No dijo nada. No había nada que decir. Eso de soltar largos discursos antes de dar la estocada definitiva es propio de películas malas, de esas ficciones que necesitan explicarse a sí mismas para resultar verosímiles. No era su caso.
Así que hizo descender el cuchillo. Una vez, y otra, y otra, sobre el estómago de la víctima. Con cada cuchillada, al desprender la hoja del interior del cuerpo, brotaba un chorro de sangre, como un manantial que teñía sus manos, sus ropas y su rostro de sangre ajena.
La última puñalada fue directa al corazón. La víctima había ya dejado de jadear, y sus manos ya no sujetaban sus vísceras salientes. Un charco de sangre se extendía por el suelo.
En ese momento, en el mismo instante del golpe final, un trueno retumbó en el cielo. Se avecinaba tormenta.
Ni él mismo, si hubiera podido, hubiera preparado un escenario más adecuado.
miércoles, 26 de agosto de 2026