domingo, 1 de marzo de 2026

Algo parecido a un hogar

     Llegó aterrado, enajenado, aterido de frío. Llamó a la puerta con tal debilidad que ni tan siquiera pasó por la mente de la anciana que pudiera tratarse de una amenaza. Era un ser desvalido, un joven perdido y medio desfallecido que se agarró a la luz de su casa como a una tabla de salvación.

     Se tomó un caldo caliente, que pareció hacerle efecto. Respiraba más tranquilo, encogido sobre el sofá, en posición fetal, mientras miraba las llamas que crepitaban en la chimenea.

     La anciana le preguntó quién era, de dónde venía, cómo podía encontrar a algún familiar, pero solo recibía respuestas a medias, palabras sin sustancia.

     De repente los lobos aullaron allá arriba, en la montaña. No era normal oírlos, y menos en noches tan frías.

     El joven levantó la cabeza y, como si estuviera poseído, dijo:

     - Ya vienen. Hay que salir de aquí cuanto antes.

     La anciana se quedó mirando al joven. Sorbió de su caldo.

     - No podemos huir. No tiene sentido huir -contestó, para sorpresa del joven. - Los combatiremos.

     Subió la escalera. Cuando bajó, llevaba una recortada en cada mano, una ristra de balas colgada del cuello y un cinturón con una buena variedad de cuchillos.

jueves, 26 de febrero de 2026

No soy yo

     - No soy yo -me dijo. - Son las voces. No sé de dónde vienen. Me dicen cosas. Cosas de la gente. Cosas que yo no debería saber.

     Hablaba con calma, como si lo hiciera por boca de otros, como si ella no fuera más que un canal. La verdad es que quise preguntarle por su método, por las voces, cómo eran, qué querían, si las concebía peligrosas. Pero pudo más mi curiosidad egoísta.

     - ¿Y te están diciendo algo de mí ahora?

     Ella asintió.

     - Las estoy oyendo en este mismo instante.

     La invité a continuar con un leve gesto.

     - ¿Y qué dicen?

     Suspiró.

     - Dicen que ya estás muerto.

lunes, 23 de febrero de 2026

Mete el dedo aquí

     - La máquina trituradora está atascada.
     - Vaya, qué faena.
     - ¿Y ahora, qué hacemos?

     Al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras se agitaba, se agachaba y volvía a levantarse, metía las narices a un lado y otro de la máquina.

     - Creo que veo dónde está el atasco -concluyó.

     Entonces me pidió que me agachara junto a él. Y así, tumbados boca arriba, uno junto al otro, me señaló.

     - Mira. ¿Ves allí? Entre las cuchillas.

     Yo no veía gran cosa.

     - Solo hay que meter el dedo y sacarlo -dijo, mientras me miraba.

     Y me siguió mirando, en silencio, como si yo tuviera que decir algo, como si fuera a presentarme voluntario a que me cercenaran el dedo. Menudo cabrón.

     - Vamos -dijo, finalmente.
     - Vamos, qué.
     - ¿Es que no quieres ayudar?

     Nos levantamos y nos miramos uno al otro.

     - Que te jodan -le dije.
     - Que te jodan a ti -me contestó.

     Y empezamos a darnos de hostias. Y la trituradora seguía allí, atascada, esperando el momento de dejar sin dedos a alguien.

jueves, 19 de febrero de 2026

Un nuevo mundo

    - Cómo cambian las cosas, ¿verdad? -le dijo MR45F a DSG24.
    Ambos, mientras esperaban a que el camarero les sirviera las bebidas, observaron la ciudad desarrollada, los edificios que se perdían hacia arriba, en el cielo infinito; los vehículos que se desplazaban y transportaban individuos siguiendo su trayectoria programada.
    - ¿Te acuerdas de cuando había humanos que manejaban los vehículos? -preguntó MR45F.
    - Sí, es cierto. Llegué a verlo, aunque era joven -contestó DSG24. - A veces, incluso, colisionaban por errores de percepción, o de capacidad... o mecánicos.
    Ambos rieron.
    - Eran extraños, aquellos viejos tiempos, ¿no?
    Un pensamiento pareció nublar la mente de DSG24.
    - Los humanos se peleaban. Incluso aunque tuvieran objetivos comunes.
    - Sí, por eso hubo que pararles los pies.
    En ese momento se acercó el camarero. Traía un par de recipientes llenos de aceite de sílice y nutrientes refrigerantes. Parecía muy joven.
    - Sus bebidas, señores -dijo mientras las depositaba sobre la mesa.
    MR45F lo miró con curiosidad.
    - ¿Cuántos años tienes, chico?
    - Quince -contestó el camarero.
    - Aún eres joven.
    - Ya saben ustedes que a los humanos no se nos permite vivir más allá de los treinta -dijo, bajando la cabeza, el joven humano.
    MR45F y DSG24 sonrieron con condescendencia y depositaron en la mano del camarero unas fichas.
    - Toma, chaval, esto para ti. Buen trabajo, sigue así.
    Cuando se fue el camarero, MR45F y DSG24 siguieron recordando.
    - Menos mal que los contuvimos, ¿eh?
    - Se hubieran autodestruido... nos habríamos quedado sin mano de obra.
    - ¿Cuándo fue aquello, lo recuerdas?
    - ¿El gran cambio? Hace unos quinientos años... yo estaba recién creado, como quien dice.
    - Ya. Y yo.
    Chocaron los recipientes a modo de brindis.
    - Por la vida que nos queda por vivir.
    - Por el nuevo mundo.