febrero 12, 2012
Los actores son así
Tal vez lo recuerden. Es posible que, si lo vieran caminando por la calle, les sonara su cara. Probablemente no llegarían a reconocerlo, aunque lo mirarían, con fijeza pero con discreción, y pensarían algo así como "esa cara me suena" o "dónde habré visto yo a ese tipo".
A él le gustaría, si así fuera. Los actores son así, en el fondo un tanto vanidosos.
Nunca estuvo en Hollywood, no obstante, ni sobre una alfombra roja. Participó en un par de cortos, en papeles con texto, incluso. Uno de ellos hasta fue finalista en un concurso de jóvenes talentos cinematográficos que tuvo lugar en un pueblito cerca de Granada. Luego tomó parte en tres o cuatro castings, mandó cinco o seis currículos, hizo siete u ocho llamadas. Hizo de extra en una superproducción que terminó fracasando en taquilla. Nadie pareció darse cuenta de su participación allí, tal vez por su atuendo, el uniforme de los tercios de Flandes, que no permite distinguir con nitidez los rostros, especialmente sin son cientos y la escena dura cuatro segundos.
Por fin le llegó su gran papel, dos capítulos en una serie de sobremesa que emitía una cadena nacional. Dos capítulos, ni más ni menos, con texto, con primeros planos. Su personaje tenía pensado, según los guionistas, desaparecer abandonando a la protagonista para reencontrarse con ella meses después. Esos meses, no obstante, no existieron, y los productores de la cadena cortaron la serie tras una caída apreciable en las audiencias, tal vez motivadas por un programa rosa, presentado por una ex-cabaretera, que había comenzado a emitir en la misma franja horaria una cadena rival.
Luego fue olvidado. Ni los productores pensaron más en él, ni su agente le ofreció muchas más posibilidades. Aquellos dos capítulos no los había visto nadie, le dijo su agente, el cabrón, pero él sabía que no era así, que comenzaba a ser reconocido, lo notaba en la gente, por la calle, en la forma en que le miraban.
A partir de ahí solo es posible especular. Por lo visto el tipo comenzó a pensar que la vida era una película, que vivía en un rodaje. Creó un personaje, él mismo, y comenzó a actuar según un guión, el guión de su vida, que debía de encontrarse en su cabeza o algo así. Saludaba a todos, hablaba con vehemencia excesiva, estaba claro que sobreactuaba. Él no pensaba así, desde luego. Incluso tuvo tiempo para crear una familia, para mantener un trabajo como dependiente, no él, claro, su personaje, o al menos de eso estaba él mismo convencido.
Así que se creyó en una película, bastante aburrida, por cierto, hasta que decidió saltar desde el último piso de un edificio de oficinas. Es difícil discernir si quiso matar al personaje que creía ser o al actor que lo encarnaba. Tampoco se sabe si fue un ataque de locura ajeno a su psicosis o era la parte del guión que tocaba rodar aquel día. Su cuerpo reventado, esparcido sobre el asfalto, causaba conmoción y espanto, desde luego. Si estaba actuando, lo había bordado. A él le hubiera gustado que alguien se lo hubiera dicho. Los actores son así.
A él le gustaría, si así fuera. Los actores son así, en el fondo un tanto vanidosos.
Nunca estuvo en Hollywood, no obstante, ni sobre una alfombra roja. Participó en un par de cortos, en papeles con texto, incluso. Uno de ellos hasta fue finalista en un concurso de jóvenes talentos cinematográficos que tuvo lugar en un pueblito cerca de Granada. Luego tomó parte en tres o cuatro castings, mandó cinco o seis currículos, hizo siete u ocho llamadas. Hizo de extra en una superproducción que terminó fracasando en taquilla. Nadie pareció darse cuenta de su participación allí, tal vez por su atuendo, el uniforme de los tercios de Flandes, que no permite distinguir con nitidez los rostros, especialmente sin son cientos y la escena dura cuatro segundos.
Por fin le llegó su gran papel, dos capítulos en una serie de sobremesa que emitía una cadena nacional. Dos capítulos, ni más ni menos, con texto, con primeros planos. Su personaje tenía pensado, según los guionistas, desaparecer abandonando a la protagonista para reencontrarse con ella meses después. Esos meses, no obstante, no existieron, y los productores de la cadena cortaron la serie tras una caída apreciable en las audiencias, tal vez motivadas por un programa rosa, presentado por una ex-cabaretera, que había comenzado a emitir en la misma franja horaria una cadena rival.
Luego fue olvidado. Ni los productores pensaron más en él, ni su agente le ofreció muchas más posibilidades. Aquellos dos capítulos no los había visto nadie, le dijo su agente, el cabrón, pero él sabía que no era así, que comenzaba a ser reconocido, lo notaba en la gente, por la calle, en la forma en que le miraban.
A partir de ahí solo es posible especular. Por lo visto el tipo comenzó a pensar que la vida era una película, que vivía en un rodaje. Creó un personaje, él mismo, y comenzó a actuar según un guión, el guión de su vida, que debía de encontrarse en su cabeza o algo así. Saludaba a todos, hablaba con vehemencia excesiva, estaba claro que sobreactuaba. Él no pensaba así, desde luego. Incluso tuvo tiempo para crear una familia, para mantener un trabajo como dependiente, no él, claro, su personaje, o al menos de eso estaba él mismo convencido.
Así que se creyó en una película, bastante aburrida, por cierto, hasta que decidió saltar desde el último piso de un edificio de oficinas. Es difícil discernir si quiso matar al personaje que creía ser o al actor que lo encarnaba. Tampoco se sabe si fue un ataque de locura ajeno a su psicosis o era la parte del guión que tocaba rodar aquel día. Su cuerpo reventado, esparcido sobre el asfalto, causaba conmoción y espanto, desde luego. Si estaba actuando, lo había bordado. A él le hubiera gustado que alguien se lo hubiera dicho. Los actores son así.
febrero 05, 2012
A veces...
