lunes, 9 de mayo de 2011

Pandemia

Cuando aquella mañana se miró al espejo lo tuvo claro. Ojos hinchados e inyectados en sangre, labios cortados, piel reseca y pálida, penetrante dolor de cabeza, ritmo respiratorio irregular, dolor y malestar general. No había duda: él era el portador primigenio de una enfermedad altamente contagiosa que, extendida en forma de pandemia, acabaría, con total probabilidad, con la mayor parte de la humanidad.
Trató de hacerse a la idea. No es fácil asumir que la especie a la que has pertenecido desde tu nacimiento está al borde de una extinción violenta y dolorosa, pero si además todo comienza en ti, en tu propio organismo, la cosa adquiere aún una mayor dimensión.
Probablemente todo comenzaría con vómitos, temblores, convulsiones; tal vez los ojos enrojecieran como los de un diablo, tal vez la piel se llenara de llagas purulentas, o se cayeran los dientes, o empezaran todos a escupir toneladas de sangre. Todo ello llevaría a una muerte espantosa.
En escasos días las ciudades serían un caos, los servicios habrían dejado de funcionar, las calles se encontrarían llenas de cadáveres y la humanidad habría quedado reducida a un puñado de almas en pena vagando sin sentido y esperando su contagio, condenación y muerte definitiva.
Ante tal perspectiva, decidió pasarse por la consulta de un especialista.
Cuando el galeno le dijo que se trataba de un vulgar principio de resfriado, su rabia se desató. Cómo se atrevía, su ineptitud supondría el fin de la raza humana, por Dios, si ni siquiera intentaba ponerlo en cuarentena, el mundo le culparía a él, y todos morirían como animales de granja por su estulticia y molicie.
Luego, por la tarde, se volvió a mirar al espejo y se notó mejorado. Trató de escupir sangre, de arrancarse un diente, de morderse la lengua, de devorarle los intestinos al vecino, de sufrir un ataque epiléptico, de vomitar entre convulsiones. Nada.
Sintió un odio tremendo por sí mismo y por todos los seres humanos, esa especie biológicamente frágil que había sobrevivido, una vez más, de pura casualidad.