lunes, 7 de enero de 2019

Directo a la Luna

     Aquel tipo me dijo que había estado en la Luna. Y lo hizo con total seriedad, sin el menor atisbo de duda, sin un guiño o una sonrisa que pudiera llevarme a pensar que estaba bromeando.
     - Hágame caso, por favor -me decía. - Necesito que me crea. Estuve en la Luna hace mucho tiempo, antes de todo aquel montaje de Armstrong y compañía, antes de la carrera espacial.
     Yo le miraba entre divertido y sorprendido. Alzaba las cejas con incredulidad, cosa de la que él era perfectamente consciente. Mis dudas se acrecentaban cuando comprobaba que su apariencia no era la de una persona mayor de treinta años, un joven que había venido a mi despacho a decirme que había estado en la Luna hacía más de cincuenta años.
     - Y tengo pruebas -afirmaba. - Puedo ir a por ellas y estar de vuelta en diez minutos. ¿Me esperará?
     Yo no tenía nada mejor que hacer durante las siguientes dos horas. Así que le seguí la corriente.
     - Le esperaré -corroboré. - Pero no tarde…
     Él pareció sorprenderse de mi asequibilidad.
     - Lo intentaré -dijo mientras salía por la puerta. Parecía acelerado. En el último momento se volvió hacia mí. - Si no puedo regresar… si no me dejan volver con usted… -dijo entre titubeos- quiero que sepa que no le miento, y que lo que allí hay es fascinante… fascinante y terrible…
     Y se marchó, dejándome con la boca abierta y una miríada de informaciones por asimilar. ¿Quién no le iba a dejar volver? ¿Qué era eso tan fascinante y terrible que había en la Luna? ¿Qué pretendía que hiciera yo con su revelación?
     Por supuesto, no volvió. Ni en diez minutos, ni en aquellas dos horas, ni al día siguiente, ni ningún otro día.
     Todavía me pregunto si se burlaron de mí o allí había algo más. Y todavía, en algunas noches, cuando miro al cielo, me parece ver, allí en la superficie reluciente de nuestro satélite, esas cosas terribles que, me temo, nunca llegaré a conocer del todo.


viernes, 4 de enero de 2019

Feliz año nuevo

     Sonaron los cuartos y él, con las uvas bien agrupadas en la palma de su mano, era un manojo de nervios. Uno nuevo año, la posibilidad de volver a empezar, de cambiar tantas cosas, de mejorar otras, de dar la espalda a los disgustos y sinsabores del año que se extingue.
     La primera campanada supuso una explosión de entusiasmo. Por su mente pasaron mil buenos propósitos que mejorarían su vida y las de aquellos que lo rodeaban. Año nuevo, vida nueva. Se metió en la boca la segunda uva, luego la tercera.
     Con la cuarta uva uniéndose a las otras tres se dio cuenta de que tenía ya que empezar a tragar. Por su mente cruzó un pensamiento que se le antojó revelador. Tal vez sería bueno ser realista, no querer cumplir tantos propósitos que, para qué mentir, eran irrealizables en su totalidad. Mejor poco, pero bien hecho. Los más importantes.
     La sexta uva casi le da un susto, pues tanta uva ya comenzaba a no caberle en la boca. Si seguía así se iba a atragantar. Claramente era mejor ser realista. Quizá un propósito, o dos como mucho, que fueran importantes y significativos. Sí, eso estaría bien.
     Cuando sonó la novena campanada se dio cuenta de que llevaba cinco sin respirar. Se preguntó cuánto podía aguantar un ser humano después de una cena copiosa, de varias copas de vino y con la boca llena a rebosar, sin que el aire entrara en sus pulmones. Un propósito, sí. Solo uno, pero de verdad. Uno que no le supusiera demasiado, en cualquier caso, que tampoco era necesario comprometerse más de la cuenta con asuntos estúpidos.
     La décima uva la sintió como una tortura, así que pueden imaginar qué supuso la undécima. Mejor era no hacer propósitos. Para qué. Si luego nadie los cumple. Los propósitos son absurdos, y la gente que los hace, también. Así que decidió dejar aparcada la vida nueva para mejor ocasión.
     La duodécima campanada vino seguida de una explosión de júbilo y alegría. Todos gritaban, todos excepto él, que se preguntaba cómo podían hacerlo, cómo podían todos tener sus bocas vacías y permitir que a través de ellas circulara el aire. Entonces lo tuvo claro. A la mierda los buenos propósitos de año nuevo. Los odiaba. Eran la más clara prueba de la estulticia humana. Él iba a seguir igual, sí señor, no pensaba cambiar ni un ápice, ni sus defectos, ni sus vicios. Es más, los iba a fomentar, para darle una buena lección a esas incautos que pretendían cambiar sus vidas de una noche para otra.
     Ya le ofrecían una copa de champán mientras él, que empezaba a enrojecer por la falta de aire, solo pensaba en masticar esa masa asquerosa que se le hacía bola en la boca y que parecía no querer pasar por el esófago. Hizo un esfuerzo supremo y tragó. El bolo alimenticio era de tal calibre que incluso sintió dolor.
     El primer mal trago del año, el primero de los muchos que iban a venir. El año tenía, al menos, una pinta tan mala como el anterior. Año nuevo, vida vieja.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Como caído del cielo

