domingo, 7 de abril de 2019

Que empiece el espectáculo... de nuevo

     - Damas y caballeros, ¡qué empiece el espectáculo!
     Y las luces se apagaron, y el público, expectante, contuvo la respiración.
     Todo iba a comenzar de nuevo, con los mismos juegos malabares, los mismos números de acrobacia, las mismas fieras mostrando sus dóciles habilidades, los mismos trucos de magia.
     Sólo quienes ocupaban las butacas se preguntaban qué sucedería a continuación. Sólo los recién llegados, ignorantes e inexpertos, se removían inquietos y esperaban ávidos las sorpresas que depararía la velada. Para el resto, las cosas estaban claras y el devenir de los acontecimientos era tan previsible como lo había sido durante años. Nada nuevo, nada de interés.
     Entonces, un haz de luz centró su foco en medio de la pista. El director de escena salió a la palestra.
     - Damas y caballeros... -repitió.
     Y, mientras una enorme sonrisa se dibujaba en su rostro, mientras invitaba a la gente a disfrutar del mayor espectáculo del mundo, el director de escena contenía la náusea y deseaba, en su fuero interno, que el loco tragasables cogiera una de sus afiladas hojas y atravesara con ella la boca de su estómago...

domingo, 3 de marzo de 2019

La paradoja del mecenas

     El encargo era atractivo. Más aún, llevarlo a cabo era un auténtico privilegio que acercaría a quien lo llevara a cabo a las más altas páginas de la historia. El artista, por esa razón, caminaba henchido de orgullo.
     Por supuesto, no todo iba a ser tan fácil. Como buen encargo ambicioso y trascendente, aquél que había recibido el artista se encontraba plagado de dificultades. Dificultades técnicas, dificultades derivadas de las dimensiones del trabajo a realizar, dificultades en la organización del trabajo y en la adquisición de los materiales.
     El artista, siguiendo los estrictos dictados de su mecenas, comenzó a trabajar con determinación. Los plazos apremiaban, las expectativas eran enormes, todos miraban al artista: unos, para verlo triunfar; otros, soñando con su fracaso.
     La última palabra, no obstante, la tendría el mecenas. Por eso, tras semanas de reflexión, tras meses de bocetos y pruebas, tras años de labor artística, de sol a sol, sin dar tiempo a la mente para el descanso, después de una labor titánica que apenas había tenido punto de comparación en la historia de las artes y los logros humanos, el hecho de que todos los que contemplaron el resultado se quedaran con la boca abierta, el de que hubiera quien lloró como un niño ante la contemplación de tanta belleza, todos los halagos sin parangón y las felicitaciones más sinceras no significaban nada. Era necesaria la aprobación del mecenas.
     Cuando éste llegó, se acercó a la obra de arte y la contempló, sus ojos se abrieron de par en par, se rascó la nuca, frunció el ceño y le dijo al artista:
     - ¡Mal, mal, mal! ¡Esto no es! ¡Esto no vale! ¡Destrúyelo todo y empieza de nuevo desde el principio!
     El artista se quedó mudo, absorto y sin ideas. Supo enseguida que no podría hacer nada mejor, que nadie podría hacer nada mejor. El objetivo, en adelante, era crear una obra que, aun siendo de menor calidad, fuera más del gusto del todopoderoso mecenas.

