jueves, 12 de octubre de 2017

Iluminación

Lo primero que oyó fue una voz en su interior, muy dentro. No era él, era otra persona que parecía que se hubiera instalado en su mente y que le enviaba mensajes que a él, por sí mismo, nunca se le hubieran ocurrido.
- Cava, cava -oyó que decía.
La situación era tan extraña, su apariencia tan excepcional, que no pudo negarse.
Fue al jardín, por tanto, porque no conocía otro sitio mejor en el que cavar, tomó una pala y comenzó a hacer un agujero Luego hizo otro, y otro, y los unió. A continuación cavó más, y todavía más profundo. Cuando se vio dentro del agujero, cuando la profundidad de este sobrepasaba su altura, él siguió cavando.
Pasó así semanas, sin apenas parar para comer, sin descanso. Cuando se dio cuenta de que no podía salir, de que acababa de sumergirse en un inmenso mausoleo subterráneo, volvió a oír esa voz en el interior de cabeza.
Se reía de él, y lo hacía a mandíbula batiente.

martes, 3 de octubre de 2017

El lugar más extraño

     Gonzalo salió de Toledo un 6 de abril de 1647 .El motivo, en sus palabras, según dijo a sus allegados, era llevar a cabo una misión que definió como "antropológica".
     Recorrió Europa, estudió los canales que el ser humano había construido, modificando el paisaje, en los Países Bajos. Descubrió las huellas del pasado en Italia y Grecia, se adentró a mundos tan diferentes como los del Imperio Otomano. Atravesó el desierto, recorriendo Mesopotamia y contemplando las huellas del origen primigenio de la civilización humana. De allí se adentró en la ruta de la seda, en Samarkanda, en su bullicioso zoco, cruzó la estepa y se admiró, como quien se acerca a Dios, de la inmensa altura de los Himalayas.
     Vivió en China, recogió perlas de los fondos impredecibles del río Amarillo, se embarcó al continente americano. Atravesó un Pacifico amenazado por tempestades indescriptibles. Tomó el pulso a los jóvenes Estados Unidos, a la desordenada Mesoamérica, a la agitada Sudamérica. De allí llegó al golfo de África. Vio la inmensidad de las selvas del Amazonas al Congo.
     Asistió a rebeliones, contempló revoluciones, vio agitarse el mundo varias veces hasta juzgarlo al borde del colapso. Su viaje le llevó varias vidas. Cuando volvió a su Toledo natal, trescientos años después, no lo reconocía.
- Qué cosas tiene el mundo -le preguntaron.
- Muchas, y muy distintas -contestó. - Sin embargo, este Toledo que me rodea ahora es la cosa más extraña que he tenido jamás la oportunidad de contemplar.

lunes, 25 de septiembre de 2017

TV Star

     Fran apagó la televisión y se echó a dormir. Se encontraba cansado, aturdido, después de toda una tarde sentado en el sofá y contemplando cómo la caja tonta le enviaba mensajes, unos ignorados, otros intrascendentes, que pasaban por su mente y desaparecían de ella con la misma velocidad con la que el sol se había puesto en el horizonte.
     Decidió que ni siquiera iba a dormir en su cama; allí mismo, en el sofá, se estaba cómodo. Para qué iba a molestarse más. Hubiera jurado que no llevaba ni cinco minutos con los ojos cerrados cuando sintió algo extraño. Se incorporó rápidamente y comprobó que en el salón nada había cambiado. Los mismos muebles, la misma posición de los objetos, puertas y ventanas cerradas. La televisión encendida.
     Esto último le extrañó. Estaba seguro de haberla apagado. En cualquier caso volvió a hacerlo, pulsó el botón del mando a distancia, comprobó que la imagen desaparecía de la pantalla, y volvió a echarse.
     Intentó dormir. Sin embargo, aquella noche sería, quizá, una de las más inquietantes de su vida. No porque nada extraño sucediera; no porque ningún fenómeno en concreto perturbara su sueño; sino porque le acompañó, continuamente, la horrible y desesperante sensación de que la televisión, ese objeto inerte y apagado, le observaba. Y le juzgaba.
     Sentía que aquella pantalla que normalmente era una salida al exterior había invertido su proceso y que ahora el mundo le observaba a él a través de la misma ventana por la que él, curioso, había intentado contemplar el mundo
     Pasó la noche como pudo. Subió a la cama, trató allí de dormir. Imposible. La sensación continuaba. Volvió a bajar. Estuvo en la cocina, tomó algo, volvió al salón, salió a la terraza, fuera donde fuera objetivos de cámaras invisibles parecían perseguirle,. Hubiera jurado que se había convertido repentinamente en el protagonista de un siniestro programa de cámara oculta. Cansado, cuando finalmente decidió que aquella noche no iba a poder dormir, volvió a sentarse en el sofá y encendió, nuevamente, la televisión.
     En uno de los canales un grupo de famosos, entre gritos e impertinencias, daban sus opiniones, juzgaban sin ningún tipo de criterio y aconsejaban de forma incoherente al propio Fran, tratando de arreglarle la vida, de provocarle el sueño, sin darse cuenta de que lo que realmente habían provocado era un auténtico cataclismo psicológico del que Fran, posiblemente, no se recuperaría jamás.