     Aquella mañana los vecinos de Tárbenas del Alamillo se levantaron llenos de inquietud. Algo había pasado durante la noche. Todos los vecinos habían oído aquel trueno ensordecedor y aquel terremoto que había sacudido los cimientos del pueblo.
     La mayoría se alzó de la cama resoplando: "¡Vaya nochecita!". "Afortunadamente", pensaban, "ya pasó...".
     No sería así, sin embargo. No solo no había pasado, sino que estaba por llegar.
     Quienes primero se asomaron a sus ventanas, quienes primero empezaron a comprender lo que había pasado, tragaron saliva con dificultad.
     Ante Tárbenas del Alamillo se habría un abismo insondable. Literalmente. Algo había caído del cielo y había creado un cráter que se abría ante el pueblo y cuyo fondo apenas se atisbaba a la vista de quienes, temerosos, se acercaban y se asomaban al borde.
     "Ahí abajo no se ve nada", dijo alguien. "No se puede, la  vista no llega tan abajo", respondieron.
     "Y ahora, ¿qué?"
     Todos se miraron dubitativos. Habría que acostumbrarse a vivir así. El pueblo tendría una nueva orografía, una curiosidad geográfica que atraería visitantes y, tal vez, prosperidad.
     "¿Y si...?", preguntó alguien. ¿Por qué siempre hay un "y si..."?
     "¿Y si qué?"
     Alguien tomó la palabra para hacer la gran pregunta. Si algo había caído del cielo, si ese algo había provocado ese cráter, ese algo tenía que estar aún ahí abajo... ¿no?
     La mayoría de los vecinos de Tárbenas del Alamillo guardó silencio. Algunos se pasaron las manos por la frente; otros resoplaron.
     Todos al tiempo sintieron ese incómodo hormigueo que recorre los cuerpos de quienes saben que están ante un todo o nada. Los próximos meses, semanas o días serían los mejores de sus vidas, o los peores...

domingo, 11 de noviembre de 2018

Con la soga al cuello

     Jamás se había sentido tan lúcido. Allí plantado, a los pies de la horca, con la soga al cuello y la multitud gritándole entre la histeria y la demencia, vio las cosas tan claras como nunca las había visto.
     Por un momento los odió a todos, fanáticos ignorantes, aunque ese sentimiento dio rápidamente paso a la compasión. Le daban pena, tan manipulables, tan incapaces.
     Y, sin embargo, era él quien pendía de un hilo.
     Escasos segundos le separaban de una muerte horrible. O actuaba con celeridad, o no habría posibilidad de salvarse. Suplicar no tenía sentido, pues nadie le prestaría atención, tan concentrados estaban en proferir insultos y blasfemias.
     Notaba cómo sus sentidos se abrían, cómo su mente funcionaba a una velocidad sorprendente, cómo buscaba, entre los callejones sin salida, una rendija que le permitiera huir.
     El suelo entonces se desplomó, la soga se tensó y se hizo el silencio.
     Varios segundos después, gritos de pánico se extendieron entre el público. Partían de aquellos que poblaban las primeras filas y que, desesperadamente, trataban de alejarse del cadalso.
     Allí, el condenado a muerte flotaba. No pendía de la soga, no. Flotaba en levitación, mientras sonreía y observaba el caos a su alrededor.
     No había sido la mejor de las soluciones, especialmente si quería seguir pasando desapercibido, pero le divertía ver a los crédulos empujándose y buscando a la desesperada la salvación.
     El problema ahora, una vez descubiertas sus capacidades para el vuelo, iba a ser desatarse.
     Ese poder, el de deshacer nudos, aún no lo tenía trabajado...