domingo, 21 de junio de 2026

La bala mágica

    Todos sabíamos que había francotiradores apostados en los edificios colindantes. Era evidente. Tan evidente, que habíamos visto morir a nuestro amigo delante de nosotros, a escasos diez metros, agonizando y desangrándose, gritando de dolor, y lo habíamos hecho sin mover ni un solo dedo. Acojonados.

    La cosa era que el vehículo estaba ante nosotros, con las llaves puestas y el motor arrancado, joder. Diciendo venid a mí, tomadme y salvaos, panda de cagados, yo soy la libertad y el fin de vuestros problemas.

    Pero el primero que lo había intentado, el amigo, había recibido un balazo en el costado y, al caer al suelo, otro en la pierna. A medio camino del vehículo. Se había quedado ahí, gritando, gimiendo como un jabalí herido. Había intentado arrastrarse hacia delante, luego arrastrarse hacia atrás, hacia nosotros. Todo de manera infructuosa.

    Y no le habían disparado más. No habían querido rematarlo. Era mejor dejar que se desangrara entre estertores delante de nosotros. El miedo es, también, un arma poderosa. Y el horror.

    Ahora ya estaba muerto. Y el coche seguía arrancado. Llamándonos. Y nosotros seguros de que los francotiradores seguían ahí, observando por la mirilla, esperando a que nos animáramos a salir para meternos una bala en el cráneo o, mejor aún, en cualquier órgano del cuerpo que nos causara una muerte lenta y lo más dolorosa posible.

viernes, 19 de junio de 2026

La casa

    Comenzaron a construir una casa en la parcela contigua a la suya. Iban rápido, trabajando a destajo, así que en un par de semanas ya tenía los cimientos y comenzaban a elevarse los primeros muros. Pronto pudo ver que la estructura de la casa tenía muchas similitudes con la de aquella que él mismo habitaba.

    "Viviendas gemelas", pensó. "Propio de un plan urbanístico estructurado".

    Pronto comprobó que, en efecto, la casa recién construida era idéntica a la suya, hasta en los más nimios acabados, como los farolillos exteriores o la disposición de los balcones frisados.

    Se le colocó un cartel de venta que apenas duró unos días, y pronto llegó un camión de mudanzas cuyo contenido fue poblando el interior de la vivienda. Muebles de salón, sofás, cortinas, mesa del comedor, sillas para la cocina... él miraba observado la similitud de aquellos muebles con los suyos propios. A veces, asomado a la ventana, observaba el interior de la casa de al lado y, acto seguido, se giraba para observar su propio salón. Le parecían el mismo.

    El asunto comenzó a inquietarle cuando, mientras paseaba, observó que estaban descargando libros. Discretamente se acercó a curiosear. Todos aquellos libros eras los mismos que él tenía en su librería. No reconoció ninguno que él no tuviera.

    Finalmente, la casa se concluyó, y el comprador llegó para habitarla. Él la miraba, de cuando en cuando, sorprendido con que hubieran clonado su propia vivienda. Las mismas luces, el mismo televisor, los mismos electrodomésticos. El mismo coche aparcado en el garaje.

    Una vez vio que el nuevo vecino salía a la terraza superior. Lo hizo él también, dispuesto a presentarse, aunque fuera a distancia, y a intentar resolver aquel misterio que ya comenzaba a atenazarlo.

    Lanzó un saludo. El vecino lo observó. Levantó la mano correspondiendo al saludo. Al verle el rostro, se quedó de piedra. 

    El nuevo vecino, habitante de una casa igual a la suya, era, de hecho, él mismo.


lunes, 15 de junio de 2026

El libro de viajes

    Célebre en su género son los libros de viajes de Tom McGrath, un inglés que escribió decenas de ellos en las primeras décadas del pasado siglo XX.

    Admirado por legiones de lectores, su estilo fresco y desenfadado, así como sus impresiones, profundas y siempre pertinentes, sembraron las semillas de las que brotarían las nuevas generaciones de escritores de viajes.

    Lo más curioso es que Tom McGrath no viajó en su vida. A ninguna parte. Una afección en las piernas lo tuvo recluido en casa durante toda su vida. Solo salía al caer la tarde, contaba él, para dar un ligero paseo, de apenas unos minutos, que le dejaba agotado como una maratón.

    Tiene mérito, en cualquier caso, que, en una época en la que las imágenes por satélite y la localización no estaban al alcance de nadie, Tom McGrath fuera capaz de escribir libros de viaje sobre países y regiones de los cinco continentes, con un detalle y una precisión que casi podrían tildarse de sobrenaturales.


domingo, 7 de junio de 2026

La olvidadera

    Alguien lo había condenado. Un juez, un tribunal. Nunca supo los cargos de los que se le acusaba; nunca vio el rostro de los acusadores. Tan solo una palabra: "la olvidadera".

    Luego muchas manos que lo agarraban de los brazos y lo llevaban a rastras. Un camino que se hizo eterno, pero que quizá no fueron más que unos metros.

    Apenas le daban tiempo para abrir los ojos. Apenas tenía aire para gritar.

    Cuando dejaron de arrastrarlo, volvió a oír aquella palabra, solemne, impía.

    "La olvidadera".

    Solo entonces abrió los ojos, y vio un abismo impenetrable, oscuro e insondable. Una especie de pozo que no llevaba a ninguna parte.

    A ninguna parte, claro, salvo al olvido.

    Cuando notó que lo iban a dejar caer, que lo iban a arrojar a la olvidadera, deseó que no lo hicieran, que aquellas manos no dejaran de agarrarlo, que lo sujetaran hasta quebrarle los huesos.

    Pero fue en vano.

    Lo siguiente que notó fue el aire que golpeaba su rostro mientras aumentaba la velocidad de la caída.