La próxima vez que me pidas que hable bajito, voy a gritar. Lo haré tan fuerte que mis ecos se repetirán en Nueva Zelanda, y en Laos mirarán al cielo buscando las causas de ese sonido perturbador. Mi grito será tan atronador que reventará mis propios tímpanos sólo para poder seguir gritando sin sentir la más leve molestia.
La próxima vez que me pidas que hable bajito, te desobedeceré. Me subiré a una mesa y todos dirigirán hacia mí sus miradas desinteresadas, esperando a oír lo que tengo que decirles. Y no puedo decepcionarles, claro, esperan algo de mí.
Se acabaron los susurros, las medias palabras, el sottovoce y los murmullos malinterpretables. La próxima vez que tenga algo que decir, algo que realmente merezca la pena, algo digno de ser compartido, ni se te ocurra pedirme que hable bajito.
Con la cantidad de discursos vacuos que suenan por ahí sin que nadie les obligue a detenerse...
lunes, 2 de octubre de 2006