jueves, 5 de marzo de 2026

Entre las Pléyades

     - Algo pasa en Electra.
     
     Lo dijo con toda la calma del mundo, como si fuera una cuestión rutinaria. Le pedí que ampliara esa información.

    - Lo que oyes, capitán. Hemos dejado de recibir luz de la estrella de Electra. Creo, humildemente, que podemos empezar a temer que se produzca un contagio al resto de las estrellas de las Pléyades. Celeno ya está mostrando síntomas.

     "Humildemente", había dicho. Me pregunté cómo podía alguien humildemente diagnosticar un constipado interestelar y quedarse tan tranquilo.

     - Pero eso es muy grave -afirmé con un tono interrogativo subyacente.

     Mi segundo de a bordo asintió. No dijo nada más. Ya llevábamos años temiendo que la inestable situación política en la sociedad de los Molks, la raza mayoritaria en, al menos, cuatro de las Siete Hermanas de las Pléyades, terminara por estallar. El momento, lamentablemente, había llegado. O eso parecía.

     - Bien, pongamos rumbo a las Pléyades. Y que cada uno se encomiende a su Dios de cabecera. Necesitaremos toda la ayuda posible.

     No había yo terminado de hablar, cuando los pilotos introducían ya las coordenadas que nos llevarían, en apenas unos segundos, al entorno de las siempre bellas, pero siempre peligrosas, Siete Hermanas.

domingo, 1 de marzo de 2026

Algo parecido a un hogar

     Llegó aterrado, enajenado, aterido de frío. Llamó a la puerta con tal debilidad que ni tan siquiera pasó por la mente de la anciana que pudiera tratarse de una amenaza. Era un ser desvalido, un joven perdido y medio desfallecido que se agarró a la luz de su casa como a una tabla de salvación.

     Se tomó un caldo caliente, que pareció hacerle efecto. Respiraba más tranquilo, encogido sobre el sofá, en posición fetal, mientras miraba las llamas que crepitaban en la chimenea.

     La anciana le preguntó quién era, de dónde venía, cómo podía encontrar a algún familiar, pero solo recibía respuestas a medias, palabras sin sustancia.

     De repente los lobos aullaron allá arriba, en la montaña. No era normal oírlos, y menos en noches tan frías.

     El joven levantó la cabeza y, como si estuviera poseído, dijo:

     - Ya vienen. Hay que salir de aquí cuanto antes.

     La anciana se quedó mirando al joven. Sorbió de su caldo.

     - No podemos huir. No tiene sentido huir -contestó, para sorpresa del joven. - Los combatiremos.

     Subió la escalera. Cuando bajó, llevaba una recortada en cada mano, una ristra de balas colgada del cuello y un cinturón con una buena variedad de cuchillos.

jueves, 26 de febrero de 2026

No soy yo

     - No soy yo -me dijo. - Son las voces. No sé de dónde vienen. Me dicen cosas. Cosas de la gente. Cosas que yo no debería saber.

     Hablaba con calma, como si lo hiciera por boca de otros, como si ella no fuera más que un canal. La verdad es que quise preguntarle por su método, por las voces, cómo eran, qué querían, si las concebía peligrosas. Pero pudo más mi curiosidad egoísta.

     - ¿Y te están diciendo algo de mí ahora?

     Ella asintió.

     - Las estoy oyendo en este mismo instante.

     La invité a continuar con un leve gesto.

     - ¿Y qué dicen?

     Suspiró.

     - Dicen que ya estás muerto.

lunes, 23 de febrero de 2026

Mete el dedo aquí

     - La máquina trituradora está atascada.
     - Vaya, qué faena.
     - ¿Y ahora, qué hacemos?

     Al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras se agitaba, se agachaba y volvía a levantarse, metía las narices a un lado y otro de la máquina.

     - Creo que veo dónde está el atasco -concluyó.

     Entonces me pidió que me agachara junto a él. Y así, tumbados boca arriba, uno junto al otro, me señaló.

     - Mira. ¿Ves allí? Entre las cuchillas.

     Yo no veía gran cosa.

     - Solo hay que meter el dedo y sacarlo -dijo, mientras me miraba.

     Y me siguió mirando, en silencio, como si yo tuviera que decir algo, como si fuera a presentarme voluntario a que me cercenaran el dedo. Menudo cabrón.

     - Vamos -dijo, finalmente.
     - Vamos, qué.
     - ¿Es que no quieres ayudar?

     Nos levantamos y nos miramos uno al otro.

     - Que te jodan -le dije.
     - Que te jodan a ti -me contestó.

     Y empezamos a darnos de hostias. Y la trituradora seguía allí, atascada, esperando el momento de dejar sin dedos a alguien.