lunes, 7 de enero de 2019

Directo a la Luna

     Aquel tipo me dijo que había estado en la Luna. Y lo hizo con total seriedad, sin el menor atisbo de duda, sin un guiño o una sonrisa que pudiera llevarme a pensar que estaba bromeando.
     - Hágame caso, por favor -me decía. - Necesito que me crea. Estuve en la Luna hace mucho tiempo, antes de todo aquel montaje de Armstrong y compañía, antes de la carrera espacial.
     Yo le miraba entre divertido y sorprendido. Alzaba las cejas con incredulidad, cosa de la que él era perfectamente consciente. Mis dudas se acrecentaban cuando comprobaba que su apariencia no era la de una persona mayor de treinta años, un joven que había venido a mi despacho a decirme que había estado en la Luna hacía más de cincuenta años.
     - Y tengo pruebas -afirmaba. - Puedo ir a por ellas y estar de vuelta en diez minutos. ¿Me esperará?
     Yo no tenía nada mejor que hacer durante las siguientes dos horas. Así que le seguí la corriente.
     - Le esperaré -corroboré. - Pero no tarde…
     Él pareció sorprenderse de mi asequibilidad.
     - Lo intentaré -dijo mientras salía por la puerta. Parecía acelerado. En el último momento se volvió hacia mí. - Si no puedo regresar… si no me dejan volver con usted… -dijo entre titubeos- quiero que sepa que no le miento, y que lo que allí hay es fascinante… fascinante y terrible…
     Y se marchó, dejándome con la boca abierta y una miríada de informaciones por asimilar. ¿Quién no le iba a dejar volver? ¿Qué era eso tan fascinante y terrible que había en la Luna? ¿Qué pretendía que hiciera yo con su revelación?
     Por supuesto, no volvió. Ni en diez minutos, ni en aquellas dos horas, ni al día siguiente, ni ningún otro día.
     Todavía me pregunto si se burlaron de mí o allí había algo más. Y todavía, en algunas noches, cuando miro al cielo, me parece ver, allí en la superficie reluciente de nuestro satélite, esas cosas terribles que, me temo, nunca llegaré a conocer del todo.


viernes, 4 de enero de 2019

Feliz año nuevo

     Sonaron los cuartos y él, con las uvas bien agrupadas en la palma de su mano, era un manojo de nervios. Uno nuevo año, la posibilidad de volver a empezar, de cambiar tantas cosas, de mejorar otras, de dar la espalda a los disgustos y sinsabores del año que se extingue.
     La primera campanada supuso una explosión de entusiasmo. Por su mente pasaron mil buenos propósitos que mejorarían su vida y las de aquellos que lo rodeaban. Año nuevo, vida nueva. Se metió en la boca la segunda uva, luego la tercera.
     Con la cuarta uva uniéndose a las otras tres se dio cuenta de que tenía ya que empezar a tragar. Por su mente cruzó un pensamiento que se le antojó revelador. Tal vez sería bueno ser realista, no querer cumplir tantos propósitos que, para qué mentir, eran irrealizables en su totalidad. Mejor poco, pero bien hecho. Los más importantes.
     La sexta uva casi le da un susto, pues tanta uva ya comenzaba a no caberle en la boca. Si seguía así se iba a atragantar. Claramente era mejor ser realista. Quizá un propósito, o dos como mucho, que fueran importantes y significativos. Sí, eso estaría bien.
     Cuando sonó la novena campanada se dio cuenta de que llevaba cinco sin respirar. Se preguntó cuánto podía aguantar un ser humano después de una cena copiosa, de varias copas de vino y con la boca llena a rebosar, sin que el aire entrara en sus pulmones. Un propósito, sí. Solo uno, pero de verdad. Uno que no le supusiera demasiado, en cualquier caso, que tampoco era necesario comprometerse más de la cuenta con asuntos estúpidos.
     La décima uva la sintió como una tortura, así que pueden imaginar qué supuso la undécima. Mejor era no hacer propósitos. Para qué. Si luego nadie los cumple. Los propósitos son absurdos, y la gente que los hace, también. Así que decidió dejar aparcada la vida nueva para mejor ocasión.
     La duodécima campanada vino seguida de una explosión de júbilo y alegría. Todos gritaban, todos excepto él, que se preguntaba cómo podían hacerlo, cómo podían todos tener sus bocas vacías y permitir que a través de ellas circulara el aire. Entonces lo tuvo claro. A la mierda los buenos propósitos de año nuevo. Los odiaba. Eran la más clara prueba de la estulticia humana. Él iba a seguir igual, sí señor, no pensaba cambiar ni un ápice, ni sus defectos, ni sus vicios. Es más, los iba a fomentar, para darle una buena lección a esas incautos que pretendían cambiar sus vidas de una noche para otra.
     Ya le ofrecían una copa de champán mientras él, que empezaba a enrojecer por la falta de aire, solo pensaba en masticar esa masa asquerosa que se le hacía bola en la boca y que parecía no querer pasar por el esófago. Hizo un esfuerzo supremo y tragó. El bolo alimenticio era de tal calibre que incluso sintió dolor.
     El primer mal trago del año, el primero de los muchos que iban a venir. El año tenía, al menos, una pinta tan mala como el anterior. Año nuevo, vida vieja.