domingo, 2 de septiembre de 2018

Corre

     - Corre -le dijo su madre mientras le daba una sacudida-. Despierta, cariño, tenemos que irnos.
     Él se incorporó mientras se frotaba los ojos, aturdido tanto por el sueño interrumpido como por la actitud nerviosa de su madre.
     - ¿Qué pasa, mamá?
     La madre, en un principio, no contestó. Por toda respuesta corría de un lado para otro, recogiendo enseres, guardando cosas bajo llave y haciendo una maleta que, contrariamente a su costumbre, carecía de todo orden.
     - Mamá... -repitió con aprensión.
     La madre entonces se detuvo en la puerta de la habitación, mirándole directamente. El hijo percibió en ella un gesto de resignación, una rendición ante lo inevitable, un algo así como "él también merece saber, después de todo" que contribuía, de hecho, a su intranquilidad.
     - ¿Pasa algo? -volvió a preguntar con inocente insistencia.
     - Pasa el fin del mundo, hijo mío.
     Podía haberse tomado a broma la respuesta de su madre, pero no lo hizo; podía haber llorado, "mamá, no me asustes de buena mañana", pero tampoco fue esa su reacción; el hijo, en cambio, se acercó a la ventana y descorrió las cortinas.
     Entonces lo vio. Ya lo tenían encima. Supo rápidamente, a pesar de su corta edad, que correr no serviría de nada. Notó en ese momento la mano de su madre, que agarraba con fuerza la suya. Sin prisas, sin tirones. Sólo la energía que probaba su presencia allí, a su lado, en cuerpo y alma.
     Supo, también, que su madre había comprendido, al igual que él, que ya era demasiado tarde. Se quedaron allí, mirando por la ventana, abrazados, siendo testigos de cómo el mundo llegaba a su fin.

martes, 28 de agosto de 2018

Y se habían levantado

     Descendieron temerosos. Más allá de sus obligaciones laborales, a nadie le gusta meterse en asuntos que no domina y que es incapaz de controlar. Por eso los vigilantes nocturnos desconfiaban.
     - Son catacumbas, tranquilo, allí no hay nada que nos deba asustar. El verdadero peligro está aquí, en la superficie.
     Palabras de ánimo que se lanzaban uno a otro y en las que ninguno creía.
     - Pero habrá que bajar, ¿no?
     Los ruidos habían sido aquella noche más intensos que de costumbre. Una especie de martilleo, un rugido como de maquinaria pesada que se arrastrase por los pasillos llenos de tumbas y cuyo eco reverberara hasta alcanzar la superficie.
     - Ésas son las trompetas del infierno.
     - Cállate ya.
     Ya los habían oído, no tan intensos, en días anteriores. Y sus compañeros, los afortunados de la ronda diurna, nada. Sólo por la noche.
     Bajaron los primeros escalones en estado de alerta. Habían pensado en ladrones de tumbas, en ratas o cualquier tipo de alimañas, en desprendimientos o inundaciones. En cualquier caso, era su misión detectar el problema, notificarlo y, llegado el caso, ponerle solución.
     Cada avance era un paso más hacia un abismo desconocido.
     Cuando llegaron a los primeros pasillos, sin embargo, el temor dio paso a la consternación.
     - Aquí no hay nada.
     Caminaron por los estrechos pasillos repletos de tumbas, depositadas unas encima de otras en distintos niveles. Apuntaron con sus linternas. Allí no había peligro aparente. También habían cesado los ruidos.
     Uno de ellos de repente, palideció.
     - Pero, ¿esto no estaba lleno de muertos?
     - Claro, de generaciones enteras.
     - Pues ya no están...
     Miraron entonces con más atención. Custodiaban un cementerio subterráneo en el que los cuerpos habían desaparecido. Las tumbas estaban abiertas. Todas. Y vacías.
     No tardarían en comprender que no había ladrones de tumbas. Que los muertos se habían levantado. Que habían cavado y escapado por uno de los conductos de aire. Que avanzaban por las calles, por la superficie, sembrando el terror.
     Si lo hubieran sabido en aquellos momentos, jamás habrían optado por ascender a intentar dar la voz de alarma.
     Porque era peligroso, y porque ya era inútil.

