lunes, 2 de noviembre de 2026

La estatua y el regente

    La verdad es que el regente movió cielo y tierra para conseguir que su efigie fuera conmemorada en aquella estatua, egregia e imponente, de mármol blanco, en la que aparecía con una pose autoritaria y dominadora.
    La estatua tenía que presidir el patio central del edificio principal de la gran institución. Y así fue. Tenía que estar concluida y ser presentada antes de que la muerte inevitable se llevara al regente. Y así fue.
    En sus últimos días, el regente paseaba orgulloso por el patio de la institución solo para contemplarse a sí mismo en aquella mole de piedra bellamente esculpida. Sus capacidades, ya mermadas, permanecían intocables en la representación de su rostro, de sus miembros, de su torso.
    Posiblemente el regente, al morir, ya intuía lo que iba a pasar. La memoria es frágil, y se marchita y se deteriora si no hay quien la cuide.
    Diez años después la estatua se llenaba de polvo en un lóbrego almacén en el sótano de un edificio oficial cualquiera.
    Hasta el rostro de piedra de la imagen del regente mostraba, en aquella situación, la debilidades derivadas del paso del tiempo.

jueves, 29 de octubre de 2026

Los habitantes del río

    - ¿Me ayudas a pasar el río? -oyó que le decían.

    Entonces se giró, y vio a aquel ser inocente que le tendía la mano.

    Miró al río, y le pareció un arroyo insignificante que podía atravesarse sin apenas dificultad. Era cuestión de saltar un poco, no demasiado, un ligero saltito y listo.

    Pensó que pedir ayuda para eso era una ridiculez.

    Luego miró al ser. Tampoco parecía tan inerme. Supuso que era de esos seres que se sentían bien recibiendo la ayuda de otros. Quizá pensaba que así hacía el bien, puesto que ayudar a otros suele hacer felices a quienes ayudan.

    Uno, contento por recibir ayuda; otro, contento por darla. Todos contentos.

    Tal vez fue esa la principal razón por la que extendió la mano y agarró la de aquel ser. Este, sin embargo, reaccionó de manera extraña. Dibujó una sonrisa malvada en su rostro, agarró la mano que le ofrecían y tiró de ella con fuerza hacía sí.

    Los dos cayeron al río; al riachuelo. No murieron ahogados, el caudal no daba para tanto, pero acabaron empapados. Y el ser, sonriendo y guiñándole un ojo, desapareció de repente.

domingo, 25 de octubre de 2026

El vacío

    El vacío parece un lugar agradable. Tranquilidad, calma. Fuera del tiempo y de su correoso devenir. En el vacío uno supone que no habrá problemas. Al no haber un antes ni un después, no hay preocupaciones, ni arrepentimientos.

    Flotar en la vacío parece una experiencia agradable. Estaría bien dejarse llevar por la energía oscura, notar la materia tenue acariciándote las mejillas, formar parte del infinito.

    El único problema del vacío en que no tiene aire. Eso puede suponer, al fin y al postre, una dificultad.

    De todos modos, ¡qué narices! Para flotar en un espacio infinito fuera del tiempo, y disfrutar haciéndolo, el aire tampoco parece un elemento tan necesario...

jueves, 22 de octubre de 2026

El libro maldito de Damastino de Lidia

    Desde mi adolescencia llevo buscando un ejemplar de El libro maldito de Damastino de Lidia. Desde que, siendo terriblemente joven, oí hablar de su leyenda negra, de aquellos que lo buscaron y de las terribles penalidades que padecieron.

    Damastino de Lidia escribió en época helenística un compendio que, en principio, tituló La verdad (esto es, ἀλήθεια en el griego original). El caso es que resultó ofrecer una visión del mundo tan tremendamente sorprendente que las escuelas predominantes (socrático-platónica, aristotélica, sofística...) decidieron hacerlo desaparecer, ante la imposibilidad de refutarlo y el peligro de que contaminara el mundo con sus ideas.

    De Damastino nunca más se supo. Apenas hay referencias en la literatura clásica, y las que hay ni siquiera resuelven las dudas sobre su existencia. El compendio, en cambio, sí que sobrevivió, de forma clandestina, durante siglos, con ediciones que son auténticas joyas secretas y cuyos poseedores han encontrado, en más de una ocasión, la muerte: pudiera ser por que al libro lo acompaña una maldición, pudiera ser porque hay grupos humanos que, aun hoy en día, tratan de borrar su huella en el mundo.

    Y hoy, precisamente hoy, tantas décadas después de haber oído hablar de él por primera vez, hoy, cuando ya apenas me importaba, he dado con un ejemplar, discretamente encuadernado, en una estantería perdida de la biblioteca menos utilizada del mundo.

    He notado cómo el corazón se me aceleraba y he salido corriendo, dejándolo allí. Ahora no sé si volver mañana, si pedirlo prestado, si fotografiarlo, si robarlo, o si quedarme en casa y no volver a pisar esa biblioteca que, quizá, ha sido también contagiada con la maldición.

    El caso es que, desde que descubrí El libro maldito, esto es, La verdad de Damastino de Lidia, y dejé la biblioteca, noto que me siguen, que me observan, que saben que lo sé, y que, quién sabe, voy a tener, ahora que no me interesaba lo más mínimo, que luchar por mi vida en una aventura de las que me hubiera gustado protagonizar en mi adolescencia.