lunes, 30 de abril de 2012

Diario de un bicho raro

     Ya desde muy pequeño tuve la capacidad de caminar sobre las aguas. Recuerdo que estaba en la playa, construyendo castillos de arena, y como si tal cosa me acercaba a la orilla y continuaba caminando, mar adentro. Solo tenía que desear que así fuera, y sucedía.
     Mi mamá, cada vez que me veía caminando sobre el mar, o en pie sobre la superficie de la piscina, se asustaba y empezaba a rezar compulsivamente. Mi papá, en cambio, se enfadaba mucho, y decía que la gente me iba a tomar por un bicho raro.
     Yo no entendía por qué la gente iba a actuar así. El agua es como la tierra, ¿no? Son materia, compuesta por átomos... ¿por qué en una habría de hundirme y en otra no?
     Mi padre dice que a la gente no le gusta ver que otros hacen lo que ellos no pueden hacer. Yo sigo sin entenderlo muy bien, todos hacemos cosas que otros no pueden hacer, como dice la maestra, todos somos diferentes y especiales. Pero, cuando contesto así, mi padre desespera y tuerce la cabeza.
     Últimamente, sin saber muy bien por qué, estoy desarrollando la capacidad de caminar sobre los gases. Los gases también deben de ser materia, también tienen átomos. La gente normal, los que no son bichos raros como yo, tienen un nombre para eso que yo llamo "caminar sobre los gases". Ellos lo llaman "volar"...

lunes, 23 de abril de 2012

No quisiera tener que matarte

     El escritor se sentó ante la pantalla y comenzó su tarea. Nada podía quedar en manos del azar. Escribir era una labor meticulosa, en la que cada detalle debía ser tenido en cuenta. Y perpetrar crímenes, también.
     Lo mejor que tenían las novelas de crimen y misterio es que te permitían cometer asesinatos impunemente. Al escritor le encantaba crear un personaje, hacerlo simpático al lector, amigo de sus amigos, una persona maravillosa, y cargárselo sin más ni más entre dolor, sangre y crueldad. "Nada sienta tan bien como un asesinato a la semana", había llegado a decir en una entrevista. Lo había dicho sin pensarlo demasiado, como de paso, pero el periodista lo había plasmado en grandes caracteres, como titular y resumen de una forma de vida, y a él, al leerlo, le había gustado.
     Hoy iba a matar a Marco, un italiano afable y honrado, un empedernido tomador de capuchinos que, para sorpresa de todos sus conocidos y allegados, aparecería muerto, degollado con un cuchillo de cocina, en su dormitorio.
     Nada es azar, por supuesto. No existen casualidades. Pronto descubrirían todos que Marco se había metido, casi sin quererlo, en un par de asuntos turbios que, a la postre, acabarían por rebanarle la nuez.
     El escritor sintió un poco de pena por Marco, por su mujer, Lidia, por sus dos hijas. Pero había llegado su hora, a todos les llega, Marco no podía pretender ser inmortal solo por ser un personaje de novela. Todos, tarde o temprano, morimos.
     Así que el escritor puso manos a la obra, escribió dos líneas, las borró, volvió a escribir, volvió a borrar, quedó pensativo un par de minutos, se rascó la barbilla y se mesó los cabellos, dudó, se irritó, dio un puñetazo en la mesa, farfulló algo ininteligible y finalmente juró en hebreo.
     Se había dado cuenta de que, en el fondo, no quería matar a Marco.
     Pero tenía que hacerlo, o no habría crimen... ¿qué era una novela de crimen y misterio sin crimen y, por tanto, sin misterio?
     A la mañana siguiente, cualquiera que hubiera sabido que el escritor había matado a Marco, al fin, entre lágrimas y súplicas de perdón, que apenas había dormido a causa de los remordimientos y que pensaba compensar a su mujer e hijas de mil maneras diferentes, se habría echado a reír.
     Él, por su parte, se sentía acabado. Un asesino con sentimientos... un Dios clemente... así no se llega a ninguna parte...