Se volvió a un lado, a otro, miró en sus bolsillos, detrás de la cómoda, debajo de la cama, detrás de las macetas, tras el felpudo. Nada. Sus pensamientos habían desaparecido. No pudo encontrar ni uno. Se asustó un poco al principio. Luego se asustó mucho, claro, como haría cualquiera que perdiera sus pensamientos.
Comprobó, sin embargo, que su cabeza no estaba vacía. Algo daba vueltas por ahí, vagando, una multitud de imágenes absurdas, de signos sin sentido, de letras que, como en una sopa, se colocaban y descolocaban continuamente sin llegar nunca a formar palabras reconocibles.
¿Qué hace uno cuando sus pensamientos dejan de tener sentido? Lo primero, desde luego, es tomar asiento, respirar hondo, tranquilizarse y pensar una posible solución. Pero, ¿cómo se piensa una solución cuando se han perdido los pensamientos?
Decidió dedicarse a la contemplación de las ruinas que poblaban ahora su cerebro. No se le ocurrió, por supuesto, más bien lo hizo por instinto. Tal vez el ser humano tiende a la contemplación de forma natural cuando no tiene contenidos a los que agarrarse. Era bella, en realidad, esa amalgama de imágenes y símbolos, de letras y números, de acciones y deseos sin conformar... tal vez era bella precisamente por eso, porque no significaban nada.
Estuvo así un tiempo, dedicado a la autocontemplación impensante. Estuvo así largo tiempo, de hecho, hasta que alguien, tal vez por casualidad, si es que la casualidad existe, pasó por su lado.
Entonces se dio cuenta de que, aunque seguía sin poder leer sus pensamientos, había desarrollado la capacidad de leer los pensamientos de los demás. Se sintió aliviado. ¿Los pensamientos de los demás? Eso podía ser divertido. Al fin y al cabo sus pensamientos solían ser bastantes estúpidos; los de los demás, en la mayoría de los casos, eran, por el contrario, un auténtico misterio.
Así que sonrió. No pensó en sonreír, simplemente lo hizo; tampoco pensó en dedicarse desde aquel instante a leer pensamientos ajenos, y sin embargo... Tal vez el ser humano tiende de forma natural a intentar comprender lo que piensan los otros cuando los propios pensamientos parecen vacíos y absurdos; tal vez lo hacen porque no se dan cuenta de lo vacíos y absurdos que son, igualmente, los pensamientos de los otros...
Comprobó, sin embargo, que su cabeza no estaba vacía. Algo daba vueltas por ahí, vagando, una multitud de imágenes absurdas, de signos sin sentido, de letras que, como en una sopa, se colocaban y descolocaban continuamente sin llegar nunca a formar palabras reconocibles.
¿Qué hace uno cuando sus pensamientos dejan de tener sentido? Lo primero, desde luego, es tomar asiento, respirar hondo, tranquilizarse y pensar una posible solución. Pero, ¿cómo se piensa una solución cuando se han perdido los pensamientos?
Decidió dedicarse a la contemplación de las ruinas que poblaban ahora su cerebro. No se le ocurrió, por supuesto, más bien lo hizo por instinto. Tal vez el ser humano tiende a la contemplación de forma natural cuando no tiene contenidos a los que agarrarse. Era bella, en realidad, esa amalgama de imágenes y símbolos, de letras y números, de acciones y deseos sin conformar... tal vez era bella precisamente por eso, porque no significaban nada.
Estuvo así un tiempo, dedicado a la autocontemplación impensante. Estuvo así largo tiempo, de hecho, hasta que alguien, tal vez por casualidad, si es que la casualidad existe, pasó por su lado.
Entonces se dio cuenta de que, aunque seguía sin poder leer sus pensamientos, había desarrollado la capacidad de leer los pensamientos de los demás. Se sintió aliviado. ¿Los pensamientos de los demás? Eso podía ser divertido. Al fin y al cabo sus pensamientos solían ser bastantes estúpidos; los de los demás, en la mayoría de los casos, eran, por el contrario, un auténtico misterio.
Así que sonrió. No pensó en sonreír, simplemente lo hizo; tampoco pensó en dedicarse desde aquel instante a leer pensamientos ajenos, y sin embargo... Tal vez el ser humano tiende de forma natural a intentar comprender lo que piensan los otros cuando los propios pensamientos parecen vacíos y absurdos; tal vez lo hacen porque no se dan cuenta de lo vacíos y absurdos que son, igualmente, los pensamientos de los otros...
enero 29, 2012
Dies irae
El hombre de negro conectó el reproductor, se sentó en su sillón favorito, se desanudó la corbata, cerró los ojos y echó atrás la cabeza. Respiró profunda, calmadamente. Dios, cómo necesitaba extinguir esa maldita tormenta interior, apaciguar su alma.
Las notas del Requiem comenzaron a reventar en las paredes de la habitación. El hombre de negro pensó que Mozart, tal vez, se sintiera igual de aturdido y agotado cuando las compuso. Sintió compasión por el músico austríaco. La misma, por cierto, que sentía por sí mismo.
Mierda de trabajo. No estaba pagado, maldita sea, tanto estrés, tanta preocupación. En los últimos tres días había estallado un reactor en una base secreta en la Antártida que había liberado no se cuántos gases radiactivos, un reptiliano infiltrado en el Parlamento Europeo había amenazado con desvelar su origen si no era invitado a la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres, un feto híbrido humano-selenita se había convertido, en solo cinco horas y de forma inexplicable, en un adolescente díscolo que se había escapado del laboratorio para asistir a un concierto punk, el representante de los hombres grises de Alfa Centauro había presentado una queja oficial contra los "nórdicos" de Vega por las frecuentes infracciones del tráfico aéreo de naves interdimensionales... en fin, un desastre organizativo del que él no era responsable pero de cuya solución había de encargarse indefectiblemente.