domingo, 17 de septiembre de 2017

El gran viaje en el tiempo

     Olvidado por la historia de la ciencia, el gran viaje en el tiempo, momento cumbre en el devenir de la humanidad, se produjo el 15 de octubre de 1957 en Alcañiz, en la provincia de Teruel. 
     En aquel lugar, y en aquel momento, el insigne científico Aurelio Jaramillo, viendo que se acercaban las tres de la tarde, hora prevista para la prueba, dejó a medias el bocadillo ligero que le había preparado su mujer y se dirigió al salón de su coqueta casa de piedra.
     Allí mismo, en medio del salón, se desplegaba un artefacto enorme, fabricado con planchas de hierro atornilladas y coronado por antenas conductoras de electricidad, que el propio científico había bautizado con el descriptivo nombre de "la máquina del tiempo de Aurelio Jaramillo".
     Pocos conocían la existencia del ingenio mecánico. Eran tiempos duros, la guerra fría asolaba el mundo y el doctor Jaramillo temía, y no sin razón, que una propaganda excesiva de sus estudios llamara la atención de las grandes potencias que, en su afán por hacerse con las más vanguardistas de entre las mentes científicas, podían forzarle a decantarse de un lado o de otro y dar al traste con el experimento.
     Jaramillo era un espíritu libre, una mente sin límites ni fronteras, y no quería verse involucrado en ningún tipo de politiqueo.
     Posiblemente fuese su mujer la única persona al corriente de las ideas de su marido. Y su crítico más duro, de hecho, especialmente desde que aquel que ella solía llamar "horrible cacharro" se había instalado, aparentemente "sine die", en pleno salón, en la que debía de ser zona de paso y de descanso para los habitantes de la casa.
     Pero Jaramillo, en favor de la ciencia, no atendía a razones.
     Aquella tarde, y ante la atenta mirada de su mujer, que tomaba un café sentada en el pequeño rincón que la máquina había dejado libre, Jaramillo entró en su máquina, cerró la puerta y se despidió de su mujer hasta el 15 de octubre de 1977, veinte años después.
     El doctor activó una palanca, se encendieron unas luces, saltaron unas chispas, se oyeron unas explosiones y el salón quedó hecho unos zorros. La señora de Jaramillo, que ya había asumido el desastre, apuró los últimos sorbos del café antes de buscar la escoba y empezar el proceso de limpieza.
     Jaramillo reapareció, para alegría y esplendor de la ciencia, pero no veinte años, sino unos segundos después, en cuanto consiguió echar abajo la plancha metálica que había quedado atascada. Entre toses, y lleno de humo y hollín, se presentó ante su mujer como si volviera de una larga ausencia y le preguntó si estaban, en efecto, en 1977.
     La mujer, resignada, le contestó que sí. Jaramillo puso los ojos como platos y le preguntó qué había pasado en aquellos veinte años. La mujer, por toda respuesta, tomó la escoba y se la pasó a su marido. Tras veinte años cogiendo polvo, el salón necesitaba un buen barrido, y no iba a ser ella, ahora que él por fin había regresado, quien se deslomara haciéndolo...