domingo, 11 de noviembre de 2018

Con la soga al cuello

     Jamás se había sentido tan lúcido. Allí plantado, a los pies de la horca, con la soga al cuello y la multitud gritándole entre la histeria y la demencia, vio las cosas tan claras como nunca las había visto.
     Por un momento los odió a todos, fanáticos ignorantes, aunque ese sentimiento dio rápidamente paso a la compasión. Le daban pena, tan manipulables, tan incapaces.
     Y, sin embargo, era él quien pendía de un hilo.
     Escasos segundos le separaban de una muerte horrible. O actuaba con celeridad, o no habría posibilidad de salvarse. Suplicar no tenía sentido, pues nadie le prestaría atención, tan concentrados estaban en proferir insultos y blasfemias.
     Notaba cómo sus sentidos se abrían, cómo su mente funcionaba a una velocidad sorprendente, cómo buscaba, entre los callejones sin salida, una rendija que le permitiera huir.
     El suelo entonces se desplomó, la soga se tensó y se hizo el silencio.
     Varios segundos después, gritos de pánico se extendieron entre el público. Partían de aquellos que poblaban las primeras filas y que, desesperadamente, trataban de alejarse del cadalso.
     Allí, el condenado a muerte flotaba. No pendía de la soga, no. Flotaba en levitación, mientras sonreía y observaba el caos a su alrededor.
     No había sido la mejor de las soluciones, especialmente si quería seguir pasando desapercibido, pero le divertía ver a los crédulos empujándose y buscando a la desesperada la salvación.
     El problema ahora, una vez descubiertas sus capacidades para el vuelo, iba a ser desatarse.
     Ese poder, el de deshacer nudos, aún no lo tenía trabajado...

domingo, 30 de septiembre de 2018

Cosas que aparecen tiradas en cualquier sitio

     He encontrado el conocimiento apoyado en una esquina, cerca de unos bidones de basura. Se ve que no tenían muy claro adónde tirarlo. El conocimiento no es vidrio, no es un envase, no es de papel o cartón, y, por supuesto, no es orgánico. Es más que todo eso.
     Lo he cogido con cuidado y me lo he llevado a casa, para tratar con él, para intentar acceder a sus mecanismos, a sus secretos. Lo malo del conocimiento es que al abrirlo descubres lo poco que conocías hasta ese momento. Un baño de humildad, como dicen. Lo bueno, por otra parte, es que necesitas toda una vida para adentrarte en él, para disfrutarlo, para rascar su superficie poco a poco hasta ir profundizando en su interior. No hay lugar para el desánimo o el aburrimiento. Una vida, o varias.
     Me pregunto quién sería aquél que trató el conocimiento como un desecho inservible y lo dejó abandonado en cualquier esquina. Alguien que prefirió, desde luego, olvidarlo que enfrentarse a él.
     Lo mejor no suele ser lo más fácil. Lo más fácil es tirar el conocimiento y tacharlo de inútil, o de dañino.
     Siempre se dijo que el conocimiento podía aparecer en cualquier parte. Últimamente aparece en los bidones de basura. Y la culpa no es suya. La culpa es de quien lo tira.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Corre

     - Corre -le dijo su madre mientras le daba una sacudida-. Despierta, cariño, tenemos que irnos.
     Él se incorporó mientras se frotaba los ojos, aturdido tanto por el sueño interrumpido como por la actitud nerviosa de su madre.
     - ¿Qué pasa, mamá?
     La madre, en un principio, no contestó. Por toda respuesta corría de un lado para otro, recogiendo enseres, guardando cosas bajo llave y haciendo una maleta que, contrariamente a su costumbre, carecía de todo orden.
     - Mamá... -repitió con aprensión.
     La madre entonces se detuvo en la puerta de la habitación, mirándole directamente. El hijo percibió en ella un gesto de resignación, una rendición ante lo inevitable, un algo así como "él también merece saber, después de todo" que contribuía, de hecho, a su intranquilidad.
     - ¿Pasa algo? -volvió a preguntar con inocente insistencia.
     - Pasa el fin del mundo, hijo mío.
     Podía haberse tomado a broma la respuesta de su madre, pero no lo hizo; podía haber llorado, "mamá, no me asustes de buena mañana", pero tampoco fue esa su reacción; el hijo, en cambio, se acercó a la ventana y descorrió las cortinas.
     Entonces lo vio. Ya lo tenían encima. Supo rápidamente, a pesar de su corta edad, que correr no serviría de nada. Notó en ese momento la mano de su madre, que agarraba con fuerza la suya. Sin prisas, sin tirones. Sólo la energía que probaba su presencia allí, a su lado, en cuerpo y alma.
     Supo, también, que su madre había comprendido, al igual que él, que ya era demasiado tarde. Se quedaron allí, mirando por la ventana, abrazados, siendo testigos de cómo el mundo llegaba a su fin.

martes, 28 de agosto de 2018

Y se habían levantado

     Descendieron temerosos. Más allá de sus obligaciones laborales, a nadie le gusta meterse en asuntos que no domina y que es incapaz de controlar. Por eso los vigilantes nocturnos desconfiaban.
     - Son catacumbas, tranquilo, allí no hay nada que nos deba asustar. El verdadero peligro está aquí, en la superficie.
     Palabras de ánimo que se lanzaban uno a otro y en las que ninguno creía.
     - Pero habrá que bajar, ¿no?
     Los ruidos habían sido aquella noche más intensos que de costumbre. Una especie de martilleo, un rugido como de maquinaria pesada que se arrastrase por los pasillos llenos de tumbas y cuyo eco reverberara hasta alcanzar la superficie.
     - Ésas son las trompetas del infierno.
     - Cállate ya.
     Ya los habían oído, no tan intensos, en días anteriores. Y sus compañeros, los afortunados de la ronda diurna, nada. Sólo por la noche.
     Bajaron los primeros escalones en estado de alerta. Habían pensado en ladrones de tumbas, en ratas o cualquier tipo de alimañas, en desprendimientos o inundaciones. En cualquier caso, era su misión detectar el problema, notificarlo y, llegado el caso, ponerle solución.
     Cada avance era un paso más hacia un abismo desconocido.
     Cuando llegaron a los primeros pasillos, sin embargo, el temor dio paso a la consternación.
     - Aquí no hay nada.
     Caminaron por los estrechos pasillos repletos de tumbas, depositadas unas encima de otras en distintos niveles. Apuntaron con sus linternas. Allí no había peligro aparente. También habían cesado los ruidos.
     Uno de ellos de repente, palideció.
     - Pero, ¿esto no estaba lleno de muertos?
     - Claro, de generaciones enteras.
     - Pues ya no están...
     Miraron entonces con más atención. Custodiaban un cementerio subterráneo en el que los cuerpos habían desaparecido. Las tumbas estaban abiertas. Todas. Y vacías.
     No tardarían en comprender que no había ladrones de tumbas. Que los muertos se habían levantado. Que habían cavado y escapado por uno de los conductos de aire. Que avanzaban por las calles, por la superficie, sembrando el terror.
     Si lo hubieran sabido en aquellos momentos, jamás habrían optado por ascender a intentar dar la voz de alarma.
     Porque era peligroso, y porque ya era inútil.