Como un bombero apagando fuegos, pero fuegos interestelares, fuegos secretos que no le reportaban admiración ni homenajes del pueblo, fuegos que solo le daban dolor de cabeza y unas ganas terribles de jubilarse.
El hombre de negro abrió los ojos sobresaltado. El teléfono rojo acababa de sonar. Un annunaki había dado un golpe de estado en un país centroafricano y amenazaba con mostrar las naves que se ocultaban en la cara oculta de la luna si su país no recibía ciertas ventajas arancelarias.
Deseó que los extraterrestres nunca hubieran existido. Deseó ser tan ignorante como casi todos. Deseó una vida común y corriente. Ya sonaba el Dies irae. Cualquier día lo mandaba todo a freír puñetas, se plantaba en un programa del corazón, contaba lo que sabía y se convertía en el friqui de moda. Esos sí que vivían bien.
Saber la verdad no tiene precio... pero tener que ocultarla, maldita sea, ese trabajo no está pagado...
Las notas del Requiem comenzaron a reventar en las paredes de la habitación. El hombre de negro pensó que Mozart, tal vez, se sintiera igual de aturdido y agotado cuando las compuso. Sintió compasión por el músico austríaco. La misma, por cierto, que sentía por sí mismo.
Mierda de trabajo. No estaba pagado, maldita sea, tanto estrés, tanta preocupación. En los últimos tres días había estallado un reactor en una base secreta en la Antártida que había liberado no se cuántos gases radiactivos, un reptiliano infiltrado en el Parlamento Europeo había amenazado con desvelar su origen si no era invitado a la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres, un feto híbrido humano-selenita se había convertido, en solo cinco horas y de forma inexplicable, en un adolescente díscolo que se había escapado del laboratorio para asistir a un concierto punk, el representante de los hombres grises de Alfa Centauro había presentado una queja oficial contra los "nórdicos" de Vega por las frecuentes infracciones del tráfico aéreo de naves interdimensionales... en fin, un desastre organizativo del que él no era responsable pero de cuya solución había de encargarse indefectiblemente.
Como un bombero apagando fuegos, pero fuegos interestelares, fuegos secretos que no le reportaban admiración ni homenajes del pueblo, fuegos que solo le daban dolor de cabeza y unas ganas terribles de jubilarse.
El hombre de negro abrió los ojos sobresaltado. El teléfono rojo acababa de sonar. Un annunaki había dado un golpe de estado en un país centroafricano y amenazaba con mostrar las naves que se ocultaban en la cara oculta de la luna si su país no recibía ciertas ventajas arancelarias.
Deseó que los extraterrestres nunca hubieran existido. Deseó ser tan ignorante como casi todos. Deseó una vida común y corriente. Ya sonaba el Dies irae. Cualquier día lo mandaba todo a freír puñetas, se plantaba en un programa del corazón, contaba lo que sabía y se convertía en el friqui de moda. Esos sí que vivían bien.
Saber la verdad no tiene precio... pero tener que ocultarla, maldita sea, ese trabajo no está pagado...
enero 22, 2012
El libro de todos los tiempos
En el Museo Etnográfico Ruso (Российский этнографический музей), situado en el número 4 de la calle Inzhenérnaya (Инженерная улица) de la encantadora ciudad de San Petersburgo, se encuentra expuesto un curioso libro que la tradición ha bautizado con el nombre de "El libro de todos los tiempos". El ejemplar, elaborado en pergamino y de encuadernación rudimentaria, parece ser una copia de otro anterior, ya perdido. Todo lo que podamos decir de él, no obstante, entra en el terreno de la especulación, pues la escritura en su interior representada está constituida por una serie de signos indescifrables y que, no obstante, han sido asociados a los signos encontrados en lugares y tiempos tan lejanos como la ciudad japonesa sumergida de Yonaguni o las tablillas Rongo Rongo de la Isla de Pascua.
"El libro de todos los tiempos" ha sido adjudicado por la tradición hermética a culturas ancestrales y desconocidas para el hombre moderno. Según esta, el libro contendría las claves que servirían para desentrañar el destino de todos y cada uno de los hombres, de la humanidad al completo si así se quiere, incluidos sus pueblos y naciones. En esta línea, se afirma que quien posea la capacidad para desentrañar el libro la tendrá también para conocer el porvenir y, lo que es aún más interesante, para modificarlo a su antojo.
Pero si el contenido del libro es todo un misterio, su historia reciente no le va a la zaga. El libro fue introducido en la Unión Soviética en 1941 por un filólogo polaco de etnia judía, Jakub Jędrzejczyk, que fue capaz de cruzar la frontera entre fríos y penurias con el ejemplar bajo el brazo, salvándose de este modo de la persecución Nazi y de su ingreso en los campos de exterminio, y salvando, igualmente, el secreto oculto en el libro del interés de Heinrich Himmler, Reichsführer-SS y, como todos sabemos, apasionado perseguidor de claves ocultistas.
Lo más curioso es que Jakub Jędrzejczyk desapareció años después, en 1950, y en extrañas circunstancias. Fue detenido y "retirado" por la NKVD (Народный комиссариат внутренних дел, la policía gubernamental soviética) por una acusación anómina que jamás ha sido revelada, aunque hay quien asegura que el incauto polaco se entrevistó con Josef Stalin y osó pronosticarle su próxima muerte, la expansión y caída del comunismo y la desaparición de la Unión Soviética, razones más que suficientes para, dadas las circunstancias, eliminarlo de la circulación.