jueves, 19 de abril de 2012

El extraordinario poder del olvido

     Tomó lo más valioso que tenía y lo metió en un cofre que protegió con siete candados cifrados con siete contraseñas diferentes. Luego tomó el cofre y lo escondió en el lugar más recóndito que pudo encontrar, un lugar en el que nadie fuera capaz de encontrarlo, ni siquiera de casualidad, y arrebatárselo.
     Sucede, no obstante, que el tiempo, cuando no conseguimos convertirlo en aliado, se transforma en el más poderoso de los enemigos. Por otra parte, todos sabemos cuánto se odian el tiempo y la memoria.
     Así que aquel que había escondido lo más valioso que tenía en un cofre protegido por siete candados olvidó, lamentablemente, la contraseña de uno de ellos. Culpó a ambos, al tiempo y a la memoria, pero se consoló, al menos, con la idea de que el cofre seguía a salvo.
     Un día comprobó que había olvidado el lugar en el que había escondido el cofre. Lamentó no poder ubicarlo, pues en él se guardaba lo más valioso que tenía, pero al menos tenía la seguridad de que se encontraba a salvo y fuera del alcance de manos extrañas.
     Tiempo después, cuando olvidó por completo que alguna vez había guardado un cofre en algún lugar y bajo algún tipo de cierre de seguridad, no lamentó nada en absoluto, tampoco se preocupó, lógicamente, pues lo había olvidado. Mucho antes, de hecho, ya había olvidado qué era eso tan valioso que el cofre contenía, incluso había olvidado que alguna vez había poseído algo que había considerarlo tan valioso como para protegerlo, incluso, de su propia memoria...

jueves, 12 de abril de 2012

Siga a ese coche

     - Siga a ese coche, rápido.
     Benito miró por el retrovisor, un tanto alarmado. Lo que vio a través de él, sin embargo, le obligó a girar el cuerpo y comprobar la realidad de lo que sucedía en el asiento trasero de su Seat. Una chica había abierto la puerta y se había colado allí exigiendo que se saltara el semáforo en el que se encontraba detenido.
     - Vamos, rápido, siga a ese coche.
     El semáforo seguía en rojo. La frase, desde luego, era sugerente, esa frase que todo taxista siempre ha querido oír, al menos en las películas.
     Pero él no era taxista. Además, estaba ocupado. Tenía que pasar por el súper y comprar pasta para la cena. Esa noche, por otro lado, tenía que rellenar varios informes de evaluación. No había tiempo para tonterías.
     - Maldita sea, que se van. ¡Vamos!
     La chica mostraba una actitud un tanto impertinente, justificable tal vez por algún tipo de situación apurada en la que pudiera encontrarse. Era bastante atractiva, por otro lado; y hablaba de usted, lo cual revelaba un cierto nivel de educación y respeto hasta en las peores circunstancias...
     - ¡Allí, corra!
     Benito alegó rápidamente que el semáforo estaba en rojo, que el tipo de vía prohibía la circulación a más de 50 km/h, que tampoco su Seat es que corriera tanto como para perseguir a... entonces se fijó en el objetivo de la persecución, un todoterreno negro y enorme, ocupado por un par de tipos inquietantes con gafas de sol y trajes sumamente elegantes y, por supuesto, sumamente negros.
     La chica, al borde de la desesperación, farfulló una historia sobre conspiraciones, hombres de negro, golpes de estado, entidades cibernéticas y una serie de conceptos que Benito no terminó de comprender. El todoterreno comenzaba a girar en una esquina y, por tanto, a perderse de vista.
     - Venga, maldita sea, ¿es que he ido a meterme en el coche del tío más mojigato de la ciudad?
     ¿Mojigato? Benito miró a la chica, que le parecía más mona cuanto más se enfadaba. Pensó en sus informes, en la ensalada de pasta, en el semáforo que seguía en rojo, en las entidades cibernéticas, en la palabra "mojigato", cuyo uso revelaba sin duda un profuso acervo cultural, y en la posibilidad de que semejante calificativo pudiera describirle con acierto.
     Luego pisó el acelerador, se saltó el semáforo, casi provoca un accidente con un camión, casi atropella a un peatón, casi se lleva por delante un quiosco de prensa y casi destroza los bajos del Seat con el bordillo de una acera. No supo muy bien por qué había hecho todo eso, pero cuando giró en la esquina, en persecución de los malvados hombres de negro, ni siquiera se molestó en poner el intermitente...

