jueves, 26 de marzo de 2026

Dame la razón por una vez

     - Dame la razón por una vez, anda...
     - No.

     Le miró de arriba a abajo. Se le mostraba altanero, seguro de sí mismo.

     - Pero en algo estaremos de acuerdo, ¿no?
     - No lo creo.

     La única solución, como sucede en estos casos, era darle la vuelta a la tortilla.

     - ¿Sabes que creo yo? Creo que nunca estaremos de acuerdo en nada.
     - Hombre, no creo que sea para tanto.
     - Pues estamos de acuerdo en que podríamos estar de acuerdo si quisiéramos.
     - No lo veo nada claro, la verdad.

     Notó que la desesperación se iba apoderando de él.

     - Bueno, será mejor que lo dejemos aquí.
     - Como quieras, pero porque tú quieres.
     - Sí, es porque yo quiero, en eso estamos de acuerdo.
     - O no.

lunes, 23 de marzo de 2026

¿A quién quieres que asesine?

     Me lo dijo con total naturalidad.

     - ¿A quién quieres que asesine?

     Se había sentado junto a mí de forma aparentemente casual, como quien busca conversación en alguien sentado solo en una mesa contigua. Pronto me había comenzado a hablar de su labor.

     - Elimino a gente molesta. Molesta para otros. ¿Hay alguien molesto para ti? ¿A quién quieres que asesine?

     Cuando vio mi cara de sorpresa, decidió añadir alguna explicación extra.

     - No sale muy caro, en realidad. Y yo actúo de forma rápida y limpia, sin problemas y sin burocracia.

     No dije nada al respecto, pero me pregunté qué tipo de burocracia ahorraba. Supuse que las investigaciones policiales, claro. Me picó la curiosidad.

     - ¿Y cómo lo haces?

     Pregunté con total inocencia; no obstante, en cuanto mis palabras salieron de mi boca comprendí que, en el fondo, estaba mostrando interés en los servicios que ofrecía y, por consiguiente, interés, siquiera potencial, en hacer uso de ellos.

     Tampoco me importó demasiado. De hecho, desde el momento en que me contó lo que hacía, mi mente ya había comenzado a construir una lista de posibles víctimas. Y la idea comenzaba a seducirme.

     - ¿Podrías hacerme un dos por el precio de uno?

jueves, 12 de marzo de 2026

La navaja de Ockham

     Un día, Felicio le contó a Tomaso que tenía un fantasma en casa. O eso creía. Lo contó con verdadera angustia, como una confesión vergonzosa, y a Tomaso no le cupo la menor duda de que Felicio decía la verdad o, al menos, de que Felicio estaba convencido de que lo que le pasaba era real.

     Un tiempo después volvieron a encontrarse. Tomaso encontró a Felicio visiblemente alterado, físicamente demacrado y preocupantemente trastornado. Este contó, entre delirios, que había descubierto la identidad del fantasma y que estaba buscando la manera de enfrentarse a él y obligarle a abandonar su presencia espectral en este mundo. A trascender, dijo. Aunque no quiera, dijo.

     Tras el encuentro, Tomaso quedó muy preocupado por Felicio, de modo que, al día siguiente, trató de contactar con él. Le fue imposible. Le ha sido imposible desde entonces, de hecho, y de eso hace ya casi dos semanas.

     Tomaso sabe que los fantasmas no existen. Tal vez Felicio abandonó su casa para no volver, sin decirle nada a nadie. Tal vez tuvo alguna emergencia familiar o una oferta de trabajo urgente que le obligó a salir de forma precipitada. Hasta podrían haberlo secuestrado unos mafiosos. Cualquier hipótesis sería más factible que un encuentro con una entidad fantasmal hostil.

     Y, sin embargo, Tomaso intuye que, en este caso, la hipótesis más improbable tiene muchos visos de ser cierta...

domingo, 8 de marzo de 2026

La verdad es insoportable

     - Miénteme.

     Me lo dijo así, a bocajarro, sin tiempo para prepararme. La verdad es que estuve a punto de sufrir un cortocircuito. ¿A mí, que mienta? ¿Yo, que tengo por bandera mi sinceridad inquebrantable, contra viento y marea?

     Traté de decir algo, pero solo emití un balbuceo infantil y, sin duda, absurdo. Creo que se dio cuenta de mi incomodidad y, actuando con benevolencia, lo dejó estar.

     Luego dije algo todavía más estúpido. Algo como "las nubes son verdes" o "me llamo Diocleciano". Sonrió. Sonreí. Así que dije más bobadas, intentando enlazarlas, una tras otra, como una letanía que pretendiera ser interminable, como el "vamos a contar mentiras" de la canción.

     Comencé a darme cuenta de un hecho curioso. Lo estaba disfrutando. Supe entonces que me gustaba mentir y que no quería dejar de hacerlo.

     Llevaba ya un buen rato cuando sentí que mi actitud empezaba a molestar.

     - ¿Quieres parar ya? -me dijeron.

     Yo contesté que sí. Estaba mintiendo, por supuesto. La verdad era que no tenía intención de volver a decir una sola verdad en mi vida.