"El libro de todos los tiempos", por consiguiente, quedó en manos del Politburó, que lo donó al Museo Etnográfico de San Petersburgo, donde fue "oficialmente" olvidado. Nadie duda, sin embargo, de que la leyenda del libro no se ha borrado con el tiempo, que los rusos buscan "traductores" y que el ejemplar es objeto de deseo de una legión de iniciados de toda procedencia y posición.
Aún se recuerda en las altas esferas diplomáticas la extraña mención al libro del presidente norteamericano Gerald Ford, el 24 de noviembre de 1974 en Vladivostok. Allí, en el contexto de las Salt II, las conversaciones entabladas para negociar la limitación de las armas nucleares estratégicas, y ante de la presencia de su colega soviético, Leonid Brézhnev, sugirió utilizar como "moneda de cambio cultural y como muestra de acercamiento entre nuestros pueblos" una serie de ítems entre los que, debidamente camuflado, se encontraba "El libro de todos los tiempos". Brézhnev sonrió sibilinamente y negó con la cabeza...
enero 14, 2012
Algo que adorar
Parece consustancial al ser humano la necesidad, registrada en todos los grupos, razas y regiones del mundo a lo largo de la historia, de levantar la vista al cielo, comprobar su propia pequeñez y buscar, a partir de ese momento, protección. Surgen así los amuletos, las divinidades, las supersticiones, y toda una serie de "objetos de adoración" que proporcionan los más variados beneficios, desde suerte y éxito a la vida eterna, pasando por inmunidad ante los espíritus malignos y todo tipo de premios materiales en esta vida o en la otra.
Es bien conocida la curiosa relación que de estos objetos hace el antropológo Richard James en su ya clásico estudio Adoración y protección. Fisiología de la divinidad, publicado en su primera edición por la editorial londinense Carsons en 1969.
En sus páginas James refiere una ingente y variada cantidad de "objetos de adoración" en las diferentes culturas, desde la divinidad atribuida a la gallina por los Mombatu de Burkina Faso al carácter sagrado de ciertas heces humanas en tribus selváticas de Papúa-Nueva Guinea.
No hay que irse tan lejos, no obstante, para encontrar curiosos objetos sagrados, más allá de los que, a poco que observemos, nos ofrecen las propias religiones mayoritarias oficiales. Richard James narra, por citar un ejemplo, su encuentro con "el poste de la verdad" en una pequeña aldea cerca de Kalamata, en la región del Peloponeso griego conocida como Mesenia. Allí, y de forma totalmente independiente al culto oficial ortodoxo, surgió en los 60 una auténtica fiebre mística alrededor de un poste que apareció clavado "por Dios" en la plaza de la aldea y que proporcionaba a todo aquel que lo tocaba visiones del futuro próximo que, según los testigos, se comprobaban sistemáticamente ciertas.
Fue tal la locura que se desató en torno al poste que pronto su acceso fue limitado, para indignación de quienes consideraron el poste "un regalo de Dios para todos los hombres". El mismo Richard James consiguió, a base de influencias, acercarse a él siendo, según sus propias impresiones, "transportado a una realidad extradimensional" en la que le fueron reveladas las verdades universales. Así lo refleja (pág. 170) el propio James en la obra antes citada.
Tras la revelación del "poste de la verdad" y la publicación de la obra el antropólogo anunció su retirada del trabajo de campo y su dedicación a la investigación especulativa. No completó, no obstante, ningún otro estudio, pues se suicidió apenas dos meses después, en lo que para unos constituyó una prueba evidente de que James había perdido la cabeza, y para otros, sin embargo, la demostración definitiva de la veracidad del "poste de la verdad", de la existencia de Dios y de la posibilidad de facto de una verdad revelada que reduzca la vida a un período de tiempo despreciable.
Es bien conocida la curiosa relación que de estos objetos hace el antropológo Richard James en su ya clásico estudio Adoración y protección. Fisiología de la divinidad, publicado en su primera edición por la editorial londinense Carsons en 1969.
En sus páginas James refiere una ingente y variada cantidad de "objetos de adoración" en las diferentes culturas, desde la divinidad atribuida a la gallina por los Mombatu de Burkina Faso al carácter sagrado de ciertas heces humanas en tribus selváticas de Papúa-Nueva Guinea.
No hay que irse tan lejos, no obstante, para encontrar curiosos objetos sagrados, más allá de los que, a poco que observemos, nos ofrecen las propias religiones mayoritarias oficiales. Richard James narra, por citar un ejemplo, su encuentro con "el poste de la verdad" en una pequeña aldea cerca de Kalamata, en la región del Peloponeso griego conocida como Mesenia. Allí, y de forma totalmente independiente al culto oficial ortodoxo, surgió en los 60 una auténtica fiebre mística alrededor de un poste que apareció clavado "por Dios" en la plaza de la aldea y que proporcionaba a todo aquel que lo tocaba visiones del futuro próximo que, según los testigos, se comprobaban sistemáticamente ciertas.
Fue tal la locura que se desató en torno al poste que pronto su acceso fue limitado, para indignación de quienes consideraron el poste "un regalo de Dios para todos los hombres". El mismo Richard James consiguió, a base de influencias, acercarse a él siendo, según sus propias impresiones, "transportado a una realidad extradimensional" en la que le fueron reveladas las verdades universales. Así lo refleja (pág. 170) el propio James en la obra antes citada.
