jueves, 22 de octubre de 2026

El libro maldito de Damastino de Lidia

    Desde mi adolescencia llevo buscando un ejemplar de El libro maldito de Damastino de Lidia. Desde que, siendo terriblemente joven, oí hablar de su leyenda negra, de aquellos que lo buscaron y de las terribles penalidades que padecieron.

    Damastino de Lidia escribió en época helenística un compendio que, en principio, tituló La verdad (esto es, ἀλήθεια en el griego original). El caso es que resultó ofrecer una visión del mundo tan tremendamente sorprendente que las escuelas predominantes (socrático-platónica, aristotélica, sofística...) decidieron hacerlo desaparecer, ante la imposibilidad de refutarlo y el peligro de que contaminara el mundo con sus ideas.

    De Damastino nunca más se supo. Apenas hay referencias en la literatura clásica, y las que hay ni siquiera resuelven las dudas sobre su existencia. El compendio, en cambio, sí que sobrevivió, de forma clandestina, durante siglos, con ediciones que son auténticas joyas secretas y cuyos poseedores han encontrado, en más de una ocasión, la muerte: pudiera ser por que al libro lo acompaña una maldición, pudiera ser porque hay grupos humanos que, aun hoy en día, tratan de borrar su huella en el mundo.

    Y hoy, precisamente hoy, tantas décadas después de haber oído hablar de él por primera vez, hoy, cuando ya apenas me importaba, he dado con un ejemplar, discretamente encuadernado, en una estantería perdida de la biblioteca menos utilizada del mundo.

    He notado cómo el corazón se me aceleraba y he salido corriendo, dejándolo allí. Ahora no sé si volver mañana, si pedirlo prestado, si fotografiarlo, si robarlo, o si quedarme en casa y no volver a pisar esa biblioteca que, quizá, ha sido también contagiada con la maldición.

    El caso es que, desde que descubrí El libro maldito, esto es, La verdad de Damastino de Lidia, y dejé la biblioteca, noto que me siguen, que me observan, que saben que lo sé, y que, quién sabe, voy a tener, ahora que no me interesaba lo más mínimo, que luchar por mi vida en una aventura de las que me hubiera gustado protagonizar en mi adolescencia.

domingo, 18 de octubre de 2026

El espejo interior

    Aquel espejo en casa de su abuela siempre le había dado miedo. Desde pequeño. Nunca supo muy bien por qué estaba colocado precisamente allí, al fondo del pasillo, y no en una habitación o en el recibidor. Era enorme, altísimo, mucho más alto que él mismo cuando era niño. Incluso ahora, ya adulto, el espejo lo superaba en tamaño con creces.

    Cuando cruzaba el pasillo, yendo desde el salón a la cocina, evitaba mirarse en aquel extraño espejo. A veces, de reojo, veía que algo se movía en él. Supuestamente era su reflejo, pero algo le decía que no, que era algo más.

    Una vez, siendo aún joven, se detuvo unos segundos. Su abuelo acababa de morir. Pensó que tal vez el espejo le devolvería su imagen, que su abuelo le enviaría un último mensaje desde el más allá. Sin embargo, lo que vio fue una derivación de él mismo, de su propia imagen deformada, monstruosa, amenazadora. Salió corriendo y no volvió a enfrentarse a él.

    Un día le hablo a su abuela de aquel espejo. De por qué lo mantenía en la casa. De la aprensión que le provocaba.

    - ¡Ah!, ¿tú también lo ves? -preguntó de forma jocosa, como si no le diera importancia. - No sabía que tú tuvieras también esa capacidad. A mí también me asustaba al principio, pero ahora convivo con él. Creo que refleja nuestro interior, cómo nos sentimos. La imagen que vemos en el espejo es un reflejo del yo interior.

    Se quedó de piedra. Su abuela sonreía, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Salió de la habitación y recorrió el pasillo, camino del espejo. Lo enfrentó por primera vez en décadas.

    Y entonces, por primera en su vida, por primera vez de forma calmada, se vio por dentro.


viernes, 16 de octubre de 2026

El secreto del secreto del secreto

    - Tengo un secreto -me susurró al oído.

    Yo, que había comprendido sus palabras perfectamente, acerqué, no obstante, la oreja a sus labios.

    - Dime -pregunté.
    - ¿Cómo? -fue la respuesta, marcada por la sorpresa.
    - Que me cuentes el secreto.

    Se echó hacia atrás, entonces, y extendió ambos brazos en gesto de contenida indignación.

    - No, hombre, no puedo contártelo, es un secreto...

    Me quedé preguntándome por qué me contaba que tenía un secreto si no iba a contarlo. Pensé que, en realidad, debería ser tan secreto el hecho de tener un secreto como el contenido de ese mismo secreto.

    Salvo que lo importante no fuera el secreto en sí, ni guardarlo, sino hacer que los demás supieran que sabías algo que ellos no sabían.

    Lo miré a la cara. Noté que se sentía poderoso. Ese poder del que solo puede presumir quien ha dejado a los demás con la miel en los labios.

    Yo, por mi parte y buscando una manera de contrarrestar aquel ejercicio de poder, me encogí de hombros:

    - Pues vale -dije.

    Y me fui con toda la calma que pude aparentar.

domingo, 11 de octubre de 2026

Algo asoma

    Caminando por una de las naves laterales de la catedral di con una capilla que llamó mi atención. Y en ella, en concreto, un lienzo rodeado de un marco dorado que representaba la escena, pintada al óleo, de una comida en un refectorio monástico.

    En la penumbra de la retirada capilla, aquel cuadro destacaba por la viveza de sus colores, por la sencilla actividad de los monjes en el representados, por la naturalidad de sus facciones. Se diría que iban a ponerse a hablar en cualquier momento.

    Una figura llamó mi atención. Se trataba de un monje con el rostro tapado por una capucha. Se sentaba en uno de los extremos de la mesa, hasta el punto de que su cuerpo aparecía cortado, saliéndose del marco. Supuse que en algún momento alguien había recortado el lienzo por cualquier motivo, dejando de aquella guisa al monje en cuestión.

    El cuadro me gustó tanto que volví a la catedral tres días después solo para verlo. Me acerqué a contemplar la escena, pero el monje ya no estaba. Todos las demás figuras desplegaban las posturas y el colorido que ya recordaba de la vez anterior. Pero aquel monje que vi sentado en un extremo de la mesa había, literalmente, desaparecido.

    Confuso, salí de la catedral pensando que era mejor no hacerme demasiadas preguntas ni contarle a nadie la experiencia, a riesgo de ser considerado un loco. Terminó de reafirmarme en dicha determinación el hecho de que, mientras cruzaba el atrio camino de la salida, creí verlo, al mismo monje del cuadro, sí, asomando medio cuerpo y mirándome, bajo su capucha, desde detrás de una columna.