martes, 17 de julio de 2018

Un modelo de cabezonería

     Siempre le habían gustado las piedras. Desde pequeñito. Las veía tan resistentes, y tan frágiles al mismo tiempo, que no podía evitar conmoverse ante su contemplación.
     Las cogía y las lanzaba. Al agua, al campo, contra un árbol, contra un muro. Las veía hundirse, quebrarse, romper el objeto golpeado por ellas, dañar y sufrir daños. Le parecía fascinante.
     Más tarde comenzó a probar el efecto que causaban las piedras al ser arrojadas contra personas. Fue una época difícil, de malos entendidos e incomprensión. Comprobó que los demás, especialmente las víctimas de una pedrada, no compartían su pasión por aquellos objetos y sus efectos, por aquel prodigio de la naturaleza.
     Sabiéndose solo en la experimentación, decidió probar los efectos de las piedras en su propio cuerpo. Pero no es tan fácil tirar piedras contra uno mismo, así que decidió tirarse él contra las piedras. Se sorprendió tremendamente al constatar que las piedras no provocaban en él los mismos efectos que en los demás. Las piedras no le hacían daño, sino que, indefectiblemente, se quebraban al golpearse contra él.
     Sin dudarlo demasiado concluyó que su cariño por las piedras era recíproco, que éstas le respetaban y le querían, que nunca le harían daño, así que siguió experimentando.
     Quebró paredes, vallados, muros y murallas, destrozó acantilados y paredes graníticas arrojándose contra ellas. Comenzó a sentir que se cuerpo era un arma arrojadiza.
     Hasta que un día, se arrancó la cabeza y la arrojó, plana, a un lago. La cabeza botó sobre la superficie del agua, una, dos, tres, cuatro, hasta cinco veces antes de hundirse. Fue un gran lanzamiento. Un logro excepcional.
     Luego pensó en arrojarse al lago para recogerla, aunque finalmente desistió. Cualquier piedra podría valer. Una piedra era una piedra. Así que tomó una, redondeada y enormemente pesada, de un lado del camino, y se la puso sobre los hombros.

lunes, 18 de junio de 2018

Se ve pero no se toca

     Siempre se lo habían dicho. "Se ve pero no se toca".  Tenía, pues, la costumbre de no tocar lo que no era suyo. Pronto empezó a preguntarse qué era eso de "suyo". El concepto de la propiedad comenzó a inquietarle hasta alcanzar niveles patológicos. Sobre todo porque, según la regla asumida desde la infancia, no debía tocar lo que era propiedad de otro.
     Podía haber superado las implicaciones de la regla; podía, de hecho, haber supuesto que todo era suyo, que todo era de todos, si cabe, y haber comenzado a manosear cualquier cosa que se cruzara en su camino; sin embargo, tomó la decisión más conservadora, la más discreta, aunque quizá no la más acertada: en sentido estricto, nada era suyo. Lo que no tenía propiedad común carecía de propiedad alguna, y lo obtenido por compra o contrato estaba supeditado a la validez o no de esas compras y de esos contratos que eran, en última instancia, otros conceptos igual de discutibles que el de propiedad.
     Ante la ausencia de un referente claro, de un derecho establecido, universal y tautológico, decidió, pues, dejar de tocar.
     Sólo miraba, llevando por tanto al límite aquella máxima. "Se ve pero no se toca".
     Pasó tanto tiempo viendo sin tocar que su vista se agudizó hasta límites sobrehumanos. Notó, además, un par de efectos sorprendentes provocados por su actitud y manifestados con el transcurrir de los años.
     El primero fue que tras un largo tiempo en su persistente actitud notó cómo no le tocaban a él tampoco, en respuesta proporcional a su actitud de no tocar.
     El segundo, que él miraba, sí, pero los demás habían dejado de mirarle a él.
     Tardó algo más de tiempo en comprobar que, incluso, habían dejado de verle.