de la ley, recurre a lo divino. "Porque no había llegado el momento". "Porque los tiempos esperaban impacientes mi aportación". "Porque soy el elegido".
Lo que es evidente, con muestras por doquier para corroborarlo, es que una vez que un profeta ha llegado a ese punto, a la acción divina, su percepción de la realidad ha quedado ya modificada para siempre y nada, ni nadie, le podrá hacer creer que se encuentra en un error.
No, al menos, sin padecer consecuencias catastróficas.
jueves, 13 de octubre de 2011
Jet lag hipnótico
"Ahora, cuando despiertes, vas a mirar por la ventana y te vas a llevar una sorpresa. Es de noche. Piensas que has dormido, te sientes bien, descansado, ágil. Jurarías que el día estaba a punto de comenzar, pero es la noche quien reina. Vas a sentirte un animal nocturno, un coyote, una comadreja... o un kiwi. Eres un kiwi vagando en la oscuridad, o, por qué no, un búho ululando entre los árboles.
Vas a llegar a pensar que la noche es eterna. Has dormido lo que suponías una noche y te encuentras despierto en otra que no tiene visos de concluir. Han pasado varias horas desde que despertaste y sigue oscuro. Sientes sueño, nuevamente. Te echas a dormir, qué más da, cuando la noche es eterna uno duerme cuando tiene sueño, ¿no?".
"A la de tres vas a volver a despertar. Continúa la noche, aunque algo en tu interior te dice que el sol salió y no estuviste para verlo. Es posible. Tal vez aquella claridad en el horizonte sean los últimos rayos de un día extinto. Te preparas para una nueva noche, o para la misma noche eterna, para un nuevo hábitat, para sacarle partido a tu disfraz cambiante de fauna nocturna".
"Uno, dos... y tres".
Vas a llegar a pensar que la noche es eterna. Has dormido lo que suponías una noche y te encuentras despierto en otra que no tiene visos de concluir. Han pasado varias horas desde que despertaste y sigue oscuro. Sientes sueño, nuevamente. Te echas a dormir, qué más da, cuando la noche es eterna uno duerme cuando tiene sueño, ¿no?".
"A la de tres vas a volver a despertar. Continúa la noche, aunque algo en tu interior te dice que el sol salió y no estuviste para verlo. Es posible. Tal vez aquella claridad en el horizonte sean los últimos rayos de un día extinto. Te preparas para una nueva noche, o para la misma noche eterna, para un nuevo hábitat, para sacarle partido a tu disfraz cambiante de fauna nocturna".
"Uno, dos... y tres".
lunes, 10 de octubre de 2011
El espectáculo debe continuar
"Esta chica acaba de llegar de las antípodas y, como todos sabemos y como el propio nombre indica, allí la gente anda del revés, de modo que aquí la tenemos, un tanto incómoda y desorientada. Por eso la hemos metido hasta el cuello en esta caja, para que repose, y por eso vamos a solucionar su problema inmediatamente... ¿Cómo? Pues de la manera más sencilla posible... ¡cortándola por la mitad y colocándole las piernas en la cabeza!".
El mago mostró con mirada sádica un oxidado serrucho, a lo que el público respondió con un frenético estallido de risas. La chica, que obviamente no era de las antípodas, fingió cara de sorpresa sin dejar de sonreír. Siempre la misma historia, los mismos chistes, los mismos trucos. El mago comenzó a serrar la caja mientras cantaba la traviata, el público aguardaba expectante sin perder detalle, la chica gritaba y gritaba entre aullidos de dolor. Él tenía que hacerse el sordo, concentrado en su sierra y su traviata, mientras la primera iba poco a poco penetrando en la madera hasta salir por el lado contrario. La chica había dejado de gritar unos momentos antes, demasiado pronto, tal vez, pero el silencio del público demostraba el impacto que, pese a los años, el truco provocaba todavía.
Entonces el mago levantó la cabeza y, con las últimas notas de su ópera particular, observó a su público. Estaban asombrados. Luegó miró la caja, de la que comenzó a brotar, a través del corte, un líquido rojo y espeso. El mago palideció ligeramente. Luego miró a la chica, muy pálida también, con los ojos cerrados. No debía tener los ojos cerrados. Deseó con todas sus fuerzas que los abriera, que abriera la boca y le susurrara "sorpresa", que todo fuera una broma, el burlador burlado, juegos de magia para magos incrédulos.
