viernes, 4 de mayo de 2018

Memoria de pez

     "He tenido tantas buenas ideas a lo largo de mi vida", me dijo una vez un amigo, "que no puedo evitar cierto desasosiego al pensar que, en realidad, las he desperdiciado todas".
     Al oír aquello, traté de consolarlo argumentando que no había por qué sufrir de forma innecesaria, que tampoco sería para tanto. Supuse que él iba a pensar que me refería a que no todas habían sido un desperdicio, faltaría más. Yo, en mi fuero interno, me regocijaba con la idea de insinuar de forma sutil que, probablemente, tampoco había tenido tantas buenas ideas.
     En cualquier caso, mi amigo comenzó a soltarme un discurso sobre la memoria, sobre la mala memoria, aquella que le empujaba a olvidar aquello que su mente había creado y, en definitiva, a no darle uso, a convertir en inútil cada una de sus ideas.
     Se trataba de un discurso bien estructurado, un auténtico alarde retórico destinado a justificar su estulticia. Di por sentado que no improvisaba en absoluto, que ya había pensado antes sobre ello, aunque, y siguiendo su propia teoría, era más que posible que no lo recordara.
     Le dije que sí, que a todos, en cierta medida, nos pasaba lo mismo. Le di un par de consejos, un par de reglas mnemotécnicas y lo invité a variar ciertas actitudes, lo cual, en mi opinión, le sería de gran ayuda.
     Se despidió de mí agradecido y cargado de propósitos de enmienda. Yo, por mi parte, me retiré a mis aposentos convencido de la inutilidad de la conversación que acabábamos de tener. Sabía que mis consejos caerían en saco roto, y que el cambio de actitud era una utopía.
     Sabía, además, que él sabía que así sería. Lo mismo daba, de todos modos. Tanto él como yo sabíamos que los dos olvidaríamos pronto todo lo que nos habíamos dicho y, si hacía falta, volveríamos a repetirlo, como si fuera la primera vez, en nuestro siguiente encuentro.

domingo, 8 de abril de 2018

La isla

     Llegaron a la isla escasos de tiempo y de recursos, famélicos e inermes, pero supieron hacerse fuertes a su abrigo y convertir aquel páramo en un paraíso, aquella tierra baldía en un territorio próspero, aquel lugar abandonado en una fortaleza tan deseada como inexpugnable.
     Pasaron generaciones de autarquía y desconexión, convencidos de que no había nada fuera que pudiera satisfacerlos más que aquello que habían creado con sus propias manos.
     Ahora aquellos que arribaron como aventureros yacen bajo la misma tierra que conquistaron con esfuerzo, y sus descendientes sobreviven del orgullo heredado y de la responsabilidad de cuidar aquello que les legaron.
     La población mengua, y los restos de aquel puñado de aventureros han quedado reducidos a dos: un padre y su hijo.
     El padre cree que morirá allí, como lo hizo a su vez su padre, y el padre de su padre, y el padre de éste, y así sucesivamente hasta el inicio de la vida en la isla. Sabe cuál es su misión en la vida.
     El hijo le dice al padre que quiere salir, que abandona, que no tiene por qué cumplir una misión que él no ha elegido, sino que le ha sido impuesta.
     El padre lo comprende. Sabe que el mundo, ahí afuera, llama a su hijo con cantos de sirena, que el exterior es tan enorme como insuficiente la superficie de la isla.
     Ambos, padre e hijo, saben que la isla no morirá con ellos, que más bien volverá al vacío del que salió por azares del destino. Saben que es ese destino, precisamente, el que les condena.
     Ambos se preguntan, de tanto en cuanto, qué es mejor, si la muerte o el olvido.

domingo, 4 de marzo de 2018

La eterna lucha

     Kutbaip se había quedado solo en mitad de la batalla. El ejército del que él era orgulloso integrante, el imparable ejército mongol, estaba a punto de perecer por completo a las puertas de la imponente cordillera de los Himalaya.
     El combate había sido cruento, y Kutbaip había visto perecer, uno a uno, a todos sus aliados.
     En un momento dado, Kutbaip se vio a sí mismo, en pie pero ensangrentado, blandiendo su arma frente a miles de soldados enemigos. La rendición, sin embargo, no cabía en su mente.
     Kutbaip cerró entonces los ojos, se encomendó a sus dioses y echó a correr hacia la muerte.
     Y cuentan las crónicas que la muerte se apiadó de él. Kutbaip empezó a ensartar a todo aquel que se le enfrentaba, uno tras otro, que cayeron por centenares, por millares, que Kutbaip sobrevivió como solo los héroes lo hacen.
     Cuentan también, no obstante, que la muerte no hace favores sin recibir nada a cambio; que la sed de sangre cegó a Kutbaip; que cuando sus enemigos se extinguieron él busco unos nuevos; que aun hoy día, perdonado por la muerte y condenado por la furia, recorre el mundo acabando sin piedad con la vida de quien se le cruza en su camino.
     Para Kutbaip, que se vio solo ante todos los que querían acabar con su vida, todos son enemigos. En todo lugar, y por toda la eternidad.

lunes, 26 de febrero de 2018

Maten al mensajero

     La guerra llevaba ya una década acumulando víctimas, segando las infraestructuras y sumiendo a la población en la más absoluta de las miserias, la miseria moral.
     El rey decidió que había llegado el momento de tomar una decisión. Sentado frente a sus consejeros, respiró hondo y se estiró en el trono. Llegaba, por vez primera en todos estos años, un emisario del enemigo. Del odioso enemigo.
     El rey estaba dispuesto a ser clemente. Perdonaría al enemigo si se rendían, si asumían su derrota, retiraban su actitud hostil y aceptaban su autoridad. Vivirían. Él ganaría nuevos súbditos y aumentaría sus ingresos; ellos seguirían con vida.
     El emisario se acercó con paso seguro.
     - Majestad...
     El rey sonrió. Ya podía paladear su victoria.
     - Majestad...
     - ¿Qué ofreces?
     El emisario guardó silencio.
     - Habla, plebeyo.
     - Pues le ofrezco...
     - Habla de una vez.
     - Le ofrezco clemencia, Majestad. Estoy autorizado a ofrecerle la paz a cambio de su rendición, la asunción de su derrota, la retirada de su actitud hostil y la aceptación de la nueva autoridad superior.
     El rey enrojeció visiblemente. Se agarró a los brazos del trono para mantener la compostura y no saltar disparado. ¿Así querían acabar con la guerra? ¿Con una absurda rendición? ¿Con la renuncia a una victoria segura? ¡Estúpidos!
     - ¿Qué respuesta he de llevar conmigo?
     - ¿Llevar contigo? Pero, ¿en serio crees que vas a llevar algo?
     El rey hizo un gesto. Acto seguido, sus guardias entraron en la sala.
     Horas después, el enemigo recibía, por toda respuesta, la cabeza del mensajero en una bandeja de plata..