La escalera es empinada, y cuada escalón cuesta lo suyo. Por eso la luz, la certeza de que hay algo al final, sirve como consuelo y como incentivo para el visitante, desalentado por el esfuerzo.
A los que consiguen llegar se les franquea la entrada. Ya han cumplido. La recompensa es, de hecho, poder entrar en el cuarto. En su interior verán, al fondo, una mesa. Apenas hay nada más: ni mobiliario, ni cuadros, ni ventanas. Solo un espacio que llega a la mesa. Sobre ella, un pequeño flexo con la bombilla encendida.
Sentado en una silla, con las piernas ocultas bajo la mesa, está él. Parece afable, comprensivo con los que llegan, siempre cansados y faltos de aire.
Les da unos segundos para que se recompongan y formulen su deseo. Todos lo hacen con premura. Con lo que ha costado llegar, no conviene entregarse a las dudas y los titubeos.
Luego, cuando el deseo ha sido formulado, el hombre afable tira los dados. Ellos dictan sentencia pues, dependiendo del resultado, el deseo se cumplirá o el alma del solicitante quedará, para siempre, atada a la escalera, aumentando en uno el número de peldaños.
jueves, 22 de enero de 2026