jueves, 22 de enero de 2026

Al final de la escalera

    Al final de la escalera hay un cuarto con la puerta abierta. Dentro del cuarto hay una luz encendida.

    La escalera es empinada, y cuada escalón cuesta lo suyo. Por eso la luz, la certeza de que hay algo al final, sirve como consuelo y como incentivo para el visitante, desalentado por el esfuerzo.

    A los que consiguen llegar se les franquea la entrada. Ya han cumplido. La recompensa es, de hecho, poder entrar en el cuarto. En su interior verán, al fondo, una mesa. Apenas hay nada más: ni mobiliario, ni cuadros, ni ventanas. Solo un espacio que llega a la mesa. Sobre ella, un pequeño flexo con la bombilla encendida.

    Sentado en una silla, con las piernas ocultas bajo la mesa, está él. Parece afable, comprensivo con los que llegan, siempre cansados y faltos de aire.

    Les da unos segundos para que se recompongan y formulen su deseo. Todos lo hacen con premura. Con lo que ha costado llegar, no conviene entregarse a las dudas y los titubeos.

    Luego, cuando el deseo ha sido formulado, el hombre afable tira los dados. Ellos dictan sentencia pues, dependiendo del resultado, el deseo se cumplirá o el alma del solicitante quedará, para siempre, atada a la escalera, aumentando en uno el número de peldaños.

jueves, 15 de enero de 2026

Mastica

    Ya lo decía mi madre: "Mastica bien la comida antes de tragar". Dicen que hay que masticar cada bocado unas 30 o 40 veces antes de tragar. Pero es que esas veces son muchas, y pronto apetece acabar con ese bocado y comenzar con el siguiente...

    Eso es una verdad popularizada, incluso en el país de los monstruos. La mamá monstruo, no obstante, añadía un corolario: "asegúrate de que tu comida ya no está viva cuando llega a tu estómago". Claro, es muy fácil comerse un infante, o un recién nacido, o a un grupo de náufragos así, con el ansia, tragando sin masticar, y luego estos, desde dentro, aún con vida, quieren salir.

    Que le pregunten, si no, al lobo de Caperucita, o al de los siete cabritillos, o a la ballena de Pinocho, o a la de Jonás en la biblia, o a Saturno. Son casos suficientes como parar prestar la debida atención.

    Hay que hacer caso a las madres. Y a las madres monstruo, con más razón.

domingo, 11 de enero de 2026

Solo una vez más

     - Dame un poco, por favor. Será la última vez...

     La verdad era que el tipo parecía desesperado. Ojos rojos, manos temblorosas, labios vibrantes... y un tono de voz que parecía mezclar el ansia con un inquietante fondo de amenaza.

     - No te conviene -le dije, cortante.

     Me miró de hito en hito, enajenado, como si no diera crédito a lo que le estaba diciendo.

     - Claro que me conviene, joder -me contestó, y ya antes de ese "joder" había yo percibido su tono imperativo. - A todos nos conviene. Es la poción mágica, maldita sea. Vamos, solo una vez más...

     Negué con la cabeza.

     - A nadie le conviene, porque luego todos piden más. Esta poción es una condena.
     - ¡Esta poción es la salvación!

     Y me agarró la muñeca con una rapidez y una fuerza que me cogieron por sorpresa.

     - ¡Fuera de aquí! -grité, en un último intento de intimidación.
     - No hasta que me des un poco más -dijo en un susurro, como amenaza definitiva.

     Utilicé mi mano libre para golpearlo en la cabeza con un objeto contundente, el primero que tuve al alcance. Cayó al suelo, inconsciente, con una brecha en la cabeza de la que no paraba de manar sangre.

     - Tuve que decidir, entonces, si le daba la poción y le salvaba la vida, o si le evitaba la condena de pasar el resto de su vida enganchado a ella.

viernes, 9 de enero de 2026

¿Adónde quieres ir?

     No me atreví ni a preguntar. El caso es que, en cuanto pulsé el botón, aquel vehículo comenzó a desplazarse a velocidad de vértigo. Yo, en su interior, observaba las calles, los edificios, dejándolos atrás cada vez con mayor rapidez.

     Tanta rapidez que, a partir de cierto punto, toda la realidad comenzó a transfigurarse. Los objetos se alargaban, se deformaban y acababan convertidos en fogonazos de color. Vi la ciudad desaparecer ante mis ojos, y vi cómo en su lugar surgían, aparentemente de la nada, bosques de densa vegetación.

     No tardé mucho en darme cuenta de que no había viajado en el espacio, sino que había puesto en marcha una máquina del tiempo.

     Lo que no podía precisar era si había viajado el futuro, o al pasado. Hasta que los vi a ellos, abalanzándose sobre los protectores de la máquina.