Tras la revelación del "poste de la verdad" y la publicación de la obra el antropólogo anunció su retirada del trabajo de campo y su dedicación a la investigación especulativa. No completó, no obstante, ningún otro estudio, pues se suicidió apenas dos meses después, en lo que para unos constituyó una prueba evidente de que James había perdido la cabeza, y para otros, sin embargo, la demostración definitiva de la veracidad del "poste de la verdad", de la existencia de Dios y de la posibilidad de facto de una verdad revelada que reduzca la vida a un período de tiempo despreciable.
enero 08, 2012
Manuel Forteza: el mito del hombre tentáculo
Si nos atenemos a la partida de bautismo, Manuel Forteza nació en la villa gallega de M*** el 23 de marzo de 1901, aunque según qué fuente consultemos la fecha de su nacimiento puede atrasarse hasta dos meses, por las reticencias del párroco de la villa a bautizar al neonato.
Ya desde sus primeros días era fácil discernir que Manolito no era un niño normal. Su piel, blanda y húmeda, y sus articulaciones, casi inservibles, llevaron a los doctores de la época a pensar que el recién nacido no viviría mucho tiempo, en un principio; que nunca caminaría, más tarde.
No fue así, sin embargo. Manolito, sorprendente e inexplicablemente, comenzó a caminar. Sus codos y rodillas, que pronto se convirtieron en meras protuberancias sin utilidad alguna, no le impedían erguirse y agarrar objetos, sirviéndose para ello de una especie de sustancia gelatinosa que parecía constituir su particular estructura ósea y que se fortalecía, en palabras de uno de los múltiples informes médicos a los que fue sometido, "por momentos".
Como puede imaginarse, Manolito no fue muy popular en la escuela. La abandonó bien pronto, de hecho, ante las burlas de los compañeros y la incomprensión del profesorado, especialmente después de un desagradable incidente en el patio de juegos en el que Manolito, sin aviso y sin dolor, se despojó del brazo, mano incluida, y lo arrojó al suelo, como quien muda de piel, quedando en su lugar una especie de apéndice provisto de membranas y ventosas que nadie dudó en calificar inmediatamente de "tentáculo".
A partir de este momento, Manolito Forteza se recluyó en su casa y dejó de recibir visitas. Los vecinos murmuraban y contaban cosas extrañas. Hubo quien juró haber visto a Manolito sin brazos ni piernas, provisto de tentáculos, y quien aseguraba que por las noches salía arrastrándose y dejaba a su paso una estela mucosa, como una babosa o un caracol. Sus padres lo negaron todo, asegurando que su hijo se encontraba perfectamente, y así lo hicieron hasta que ambos murieron, varios años después incluso de la desaparición de Manolito.
Dicha desaparición se produjo en 1919, cuando Manuel fue reclamado para cumplir el servicio militar, y sobre ella se cierne un halo de misterio. Hay quien dice que se suicidó; otros comentan que se le cayó la cabeza, y que en su lugar surgió un tentáculo inteligente capaz de dirigir el cuerpo que presidía; muchos piensan que huyó a Estados Unidos, basándose para ello en el testimonio de un marinero que, durante la realización de este viaje, coincidió con un pasajero extraño, maquillado, disfrazado, siempre cubierto de pies a cabeza y que hablaba con acento marcadamente gallego y una inexplicable voz gutural.
Las pesquisas, para muchos, concluyen aqui; aquí queda borrado el rastro de Manuel Forteza. Solo algunos, los más aventurados, relacionan la huida a Estados Unidos con ciertos diarios apócrifos del autor norteamericano H.P. Lovecraft en los que relata su encuentro con un extraño "hombre tentáculo", como él lo llama, que le serviría de inspiración, años después, para relatos como La llamada de Cthulhu o El horror de Dunwich. Y de entre estos aventurados, solo un escaso número, aquellos que rozan la paranoia, se atreve a sugerir, jamás a afirmar, que Manuel Forteza y H.P. Lovecraft son, en realidad, la misma persona.
Ya desde sus primeros días era fácil discernir que Manolito no era un niño normal. Su piel, blanda y húmeda, y sus articulaciones, casi inservibles, llevaron a los doctores de la época a pensar que el recién nacido no viviría mucho tiempo, en un principio; que nunca caminaría, más tarde.
No fue así, sin embargo. Manolito, sorprendente e inexplicablemente, comenzó a caminar. Sus codos y rodillas, que pronto se convirtieron en meras protuberancias sin utilidad alguna, no le impedían erguirse y agarrar objetos, sirviéndose para ello de una especie de sustancia gelatinosa que parecía constituir su particular estructura ósea y que se fortalecía, en palabras de uno de los múltiples informes médicos a los que fue sometido, "por momentos".
Como puede imaginarse, Manolito no fue muy popular en la escuela. La abandonó bien pronto, de hecho, ante las burlas de los compañeros y la incomprensión del profesorado, especialmente después de un desagradable incidente en el patio de juegos en el que Manolito, sin aviso y sin dolor, se despojó del brazo, mano incluida, y lo arrojó al suelo, como quien muda de piel, quedando en su lugar una especie de apéndice provisto de membranas y ventosas que nadie dudó en calificar inmediatamente de "tentáculo".
A partir de este momento, Manolito Forteza se recluyó en su casa y dejó de recibir visitas. Los vecinos murmuraban y contaban cosas extrañas. Hubo quien juró haber visto a Manolito sin brazos ni piernas, provisto de tentáculos, y quien aseguraba que por las noches salía arrastrándose y dejaba a su paso una estela mucosa, como una babosa o un caracol. Sus padres lo negaron todo, asegurando que su hijo se encontraba perfectamente, y así lo hicieron hasta que ambos murieron, varios años después incluso de la desaparición de Manolito.
Dicha desaparición se produjo en 1919, cuando Manuel fue reclamado para cumplir el servicio militar, y sobre ella se cierne un halo de misterio. Hay quien dice que se suicidó; otros comentan que se le cayó la cabeza, y que en su lugar surgió un tentáculo inteligente capaz de dirigir el cuerpo que presidía; muchos piensan que huyó a Estados Unidos, basándose para ello en el testimonio de un marinero que, durante la realización de este viaje, coincidió con un pasajero extraño, maquillado, disfrazado, siempre cubierto de pies a cabeza y que hablaba con acento marcadamente gallego y una inexplicable voz gutural.
