Cuentan que, cada sesenta años, la diosa Fortuna desciende de las cimas olímpicas y se pasea por las calles estrechas y sencillas de un pequeño pueblo a orillas del Mar Egeo, hasta desaparecer entre los bosques que lo rodean.
No es fácil reconocerla, pues la diosa, maestra conocedora del espíritu humano de todas las épocas, sabe pasar desapercibida, pero quienes, a lo largo de la historia, afirman haberla visto, la describen como una mujer joven, elegante, de correcta indumentaria y trato irreprochable.
Cuentan que aquel que, durante su breve deambular, se acerca a ella y le dirige la palabra, o simplemente la saluda con cortesía, recibe el don de la eterna fortuna. Naturalmente, dadas las circunstancias, son los habitantes del pueblo quienes, la mayoría de las veces, reciben semejante regalo divino.
Es tanta la suerte que durante los siglos se ha ido desparramando en aquel lugar que sus habitantes, ya sea por el encuentro personal con la diosa o por el establecido por alguno de sus ancestros, presumen de ser los más afortunados del mundo.
Son tan, tan afortunados que, según dicen, poseen todo lo que han podido desear y, aún así, reposan en el anonimato.
martes, 10 de octubre de 2006