domingo, 10 de diciembre de 2017

Hagamos una cola

     Nos unimos a ella porque… a decir verdad, no sabría decir por qué nos unimos a ella. Estaba allí, pasamos a poca distancia, y nos situamos al final, sin preguntar por qué, sin pretender nada, sin razón alguna, más bien por una atracción que podríamos llamar "magnética".
     Era una cola enorme, de apariencia infinita, de personas que se situaban unas detrás de las otras y cuya vista se perdía en el horizonte, entre curvas, esquinas y manzanas.
     Quienes paseaban junto a ella y conseguían librarse de sus encantos miraban extrañados, cómo alguien podía hacer colas de tal tamaño, qué buscaban, qué tipo de premio o tesoro habría al final de ella, y estos pensamientos, aunque aquellos paseantes no quisieran admitirlo, convertían la cola en algo misterioso, seductor, en un creador de identidades, de pertenencia a un todo epopéyico y sublime. La cola se había transformado en un organismo vivo que conformaba mucho más que la suma de sus partes, de sus miembros, de sus órganos, de cada uno de los formantes que habían decidido unirse a ella.
     Nos añadimos a ella, pues, sin poder explicar por qué. Y ello nos hizo sentir bien. Horas después, cuando la cola aún perduraba, cuando habíamos avanzado apenas unos metros, cuando el final aún no se vislumbraba y cuando continuábamos sin conocer qué había al otro lado, las sensaciones ya no eran tan agradables.
     Entonces, entre disgustos, lipotimias, lamentos y mal humor generalizado, nos dimos cuenta de que abandonar la cola era imposible. Para nosotros, y para cualquiera.

     Habíamos esperado tanto en su interior que ahora, tras tanto esfuerzo, abandonar parecía una inaceptable pérdida de tiempo.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Estaba escrito

     Estaba escrito.
     A esa conclusión llegó Bernardo después de haber intentado, durante toda su vida, sortear los designios del destino.
     Su método, aquel que estableció ya en su juventud, consistía en eludir siempre las decisiones de la vida que se le presentaban más asequibles, más diáfanas, en la creencia de que el destino, antes que retorcer las circunstancias como sucedía en las tragedias griegas, solía apostar por las opciones más verosímiles, en buena lógica.
     Algo parecido a la navaja de Ockham, pero aplicado a las pequeñas decisiones diarias que, insignificantes en apariencia, van conformando la vida de una persona.
     No le fue fácil. Durante años dio giros, renunció a posibilidades que se le mostraban hechas, sorprendió a propios y extraños con decisiones que jamás se hubieran esperado, buscó imposibles con una insistencia sobrehumana para, cuando los tenía al alcance de la mano, renunciar a ellos.
     Bernardo, de este modo, consiguió logros de los que ni él mismo se hubiera creído capaz para, ante la sorpresa de todos, abandonarlos sin explicación. Era su particular pulso al destino.
     Durante décadas avanzó en la vida sin saber adónde, sin plan prefijado ni objetivo alguno, salvo el de sorprender al destino.
     No fue sino a las puertas de la muerte cuando por su mente pasó la idea de que, tal vez, todo lo que había hecho, sus idas y venidas, sus persistencias y sus renuncias, sus logros y sus abandonos, habían sido ya cuidadosamente preparados antes de que él lo hubiera siquiera pensado.
     Aquel pensamiento le angustió. Trató entonces, en lo poco que le quedaba, de someterse a lo que se esperaba de él. Tal vez el destino no esperara aquel repentino cambio de comportamiento. O tal vez sí.
     Bernardo murió con la duda, aunque, en sus últimos días, cobraba fuerza la certeza de que, en efecto, su destino había sido escrito antes de cumplirse. Y la certeza también de que, aunque fuera imposible, él había intentado zafarse.

martes, 31 de octubre de 2017

La verdad está ahí fuera

     Michel Foucault, en aquellas conferencias que daba en universidades allá por los años 70, hacía mención con frecuencia a una anécdota que el psicoanalista Sigmund Freud había reflejado en uno de sus diarios de la época en la que trabajaba como médico de familia. Se trata del suceso de aquel joven de 15 años que desarrolló una neurosis tan extraña que Freud fue llamado a visitar su casa.
     El joven, según contaban sus padres, había despertado una mañana en su habitación, se había asomado a la ventana y, acto seguido, la había cerrado a cal y canto y se había vuelto a dormir con la intención de no salir al exterior en lo que le quedara de vida. Allí, voluntariamente recluido en su dormitorio, el joven había pasado ya tres semanas.
     Freud acudió, interesado por los comportamientos excéntricos de los hombres, e intentó hablar con el joven. Éste, sin embargo, se negaba, agitando insistentemente su cabeza de izquierda a derecha y perseverando en la idea de permanecer entre las cuatro paredes de su habitación y no abandonarlas bajo ningún concepto.
     Tras varias semanas de sesiones, y tras abrir la ventana de la habitación para que algo de luz penetrara en ella después de una larga penumbra, Freud consiguió que el joven pronunciara unas palabras. Fue entonces cuando la anécdota del psicoanalista alemán adquiere una nueva dimensión, porque el joven gritó, no, no, el doctor preguntó qué hay afuera, y el joven articuló, con suma dificultad, dos palabras, el mundo.
     Y cuenta Freud, y refiere Foucault, que en ese momento el luego renombrado estudioso del subconsciente tuvo una revelación, que lo comprendió todo, que empatizó con ese joven que había decidido no volver a ver el mundo, ni tan siquiera desde su ventana y que, de hecho, a punto estuvo él de volver a su despacho, cerrar puertas, sellar ventanas y quedarse allí, él también, recluido para siempre.

domingo, 22 de octubre de 2017

Camino a la cumbre

     A Hernán siempre le habían fascinado las alturas, esas inmensas moles de piedra, esos picos que destacaban sobre el horizonte cuando uno se acercaba a un entorno montañoso.
     Las cordilleras siempre le habían parecido una de las obras más grandes y bellas de este mundo. Por eso, cuando vio aquella cima, impulsado por el afán de superación que siempre arrastró al ser humano hasta los puntos más extremos del globo, decidió que tenía que alcanzarla. Se veía cercana, y frágil, indefensa en su soledad y su estrechez. Pero pronto el camino le enseñó que no era tarea sencilla llegar adonde nadie había llegado antes.
     Cruzó valles, vadeó ríos, subió senderos, volteó rocas, despejó malezas. Los últimos metros, cuando parecía que el fin estaba a dos pasos, se convirtieron en un desierto de piedra, tierra y restos de nieve.
     Comenzó a soplar una fuerte ventisca. Hernán buscó refugió, sobrevivió una noche a duras penas, despertó aterido a la mañana siguiente y continuó su ascenso. Cuando, finalmente, puso pie en el punto más elevado dispuesto a ensanchar su espíritu ante una experiencia que iba más allá de los poderes del ser humano, lo que vio fue una pequeña sucursal de un restaurante de comida rápida.
     Al comprobar que el espíritu se le había caído a los pies, y al comprobar, del mismo modo, que estaba realmente hambriento, se rindió ante la evidencia y pidió un menú basado en par de buenas hamburguesas.