Las pesquisas, para muchos, concluyen aqui; aquí queda borrado el rastro de Manuel Forteza. Solo algunos, los más aventurados, relacionan la huida a Estados Unidos con ciertos diarios apócrifos del autor norteamericano H.P. Lovecraft en los que relata su encuentro con un extraño "hombre tentáculo", como él lo llama, que le serviría de inspiración, años después, para relatos como La llamada de Cthulhu o El horror de Dunwich. Y de entre estos aventurados, solo un escaso número, aquellos que rozan la paranoia, se atreve a sugerir, jamás a afirmar, que Manuel Forteza y H.P. Lovecraft son, en realidad, la misma persona.
enero 02, 2012
Curiosos casos de longevidad extrema
En 1903, los registros de inmigración de la ciudad de Boston reflejan la llegada a la ciudad del joven Donald Reid, natural de Irlanda, según su propio testimonio. Esto no supondría novedad alguna si no fuera por el hecho de que el extrañado agente de inmigración anotó, en el apartado "edad", que el Sr. Reid, pese a aparentar no más de veinticinco años, aseguraba tener casi cuatrocientos, sosteniendo su inverosímil afirmación contra viento y marea.
No es este el único caso. Algo similar sucedió en la década de los 60 con un danés, Martin Sigurdsen, funcionario del estado, a quien se le permitió, pese a su aparente juventud, realizar su labor en el Ministerio de Agricultura de su país durante más de una década con una edad "oficial" que rondaba los 450 años.
Curiosamente, y frente a la opinión popular, la historia está llena de anécdotas de esta índole. En ámbitos académicos es conocido el informe de las tropas napoleónicas que, a principios del siglo XIX, refiere el encuentro en Lieja con un curioso personaje, un tal Rick van Meir, que aseguró, al ser retenido por alteración del orden público y resistencia a la autoridad, haber nacido más de doscientos años antes. O el recuerdo, todavía reciente, de "el canadiense eterno", el "joven" Peter Beird, que paseó su apariencia juvenil por varias televisiones del país en los 80, asegurando andar próximo a los cinco siglos de edad.
Es interesante hacer referencia a estas curiosas historias precisamente en estos días en los que hemos leído la noticia de Tom Newell, un chaval que desde Sidney, Australia, pregona a los cuatro vientos, a través de Facebook y su propio canal de Youtube, la celebración de su 500 cumpleaños, que adereza, por cierto, con divertidas anécdotas de su "larga" vida.
Hay que admitir que, ya sean tomados por locos, ya sean enfermos y esquizofrénicos, ya sea por compasión, este tipo de personajes caen simpáticos. Uno tiende a pensar que, tal vez, su perturbación tenga algo de fisiológico, por cuanto es inevitable encontrar un parecido evidente entre los rostros de Newell y Beird, recogidos en los medios, así como de Sigurdsen, cuya ficha aún se conserva en su Ministerio en Copenhague. Llegados a este punto, ¿quién no desearía dar con un retrato de Reid, con un óleo de Van Meir? Lamentablemente, la consecución de estos objetivos parece realmente complicada.
No es este el único caso. Algo similar sucedió en la década de los 60 con un danés, Martin Sigurdsen, funcionario del estado, a quien se le permitió, pese a su aparente juventud, realizar su labor en el Ministerio de Agricultura de su país durante más de una década con una edad "oficial" que rondaba los 450 años.
Curiosamente, y frente a la opinión popular, la historia está llena de anécdotas de esta índole. En ámbitos académicos es conocido el informe de las tropas napoleónicas que, a principios del siglo XIX, refiere el encuentro en Lieja con un curioso personaje, un tal Rick van Meir, que aseguró, al ser retenido por alteración del orden público y resistencia a la autoridad, haber nacido más de doscientos años antes. O el recuerdo, todavía reciente, de "el canadiense eterno", el "joven" Peter Beird, que paseó su apariencia juvenil por varias televisiones del país en los 80, asegurando andar próximo a los cinco siglos de edad.
Es interesante hacer referencia a estas curiosas historias precisamente en estos días en los que hemos leído la noticia de Tom Newell, un chaval que desde Sidney, Australia, pregona a los cuatro vientos, a través de Facebook y su propio canal de Youtube, la celebración de su 500 cumpleaños, que adereza, por cierto, con divertidas anécdotas de su "larga" vida.
Hay que admitir que, ya sean tomados por locos, ya sean enfermos y esquizofrénicos, ya sea por compasión, este tipo de personajes caen simpáticos. Uno tiende a pensar que, tal vez, su perturbación tenga algo de fisiológico, por cuanto es inevitable encontrar un parecido evidente entre los rostros de Newell y Beird, recogidos en los medios, así como de Sigurdsen, cuya ficha aún se conserva en su Ministerio en Copenhague. Llegados a este punto, ¿quién no desearía dar con un retrato de Reid, con un óleo de Van Meir? Lamentablemente, la consecución de estos objetivos parece realmente complicada.
diciembre 28, 2011
Crónica del más allá. 3.- Descubrir
Te sumerges en los destellos, te lanzas sobre ellos como un depredador sobre su presa, comienzas a intuirlos, a atraparlos, a dejarte transportar. Quién dijo que la vida después de la muerte era aburrida.
Los destellos te transportan al otro lado, al mundo real, al mundo de los vivos. Comienzas con pequeñas apariciones, luego con estancias más duraderas, de segundos, de minutos incluso, cuando eres capaz de enlazar un destello con el siguiente, de atarlos como quien ata dos relámpagos y recorre el cielo sobre ellos. Vas perfeccionando el arte de visitar el mundo de los vivos, y la angustia se convierte en diversión. Ahora viajar entre dimensiones es un juego.
