jueves, 12 de marzo de 2026

La navaja de Ockham

     Un día, Felicio le contó a Tomaso que tenía un fantasma en casa. O eso creía. Lo contó con verdadera angustia, como una confesión vergonzosa, y a Tomaso no le cupo la menor duda de que Felicio decía la verdad o, al menos, de que Felicio estaba convencido de que lo que le pasaba era real.

     Un tiempo después volvieron a encontrarse. Tomaso encontró a Felicio visiblemente alterado, físicamente demacrado y preocupantemente trastornado. Este contó, entre delirios, que había descubierto la identidad del fantasma y que estaba buscando la manera de enfrentarse a él y obligarle a abandonar su presencia espectral en este mundo. A trascender, dijo. Aunque no quiera, dijo.

     Tras el encuentro, Tomaso quedó muy preocupado por Felicio, de modo que, al día siguiente, trató de contactar con él. Le fue imposible. Le ha sido imposible desde entonces, de hecho, y de eso hace ya casi dos semanas.

     Tomaso sabe que los fantasmas no existen. Tal vez Felicio abandonó su casa para no volver, sin decirle nada a nadie. Tal vez tuvo alguna emergencia familiar o una oferta de trabajo urgente que le obligó a salir de forma precipitada. Hasta podrían haberlo secuestrado unos mafiosos. Cualquier hipótesis sería más factible que un encuentro con una entidad fantasmal hostil.

     Y, sin embargo, Tomaso intuye que, en este caso, la hipótesis más improbable tiene muchos visos de ser cierta...

domingo, 8 de marzo de 2026

La verdad es insoportable

     - Miénteme.

     Me lo dijo así, a bocajarro, sin tiempo para prepararme. La verdad es que estuve a punto de sufrir un cortocircuito. ¿A mí, que mienta? ¿Yo, que tengo por bandera mi sinceridad inquebrantable, contra viento y marea?

     Traté de decir algo, pero solo emití un balbuceo infantil y, sin duda, absurdo. Creo que se dio cuenta de mi incomodidad y, actuando con benevolencia, lo dejó estar.

     Luego dije algo todavía más estúpido. Algo como "las nubes son verdes" o "me llamo Diocleciano". Sonrió. Sonreí. Así que dije más bobadas, intentando enlazarlas, una tras otra, como una letanía que pretendiera ser interminable, como el "vamos a contar mentiras" de la canción.

     Comencé a darme cuenta de un hecho curioso. Lo estaba disfrutando. Supe entonces que me gustaba mentir y que no quería dejar de hacerlo.

     Llevaba ya un buen rato cuando sentí que mi actitud empezaba a molestar.

     - ¿Quieres parar ya? -me dijeron.

     Yo contesté que sí. Estaba mintiendo, por supuesto. La verdad era que no tenía intención de volver a decir una sola verdad en mi vida.

jueves, 5 de marzo de 2026

Entre las Pléyades

     - Algo pasa en Electra.
     
     Lo dijo con toda la calma del mundo, como si fuera una cuestión rutinaria. Le pedí que ampliara esa información.

    - Lo que oyes, capitán. Hemos dejado de recibir luz de la estrella de Electra. Creo, humildemente, que podemos empezar a temer que se produzca un contagio al resto de las estrellas de las Pléyades. Celeno ya está mostrando síntomas.

     "Humildemente", había dicho. Me pregunté cómo podía alguien humildemente diagnosticar un constipado interestelar y quedarse tan tranquilo.

     - Pero eso es muy grave -afirmé con un tono interrogativo subyacente.

     Mi segundo de a bordo asintió. No dijo nada más. Ya llevábamos años temiendo que la inestable situación política en la sociedad de los Molks, la raza mayoritaria en, al menos, cuatro de las Siete Hermanas de las Pléyades, terminara por estallar. El momento, lamentablemente, había llegado. O eso parecía.

     - Bien, pongamos rumbo a las Pléyades. Y que cada uno se encomiende a su Dios de cabecera. Necesitaremos toda la ayuda posible.

     No había yo terminado de hablar, cuando los pilotos introducían ya las coordenadas que nos llevarían, en apenas unos segundos, al entorno de las siempre bellas, pero siempre peligrosas, Siete Hermanas.

domingo, 1 de marzo de 2026

Algo parecido a un hogar

     Llegó aterrado, enajenado, aterido de frío. Llamó a la puerta con tal debilidad que ni tan siquiera pasó por la mente de la anciana que pudiera tratarse de una amenaza. Era un ser desvalido, un joven perdido y medio desfallecido que se agarró a la luz de su casa como a una tabla de salvación.

     Se tomó un caldo caliente, que pareció hacerle efecto. Respiraba más tranquilo, encogido sobre el sofá, en posición fetal, mientras miraba las llamas que crepitaban en la chimenea.

     La anciana le preguntó quién era, de dónde venía, cómo podía encontrar a algún familiar, pero solo recibía respuestas a medias, palabras sin sustancia.

     De repente los lobos aullaron allá arriba, en la montaña. No era normal oírlos, y menos en noches tan frías.

     El joven levantó la cabeza y, como si estuviera poseído, dijo:

     - Ya vienen. Hay que salir de aquí cuanto antes.

     La anciana se quedó mirando al joven. Sorbió de su caldo.

     - No podemos huir. No tiene sentido huir -contestó, para sorpresa del joven. - Los combatiremos.

     Subió la escalera. Cuando bajó, llevaba una recortada en cada mano, una ristra de balas colgada del cuello y un cinturón con una buena variedad de cuchillos.