Me lo dijo así, a bocajarro, sin tiempo para prepararme. La verdad es que estuve a punto de sufrir un cortocircuito. ¿A mí, que mienta? ¿Yo, que tengo por bandera mi sinceridad inquebrantable, contra viento y marea?
Traté de decir algo, pero solo emití un balbuceo infantil y, sin duda, absurdo. Creo que se dio cuenta de mi incomodidad y, actuando con benevolencia, lo dejó estar.
Luego dije algo todavía más estúpido. Algo como "las nubes son verdes" o "me llamo Diocleciano". Sonrió. Sonreí. Así que dije más bobadas, intentando enlazarlas, una tras otra, como una letanía que pretendiera ser interminable, como el "vamos a contar mentiras" de la canción.
Comencé a darme cuenta de un hecho curioso. Lo estaba disfrutando. Supe entonces que me gustaba mentir y que no quería dejar de hacerlo.
Llevaba ya un buen rato cuando sentí que mi actitud empezaba a molestar.
- ¿Quieres parar ya? -me dijeron.
Yo contesté que sí. Estaba mintiendo, por supuesto. La verdad era que no tenía intención de volver a decir una sola verdad en mi vida.
domingo, 8 de marzo de 2026