Algo te preocupa, no obstante. Sabes que para ellos eres un fantasma, un aparecido, alguien que no debería existir, lo sabes porque tú has estado en su lugar. Deberías mostrate ante ellos, deberías verlos gritar y señalarte paralizados por el terror y, sin embargo, no te cruzas con nadie, nadie grita, el mundo que visitas parece tan desierto como aquel en el que apareciste.
Buscas otros muertos con quienes compartir experiencias, buscas vivos capaces de comunicarse contigo, buscas incautos a quienes asustar y solo encuentras vacío y soledad. El mundo es enorme cuando solo tú lo habitas.
Tal vez recorras el mundo de los vivos kilómetro a kilómetro, ciudad a ciudad. Tal vez no encuentres más que abandono y destrucción. Tal vez comiences a desesperar, pero desesperar no es una opción cuando te queda por delante una eternidad. Tal vez, entonces, pase tanto tiempo que recorras los dos mundos, el tuyo y el otro, buscando y sin encontrar.
Entonces quizás, solo quizás, concluyas que eres un fantasma en un mundo extinto. Que quizás, solo quizás, los humanos ya no existen, que fueron destruidos y eliminados, tal vez a la vez que tú, que el mundo de los vivos está vacío y que cada muerto tiene su mundo inhabitado. Puede que, condenado a vivir eternamente y aparecerte ante nadie, termines por vagar condenado a la soledad; aunque también puede que, entretanto, una pequeña llama de esperanza, oculta por un velo a la vista, te diga que la eternidad es tanto tiempo que no puedes descartar que, en un momento dado, se te aparezca un fantasma. El fantasma de un fantasma.
Rezarías por que así fuera, pero no sabes a quién.
Los destellos te transportan al otro lado, al mundo real, al mundo de los vivos. Comienzas con pequeñas apariciones, luego con estancias más duraderas, de segundos, de minutos incluso, cuando eres capaz de enlazar un destello con el siguiente, de atarlos como quien ata dos relámpagos y recorre el cielo sobre ellos. Vas perfeccionando el arte de visitar el mundo de los vivos, y la angustia se convierte en diversión. Ahora viajar entre dimensiones es un juego.
Algo te preocupa, no obstante. Sabes que para ellos eres un fantasma, un aparecido, alguien que no debería existir, lo sabes porque tú has estado en su lugar. Deberías mostrate ante ellos, deberías verlos gritar y señalarte paralizados por el terror y, sin embargo, no te cruzas con nadie, nadie grita, el mundo que visitas parece tan desierto como aquel en el que apareciste.
Buscas otros muertos con quienes compartir experiencias, buscas vivos capaces de comunicarse contigo, buscas incautos a quienes asustar y solo encuentras vacío y soledad. El mundo es enorme cuando solo tú lo habitas.
Tal vez recorras el mundo de los vivos kilómetro a kilómetro, ciudad a ciudad. Tal vez no encuentres más que abandono y destrucción. Tal vez comiences a desesperar, pero desesperar no es una opción cuando te queda por delante una eternidad. Tal vez, entonces, pase tanto tiempo que recorras los dos mundos, el tuyo y el otro, buscando y sin encontrar.
Entonces quizás, solo quizás, concluyas que eres un fantasma en un mundo extinto. Que quizás, solo quizás, los humanos ya no existen, que fueron destruidos y eliminados, tal vez a la vez que tú, que el mundo de los vivos está vacío y que cada muerto tiene su mundo inhabitado. Puede que, condenado a vivir eternamente y aparecerte ante nadie, termines por vagar condenado a la soledad; aunque también puede que, entretanto, una pequeña llama de esperanza, oculta por un velo a la vista, te diga que la eternidad es tanto tiempo que no puedes descartar que, en un momento dado, se te aparezca un fantasma. El fantasma de un fantasma.
Rezarías por que así fuera, pero no sabes a quién.
diciembre 25, 2011
Crónica del más allá. 2.- Buscar
Te preguntas qué te ha sucedido, por qué has llegado allí, por qué estás muerto, hasta que decides que esas son cuestiones sin importancia, que lo que de verdad importa es saber qué hacer en el futuro, si lo que te espera en aquel lugar puede llamarse "futuro". Puedes acurrucarte en una esquina y llorar y lamentar tu suerte, y gemir y no pensar en nada que no sea tu desgracia, pero comienzas a intuir que tu situación puede durar una eternidad, y una eternidad es demasiado tiempo para pasarla llorando; puede salir a buscar a alguien, a otros muertos, a espíritus, o ya no sabes muy bien cómo llamarlos, cómo llamarte... pero ya exploraste parte de aquel mundo al que has sido transportado... parece deshabitado...
Imaginas un mundo solo para ti, un mundo solo para cada muerto, un entorno similar al de tu vida pero sin gente por las calles, sin vida, sin seres queridos esperándote al otro lado de la luz... un mundo muerto para un alma muerta.
Tal vez camines sin rumbo y, de repente, un destello te llame la atención; tal vez oigas a lo lejos un ruido que, en la quietud total en la que te encuentras sumido, retumba como un trueno. Tal vez tengas una intuición, una corazonada, una precognición, y llegues a la conclusión de que ese mundo tuyo está en conexión con el otro mundo, con el mundo de los vivos. Tal vez concibas los destellos que surgen de vez en cuando como puertas de comunicación con aquellos que convivieron contigo.
Puede ser que entonces, quizás, y solo quizás, encuentres ese objetivo que se te escapaba. No es exactamente "tener un objetivo en la vida", sino más bien "tener un objetivo en la muerte". Tal vez buscando los destellos puedas, desde el más allá, volver al mundo de los vivos, y comunicarte con ellos...
