miércoles, 20 de junio de 2012

Abre los ojos

     La cripta ya no daba miedo. Tal vez al principio, cuando su interior es desconocido, cuando los ojos aún no se han acostumbrado a la oscuridad, cuando persistía esa extraña inquietud que deriva de la sensación de estar profanando un lugar sagrado.
     Pero ya no. Después de un par de horas la oscuridad no era tan oscura, las tumbas no eran más que depósitos de huesos inertes y los ataúdes que en ellos yacían asemejaban pequeñas cajas de música decoradas con dedicación de las que en cualquier momento podían, al destaparlas, surgir exquisitas bailarinas.
     El principal de estos ataúdes se encontraba en el centro de la cripta, y sobre él se inclinaban los tres investigadores como científicos en un laboratorio. Extrajeron los clavos, viejos y oxidados, y movieron la pesada tapa, que crujió como las puertas del infierno, hasta que finalmente consiguieron levantarla entre nubes de polvo. Los investigadores, sorprendidos, comenzaron a toser, se taparon la cara, agitaron el aire tratando de dispersar la capa de suciedad flotante.
     Cuando finalmente lo consiguieron pude verles. Yo ya había abierto los ojos. Nuestras miradas se cruzaron, y antes de incorporarme, antes incluso de levantar la mano y saludarles, ya habían iniciado una desordenada carrera hacia el exterior. Ni siquiera pude hablarles. Tampoco supe muy bien si agradecerles su ayuda, pues ya hacía tiempo que necesitaba que alguien me abriera el ataúd, o si reprenderles por haber perturbado mi descanso pleno de comodidades.
     Una cosa era segura. Ya debían de estar lejos, sería difícil encontrarlos si no comenzaba a buscarlos cuanto antes. Y sobre otra cosa, desde luego, no cabía duda alguna: yo había vuelto.