jueves, 16 de abril de 2026

La apuesta

    - Hice una apuesta y me salió mal -me dijo.

    Yo lo veía nervioso. Ya desde hacía varios días, pero especialmente aquella noche. Miraba a un lado y a otro, compulsivamente, como si quisiera ver por encima de su hombro.

    - ¿Cómo de mal? -le pregunté, tratando de generar una reacción proporcional al volumen del problema en cuestión.

    - Muy mal -fue lo único que contestó.

    Por un momento pensé que iba a echarse a llorar allí mismo. Hubiera sido bastante incómodo, la verdad. Él seguía mirando, no le quitaba ojo a la puerta, no sé si porque tenía ganas de salir o por temor a quién pudiera entrar por ella.

    - Me voy -dijo de forma apresurada. Se levantó y se fue.

    De algún modo supe, en aquel mismo instante, que no volvería a verlo en mi vida.


lunes, 13 de abril de 2026

El cotizado don de la inoportunidad

    Hay veces que una llamada de teléfono se produce en el momento más inoportuno. Entonces, uno tiende a mirar con asco el dispositivo, su sonido atrayente, su luz. No es inhabitual que la llamadas inoportunas tengan, al mismo tiempo, un origen oculto. Uno piensa entonces que podría ser una llamada no deseada, no solo por el momento en el que se produce, pues en eso no hay duda, sino por su finalidad o su contenido.
    Sucede que uno siempre tiene alguna cuenta pendiente, algún lugar desde el que podría recibir una llamada oculta que fuera esperada, deseada o, incluso, ilusionante. Así que descuelga el teléfono y escucha con atención.
    Habría que realizar un estudio de campo concienzudo para determinar en qué porcentaje de estos casos descritos la llamada resulta ser, en efecto, basura. Pero la intuición nos dice que en un número muy elevado.
    Sin embargo, el receptor de la llamada sigue descolgando, esperando con ilusión que, esta vez sí, sea la llamada esperada.
    Como quien, día a día, durante años enteros, se asoma a la ventana esperando ver llegar, porque sí, esa gran noticia que cambie su vida para siempre.

viernes, 10 de abril de 2026

El monte que escupe fuego

    Contaban leyendas atávicas que el monte que escupía fuego era la puerta al paraíso. El intrépido explorador que se atreviera a acercarse tendría que atravesar kilómetros de bosques, espesos y poblados de bestias inmundas, lugares donde no llegaba la luz del sol y donde la vida se había desarrollado en forma antinatural y demoniaca.
    Si la suerte acompañaba y atravesaba con vida aquel territorio de muerte y destrucción, el explorador se encontraría a los pies del monte que escupía fuego. Tendría entonces que ascender por su ladera, esquivando las llamas que caían del cielo y las que, abriendo la tierra, ardían a sus pies.
     Si coronaba la cima, se daría de bruces con las puertas del paraíso, vigiladas por dos arcángeles con espadas ardientes. Solo los elegidos podrán atravesarlas, y aún no existe ser humano que haya regresado para describir su interior, de modo que solo podemos imaginar las bondades que guarda.
    - ¿Qué hacemos? -preguntó.
    - ¿Pues qué vamos a hacer? Buscar las puertas del paraíso, y atravesarlas.
    Así que emprendieron camino con todo el optimismo del mundo como principal equipaje.

martes, 7 de abril de 2026

Una isla pegada al mar

    La nave encalló en unos arrecifes. El golpe fue duro. La quilla quedó destruida. Inservible. Tuvimos, por tanto, que asimilar que la estancia en aquella pequeña isla, en mitad de la nada, iba a ser larga. No iban a venir a buscarnos, desde luego.
    Lo primero que nos llamó la atención fue la presencia de unos extraños mamíferos, con apariencia de roedores y el tamaño de una oveja, que nos recibieron en la costa. Pertenecían, sin lugar a dudas, a una especie aún no catalogada por la ciencia. Algo parecido observamos en los insectos que nos rodeaban, irreconocibles incluso para el más experto entomólogo.
    Decidimos construir cuanto antes un refugio que pudiera protegernos de las inclemencias meteorológicas. Fue, desde luego, una decisión acertada, pues aquella noche nos cayó una tromba considerable de agua que, sin un techo bajo el que protegernos, nos habría causado graves perjuicios.
    Fue a la mañana siguiente, poco después de despertar, cuando nos dimos cuenta de que no éramos la única especie intelectualmente superior que habitaba la isla. Y que eran decididamente hostiles.
    A partir de aquel momento, todo quedó reducido a una lucha desesperada por la supervivencia.