Tal vez decidas dedicarte a ello, por consiguiente, en cuerpo y alma, en ese cuerpo que posiblemente ya no tengas y en esa alma que apenas puedes reconocer...
Imaginas un mundo solo para ti, un mundo solo para cada muerto, un entorno similar al de tu vida pero sin gente por las calles, sin vida, sin seres queridos esperándote al otro lado de la luz... un mundo muerto para un alma muerta.
Tal vez camines sin rumbo y, de repente, un destello te llame la atención; tal vez oigas a lo lejos un ruido que, en la quietud total en la que te encuentras sumido, retumba como un trueno. Tal vez tengas una intuición, una corazonada, una precognición, y llegues a la conclusión de que ese mundo tuyo está en conexión con el otro mundo, con el mundo de los vivos. Tal vez concibas los destellos que surgen de vez en cuando como puertas de comunicación con aquellos que convivieron contigo.
Puede ser que entonces, quizás, y solo quizás, encuentres ese objetivo que se te escapaba. No es exactamente "tener un objetivo en la vida", sino más bien "tener un objetivo en la muerte". Tal vez buscando los destellos puedas, desde el más allá, volver al mundo de los vivos, y comunicarte con ellos...
Tal vez decidas dedicarte a ello, por consiguiente, en cuerpo y alma, en ese cuerpo que posiblemente ya no tengas y en esa alma que apenas puedes reconocer...
diciembre 19, 2011
Crónica del más allá. 1.- Despertar
Te despiertas angustiado. Te ahogas. Tratas de respirar, de toser, te incorporas y te retuerces como un animal cazado. Entonces te detienes un segundo y miras a tu alrededor. Las paredes te resultan familiares, es tu casa, ni siquiera recuerdas cómo llegaste allí, ni siquiera recuerdas haberte echado a dormir, solo la pesadilla, aquella visión angustiosa que ahora comienza a borrarse de tu memoria. Había sangre... y gritos... y faltaba el aire...
Tienes que hacer un esfuerzo para evitar el llanto. Solo era una pesadilla, ya pasó. Sales al pasillo, bajas por la escalera. Debe de ser ya tarde, por las ventanas entra muchísima luz, seguramente has dormido más de la cuenta, de ahí la pesadilla.
Te sorprende no encontrar a nadie de la familia sentado en el sofá, viendo la televisión. Te sorprende, de hecho, la soledad. También el silencio. Prestas atención y te sobrecoges. No oyes nada. Un silencio que duele al retumbar en los oídos. Te preguntas si te has quedado sordo... pero no... haces la prueba, hablas en voz alta, te oyes... Es el resto del mundo el que se ha quedado mudo.
Sales a la calle, no encuentras a nadie, no hay coches, no hay pájaros, no hay insectos, no hay viento. Llamas a un par de timbres, a tres, gente conocida, vecinos... nadie responde. Caminas un rato, vas al parque, luego al centro, la ciudad parece abandonada, un enorme esqueleto de piedra. Sientes miedo al ver cómo la avenida principal se pierde en el horizonte en la soledad más extrema. Te sientes observado, tal vez todo sea una broma... una broma de mal gusto.
Vuelves a casa corriendo, asustado. Los llamas a todos, pero sigue sin haber nadie. Vuelves a tu cama, te tiras y te echas a llorar, ahora sí, sumido en la desesperación. Tal vez entonces te percates de que por más que llores no caen lágrimas por tus mejillas, y caigas en la cuenta de que no te vestiste al salir de casa, ni abriste la puerta, ni la encontrarse cerrada al volver, de que no has comido ni bebido nada en horas y no hay en ti ni pizca de hambre ni sed. Tal vez entonces te mires al espejo del baño y no te veas reflejado.
Tal vez entonces, en ese mismo momento, comprendas que estás muerto...
Tienes que hacer un esfuerzo para evitar el llanto. Solo era una pesadilla, ya pasó. Sales al pasillo, bajas por la escalera. Debe de ser ya tarde, por las ventanas entra muchísima luz, seguramente has dormido más de la cuenta, de ahí la pesadilla.
Te sorprende no encontrar a nadie de la familia sentado en el sofá, viendo la televisión. Te sorprende, de hecho, la soledad. También el silencio. Prestas atención y te sobrecoges. No oyes nada. Un silencio que duele al retumbar en los oídos. Te preguntas si te has quedado sordo... pero no... haces la prueba, hablas en voz alta, te oyes... Es el resto del mundo el que se ha quedado mudo.
Sales a la calle, no encuentras a nadie, no hay coches, no hay pájaros, no hay insectos, no hay viento. Llamas a un par de timbres, a tres, gente conocida, vecinos... nadie responde. Caminas un rato, vas al parque, luego al centro, la ciudad parece abandonada, un enorme esqueleto de piedra. Sientes miedo al ver cómo la avenida principal se pierde en el horizonte en la soledad más extrema. Te sientes observado, tal vez todo sea una broma... una broma de mal gusto.
Vuelves a casa corriendo, asustado. Los llamas a todos, pero sigue sin haber nadie. Vuelves a tu cama, te tiras y te echas a llorar, ahora sí, sumido en la desesperación. Tal vez entonces te percates de que por más que llores no caen lágrimas por tus mejillas, y caigas en la cuenta de que no te vestiste al salir de casa, ni abriste la puerta, ni la encontrarse cerrada al volver, de que no has comido ni bebido nada en horas y no hay en ti ni pizca de hambre ni sed. Tal vez entonces te mires al espejo del baño y no te veas reflejado.
Tal vez entonces, en ese mismo momento, comprendas que estás muerto...
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