sábado, 12 de agosto de 2017

El zumbido

Llevo días oyendo ese zumbido. Muy cerca, pegado a mi oreja, como si se hubiera asentado allí de forma perenne. En ocasiones lo percibo dentro de mi, dentro de mi cabeza, taladrándome desde el interior.
He intentado aislarme, he intentado huir de él a la carrera, he intentado taparme los oídos y gritar con todas mis fuerzas. Sin resultado. El zumbido se apaga, se retira al fondo, desde allí contempla la situación y regresa con más intensidad. Parece que se burla de mí, de mis intentos inútiles, de mi deseo de acabar con él.
El zumbido se sabe poderoso y actúa con soberbia. El zumbido no duerme, ni me deja dormir.
El zumbido, poco a poco, está acabando conmigo.
El único consuelo que me queda es el de saber que, cuando el zumbido, finalmente, me derrote, él se extinguirá conmigo. Necesita de mí para sobrevivir. Cuando su huésped desaparezca, desaparecerá con él su modo de vida.
Eso me hace sonreír. En ocasiones. Cuando eso sucede, el zumbido se redobla furioso. Y yo me río, aún con más fuerza, aun sabiendo que sólo podré disfrutar de la posibilidad de mi victoria, que cuando ésta se consume, ya no estaré allí para verlo.

miércoles, 19 de julio de 2017

Una historia común

     Preparó el mejor discurso de su vida, y lo hizo durante meses. Cada mañana se levantaba recitando de memoria las frases que le iban a llevar a la gloria. Practicaba delante del espejo varias veces al día, en ocasiones durante horas, hasta que se convencía de que había mecanizado cada pausa, cada inflexión de la voz, cada gesto facial, cada movimiento de su cuerpo. Sabía dónde tenían que estar las manos al pronunciar cada palabra, en qué momento debía arquear una ceja, en qué momento debía tragar saliva.
     Comía repitiendo de memoria las partes más abstrusas y las palabras se sucedían en su mente y brotaban de sus labios en un prodigio de ordenada armonía. Se dormía repasando los que serían momentos culminantes de su gran creación, cima de la retórica, modelo de oratoria. Durante las noches volvía, en sueños, a recitar de memoria el texto completo, una y otra vez. Luego se despertaba, con las palabras en los labios, y volvía al espejo a practicar la kinésica.
     Él y su discurso se habían convertido en uno solo. Sentía que su cuerpo se tornaba líquido, y que se filtraba entre las palabras que le llevarían a los altares; o que las palabras, tan livianas e intangibles, penetraban en su sangre, en su órganos, y se apoderaban de él.
     Así, durante meses. Viviendo para su discurso, adorándolo como a un dios.
     Cuando llegó el momento y se apostó ante de la multitud, cuando alzó el brazo y se disputo a iniciar la argumentación que había repetido hasta la saciedad, notó que había enmudecido, que se había quedado sin palabras.
     De la sorpresa general se pasó al escarnio. El orador, tras unos segundos de bochorno y algún intento patético de emitir algún sonido, dejó el estrado y desapareció para siempre.

domingo, 9 de julio de 2017

Somos lo que queremos ser

     El rey entonces llamó a su cronista.
     - ¿Majestad?
     - Como sabes -dijo-, acabo de regresar vencedor de mil batallas. Tu misión será, a partir de hoy, narrarlas para que queden en los anales de la historia y sean recordadas por la posteridad.
     - Por supuesto, Majestad.
     - No olvides decir que vencí a todos mis enemigos, que el número de los muertos por mi espada asciende a varios millones, que derribé torreones, bajo mi mando sucumbieron fortalezas, eliminé dragones, fui clemente con las damas y obtuve la admiración clamorosa de todos mis súbditos, los anteriores y los que he ganado con mis nuevas acciones.
     - Así se hará, Majestad.
     El cronista se retiró, cabizbajo. Ahora tendría, como era costumbre, que redactar dos crónicas al mismo tiempo. Una, la que el rey le dictaba; otra, la que recogía de sus entrevistas con soldados y testigos diversos, de entre las que el cronista colegía que no había habido dragones, que el rey apenas había salido de su tienda durante la batalla, que era un rey cruel, odiado y temido por todos sus súbditos y que sus enemigos, lejos de haber sido vencidos, se habían apostado en un lugar seguro a la espera de ejecutar su venganza.
     El rey, por supuesto, sólo conocería una de las crónicas, la que realmente le interesaba. Porque al rey no le interesaba la verdad. La verdad le interesaba a la Historia. Y a ella, a la Historia, iría, como donación, la segunda de las crónicas.

miércoles, 5 de julio de 2017

La playa del fin del mundo

     Las aguas transparentes, pobladas de vida, danzaban en un vaivén adormecedor. Sobre su superficie se reflejaban rayos refulgentes de un sol lo suficientemente ávido para permitir el baño, lo suficientemente clemente para facilitar la contemplación.
     Estaban en la orilla, sentados, abrazados. Observaban el flujo y el reflujo, la belleza de las paredes de roca, la inmensidad de la mole de agua que se atisbaba inconmensurable allá, en el horizonte.
     Nadie más había sido capaz de llegar a la playa del fin del mundo. Nadie había tenido ni la paciencia, ni la determinación. Su completa soledad frente al espacio natural acrecentaba la experiencia estética.
     De repente, una inmensa masa de materia orgánica se levantó ante ellos. No tardaron en comprobar, para su sorpresa, que se trataba de una ballena. Una ballena enorme que saltó sobre las aguas y se depositó, sobre la arena, a escasos centímetros de donde ellos se situaban.
     No se dijeron nada.
     Tampoco lo hicieron cuando un calamar gigante alzó sus tentáculos sobre las olas, ni cuando una sirena bellísima comenzó a cantarles, ni cuando una decena de seres de apariencia humana y de tres metros de altura surgieron de las profundidades de las aguas y, caminando apaciblemente, en absoluto silencio, se dispusieron a su alrededor, mirándoles.
     La escena duró unos segundos, justo hasta que una carro tirado por hipocampos gigantes trajo a un señor de barba blanca y tridente en ristre que, con toda la calma del mundo, descendió de su transporte, se untó crema solar y de tumbó en la arena dispuesto a tomar el sol.
     No les importó. Ya no estaban solos, pero tampoco podían quebrantar el derecho de los demás a disfrutar de una playa. Tampoco les sorprendió. Al fin y al cabo, estaban en la playa del fin del mundo.