lunes, 9 de abril de 2012

El cofre

     En la costa irlandesa, unos pocos kilómetros al norte de Galway, en un promontorio que se levanta sobre un acantilado en el que una mar furiosa y desagradecida golpea con sus olas durante la mayor parte del año, se encuentra construido un pequeño santuario.
     Es un paraje solitario, pues son pocos los que a él se acercan. El santuario, sin embargo, desprende una belleza especial, una blancura y pureza que contrasta con el gris y el verde circundantes.
     En su interior se observan curiosos grabados, de origen y significado desconocidos y que parecen, no obstante, preparar al circunstancial visitante al descenso hasta el sótano, excavado en la húmeda roca.
     Allí siempre hace frío. Corrientes de aire hacen pensar en comunicaciones desconocidas, en oscuros pasadizos, en aberturas ocultas entre piedra y barro. Es allí en el sotano donde, según dicen, se encuentra un altar de piedra sobre el que descansa, desde el principio de los tiempos, un cofre de madera.
     No parece, a simple vista, una pieza muy valiosa. Un simple cofre de madera. Cuenta la tradición, no obstante, que quien se acerca al cofre se ve a sí mismo, en su interior, como realmente es. Es difícil explicar cómo puede esto ser así, pues de entre los visitantes que se recuerdan algunos se marcharon para no volver y otros hicieron voto de silencio y cuidaron el cofre como un amuleto hasta su muerte. El último de estos privilegiados murió hace un par de siglos. La inmensa mayoría de la gente, todos desde entonces, observa el cofre y lo ve vacío, sin nada en su interior.
     Por otra parte, hay quienes, en las noches más oscuras y tenebrosas, dicen haber oído alrededor del santuario voces y risas. Se dice que son las almas de los que murieron en su interior, o las de los que no vieron nada, que quedan atrapadas en el cofre. Los más escépticos achacan el fenómeno al simple rebotar de las olas y el soplar del viento; los más fantasiosos, por su parte, piensan que es el cofre, el propio cofre que ríe y se burla de los estúpidos humanos, tal vez por no poseer nada en su interior o, tal vez, por ser incapaces de verlo.

lunes, 2 de abril de 2012

Nueva Búsqueda

     Cuando llegó el caballero, a lomos de un poderoso corcel blanco que, no obstante, apenas podía ocultar los síntomas de extenuación provocados por el largo viaje, encontró a los consejeros del rey esperándole a las puertas de palacio.
     Aquello le extrañó. Había iniciado, hacía ya siete años, una misión de dimensiones mayúsculas, la búsqueda del cáliz de la verdad, un objeto entre la leyenda y la realidad que el rey, caprichoso donde los hubiere, le había encargado encontrar. Tras siete años de aventuras, de luchar contra fieras, de enfrentarse a hechiceros, magos y espíritus, de preguntar y sumergirse en acertijos y manuscritos, había dado con el cáliz y había emprendido el camino de vuelta. Sin anunciar su llegada, eso sí.
     Por eso le extrañaba la presencia de los consejeros.
- Por fin llegáis, noble caballero, llevamos cuatro años esperándoos aquí por órdenes de Su Majestad.
- Traigo el cáliz de la verdad.
- ¿El cáliz? El cáliz ya no importa. Hace mucho tiempo que Su Majestad lo olvidó. Ya no le interesa. Ahora vuestra misión es esta.
     Y le acercó al caballero un sobre lacrado sobre el que podía leerse en letras góticas: "Nueva Búsqueda".
     El caballero miró sorprendido al consejero, a su caballo destrozado por el esfuerzo y al cáliz que descansaba en su bolsa de viaje. Pensó en los siete años de su vida que había dedicado a su obtención. Maldijo las búsquedas sin fin, lamentó el capricho y la veleidad de los poderosos, sacó el cáliz y lo arrojó a un pozo que por allí cerca abría su boca a los abismos más profundos.
     "Nueva Búsqueda". Sin abrir el sobre, el caballero subió a lomos de su corcel y partió. Para los consejeros no hubo ninguna duda de que aquel caballero, tarde o temprano, regresaría con la misión cumplida. Hay quien está hecho para buscar, hay quien está condenado a ello.
     Aunque la búsqueda le lleve una vida. Aunque esta se extinga y consuma en el intento.