domingo, 22 de marzo de 2020

No toda anécdota es literaturizable

     Hay ruidos en la calle. Presto atención. Es una especie de estruendo que no sé muy bien de dónde procede. Miro por la ventana y no termino de ver nada. La abro y me asomo al balcón. Entonces me empiezan a caer gotas en la cabeza. Tardo unos segundos en comprender que se trata de agua. Son segundos angustiosos, pues por mi mente pasan como un relámpago las posibilidades de que se trate de caca de paloma, de lluvía ácida, de aguas fecales arrojadas desde un avión. Confirmo, para mi tranquilidad, que está lloviendo.
     Cuando las gotas empiezan a resbalar por mi frente decido que es mejor volver al interior. Sobre el sofá descansa mi gato. Me mira y en sus ojos se refleja la sorpresa por mi agitación ante la lluvia en el exterior, por mi preocupación por las gotas de agua que yo mismo he introducido y que, resbalando desde mi cráneo, amenazan con mojar el parqué. Sé que el gato piensa que soy estúpido por preocuparme por tales nimiedades. No lo odio por ello, no obstante. De hecho, diría que tiene razón.
     Me siento a escribir lo que me ha sucedido. "La realidad es la mejor fuente de ficción", dijo alguien. Me admito que no sé quién lo dijo. Ni siquiera sé si realmente lo ha dicho alguien, pero estoy seguro de que así ha sido. Si no lo dijo nadie, alguien debería haberlo hecho. Me ruborizo ante mi intento de cita célebre convertido en ridículo propio.
     Vuelvo a mirar a mi gato. Si fuera humano, se estaría riendo en mi cara. Como no lo es, disimula y se ríe por dentro.

domingo, 8 de marzo de 2020

Es peligroso asomarse al exterior

     A Félix le habían dicho que no saliera a la calle. Que fuera al supermercado, comprara vituallas para un par de semanas y se refugiara en casa. Que las cosas no estaban como para dar paseos como si nada. Que ya avisarían.
     De eso había pasado ya un mes. Menos mal que Félix siempre había sido precavido y, cuando vio cómo en el supermercado la gente empezaba a perder el norte y a ponerse nerviosa, decidió comprar suministros en abundancia. Y menos mal, también, que había empezado a racionarlos en casa ya desde el principio. No eran tiempos para dispendios.
     En aquel mes de encierro habían pasado muchas cosas. Había habido tiempo para aburrirse, para desesperarse, para pensar que todo acababa y para comprobar que no había hecho más que empezar.
     Hubo un momento trágico cuando se cortaron las comunicaciones, hacía ya más de una semana. Los televisores, la radio y los teléfonos dejaron de funcionar. ¿Qué quería decir eso? ¿Por qué estaba incomunicado? ¿Acaso no quedaba nadie ahí fuera que mantuviera estables las comunicaciones?
     Félix no se atrevía ni a abrir la ventana, pero desde dentro, observaba el exterior, especialmente, en los últimos días, por aburrimiento. Nada había fuera, sin embargo. No había gente, no había coches. La ciudad estaba desierta.
     Hace dos días descubrió a una vecina que, desde su ventana en el bloque de enfrente, lo saludaba. No la conocía, no había reparado en su presencia ni antes ni después del encierro hasta ese momento. Ahora, sin nada mejor que hacer, habían desarrollado una especie de lengua de signos por la que comenzaban a comunicarse.
     Ella le decía que comenzaba a quedarse sin comida. Él le decía lo mismo. A ambos empezaba también a escasearles el agua.
     Estaban de acuerdo en que tarde o temprano tendrían que salir al exterior, a buscar alimento, a testar la situación. La idea les aterrorizaba.
     Pronto llegaría un punto en el que habría que elegir si morir de inanición sin salir de casa o desobedecer y arriesgarse a la aventura exterior. Félix no sabía qué opción tomaría, y la duda le martirizaba tremendamente.

martes, 11 de febrero de 2020

El camino correcto

     Deduje que me había muerto. Me costó llegar a esa conclusión, desde luego, porque el psicopompo no era como me esperaba. Nada de espíritus tranquilizadores, ni ángeles, ni arcángeles, ni Hermes, ni Caronte, ni nada parecido a Anubis o a sus servidores. Tampoco valkirias, por supuesto. Quien me guiaba era una especie de mancha inquietante, una sombra sin forma determinada que me marcaba el camino y apenas se comunicaba conmigo.
     - ¿Adónde vamos? -pregunté.
     La forma sin forma no contestó.
     - ¿Estoy muerto?
     La forma sin forma no contestó.
     Yo la seguía, no obstante. Mi espíritu la seguía, para ser más exactos, sin saber muy bien por qué. Porque era el psicopompo, simplemente, y tenía que dirigirme al más allá.
     En un momento determinado, llegamos a una bifurcación. Vi como el psicopompo me indicaba uno de los caminos y me puse tras él. Al fondo del camino que habíamos tomado solo se divisaban sombras. El otro camino, aquel que dejábamos a un lado, tenía mejor pinta, apuntaba hacia un foco de luz, parecía adornado con un cierto verdor vegetal y transmitía una inefable sensación de paz.
     - ¿Seguro que es por aquí? -pregunté.
     La forma sin forma no contestó. Sin embargo, creí apreciar una extraña sonrisa en algún lugar de su constitución. "Alucinaciones", pensé.
     Seguimos caminando. Al fondo del camino, del que supuse que era el camino correcto, estallaban relámpagos que alumbraban un paisaje estremecedor.

domingo, 2 de febrero de 2020

Y cuando despertó...

     Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
     - Y tú, ¿qué haces aquí?
     - Pues tú me dirás...
     - No deberías estar aquí, eras solo un sueño.
     - A veces los sueños se hacen realidad.
     - Déjate de psicología barata, anda. Ahora en serio, ¿por qué estás aquí?
     - La pregunta no es "por qué", sino "para qué".
     - Joder, para ser un dinosaurio, eres un filósofo de gran calado. ¿Para qué estás aquí, pues?
     - Para comerte.
     - Sí, ya... Para comerme mejor, abuelita...
     El dinosaurio decidió entonces que había hablado suficiente. Que ya era raro que un dinosaurio saliera de un sueño y apareciera en un dormitorio, pero que más raro era que hablara, y más aún que filosofara. Decidió, por tanto, pasar a la acción.
     No habían transcurrido, en consecuencia, ni cinco segundos cuando el dinosaurio había ya arrancado de un mordisco la cabeza de su interlocutor. Ese fue el tiempo, quizá algo menos, que este tuvo, antes de la lógica muerte por decapitación, para pensar que, en ocasiones, los sueños se convierten en realidad.
     Y que este hecho no siempre trae consecuencias positivas.