La chica seguía inmóvil, el público comenzaba a intranquilizarse, dudando entre llamar a una ambulancia y sorprenderse por el realismo y dramatismo de un truco que incluía, como novedad, chorros de sangre y el cadáver de la víctima asomando la cabeza. El mago, por su parte, intentó solucionar la papeleta con unos juegos de manos, con un "aquí no ha pasado nada, señores, todo es magia, esperen el truco final" y con la ejecución definitiva del anunciado truco, su desaparición del escenario y de los alrededores de la manera más rápida, efectiva y durarera posible.
El mago mostró con mirada sádica un oxidado serrucho, a lo que el público respondió con un frenético estallido de risas. La chica, que obviamente no era de las antípodas, fingió cara de sorpresa sin dejar de sonreír. Siempre la misma historia, los mismos chistes, los mismos trucos. El mago comenzó a serrar la caja mientras cantaba la traviata, el público aguardaba expectante sin perder detalle, la chica gritaba y gritaba entre aullidos de dolor. Él tenía que hacerse el sordo, concentrado en su sierra y su traviata, mientras la primera iba poco a poco penetrando en la madera hasta salir por el lado contrario. La chica había dejado de gritar unos momentos antes, demasiado pronto, tal vez, pero el silencio del público demostraba el impacto que, pese a los años, el truco provocaba todavía.
Entonces el mago levantó la cabeza y, con las últimas notas de su ópera particular, observó a su público. Estaban asombrados. Luegó miró la caja, de la que comenzó a brotar, a través del corte, un líquido rojo y espeso. El mago palideció ligeramente. Luego miró a la chica, muy pálida también, con los ojos cerrados. No debía tener los ojos cerrados. Deseó con todas sus fuerzas que los abriera, que abriera la boca y le susurrara "sorpresa", que todo fuera una broma, el burlador burlado, juegos de magia para magos incrédulos.
La chica seguía inmóvil, el público comenzaba a intranquilizarse, dudando entre llamar a una ambulancia y sorprenderse por el realismo y dramatismo de un truco que incluía, como novedad, chorros de sangre y el cadáver de la víctima asomando la cabeza. El mago, por su parte, intentó solucionar la papeleta con unos juegos de manos, con un "aquí no ha pasado nada, señores, todo es magia, esperen el truco final" y con la ejecución definitiva del anunciado truco, su desaparición del escenario y de los alrededores de la manera más rápida, efectiva y durarera posible.
lunes, 3 de octubre de 2011
En cualquiera de las franjas transversales
Lo cierto es que jamás había tenido
ni idea de cómo se creaban los agujeros negros. No sabía si surgían
de repente, o si pasaban años en formación latente, o si habían
estado ahí siempre, desde el principio de los tiempos. En realidad
tampoco le había interesado nunca demasiado.
Ahora lo lamentaba, cómo lamentaba no
saber cómo tratarlos, ahora que se había encontrado con uno frente
a él, frente a su coche, justo en el centro del paso de cebra.
¿Qué hace uno cuando un agujero negro
le interrumpe el camino de vuelta a casa? Tocar el claxon, en primer
lugar; intentar dar marcha atrás, en segundo. Ninguna de estas
acciones, no obstante, da resultado, especialmente cuando el claxon
se apaga entre el estruendo de las decenas de ellos que hacen sonar
los conductores alterados que comienzan a formar un atasco enorme y
que, por supuesto, impiden la retirada.
La gravedad de la situación se hizo
patente cuando el agujero negro absorbió la luz del semáforo. Ya
había absorbido con anterioridad a un puñado de peatones, pero la
ausencia de luz hacía difícil el deseado cambio al color verde, y
eso sí que requería acciones inmediatas. Estaba ya a punto de
desesperar cuando se dio cuenta de que en un semáforo apagado y sin
peatones el conductor tenía vía libre. Qué despiste.
Decidió con convicción pisar el
acelerador para pasar por encima del agujero, pero este había
absorbido ya la dimensión tiempo, de modo que el avance era
imposible. Amagó con golpear el volante en un ataque de rabia. Se
consoló, no obstante, pensando que pronto el atasco se extendería a
toda la ciudad, a toda la región, al país y, posiblemente, al mundo
entero a medida que el agujero fuera absorbiendo todo lo que se
encontrara en sus alrededores.
Qué mala suerte, hoy que había
partido en la tele. ¿Qué hay al otro lado de un agujero negro? Lo
que estaba claro es que esperaba que no hubiera atascos en las horas
punta y que las autopistas no fueran de pago...