Desde mi adolescencia llevo buscando un ejemplar de
El libro maldito de Damastino de Lidia. Desde que, siendo terriblemente joven, oí hablar de su leyenda negra, de aquellos que lo buscaron y de las terribles penalidades que padecieron.
Damastino de Lidia escribió en época helenística un compendio que, en principio, tituló La verdad (esto es, ἀλήθεια en el griego original). El caso es que resultó ofrecer una visión del mundo tan tremendamente sorprendente que las escuelas predominantes (socrático-platónica, aristotélica, sofística...) decidieron hacerlo desaparecer, ante la imposibilidad de refutarlo y el peligro de que contaminara el mundo con sus ideas.
De Damastino nunca más se supo. Apenas hay referencias en la literatura clásica, y las que hay ni siquiera resuelven las dudas sobre su existencia. El compendio, en cambio, sí que sobrevivió, de forma clandestina, durante siglos, con ediciones que son auténticas joyas secretas y cuyos poseedores han encontrado, en más de una ocasión, la muerte: pudiera ser por que al libro lo acompaña una maldición, pudiera ser porque hay grupos humanos que, aun hoy en día, tratan de borrar su huella en el mundo.
Y hoy, precisamente hoy, tantas décadas después de haber oído hablar de él por primera vez, hoy, cuando ya apenas me importaba, he dado con un ejemplar, discretamente encuadernado, en una estantería perdida de la biblioteca menos utilizada del mundo.
He notado cómo el corazón se me aceleraba y he salido corriendo, dejándolo allí. Ahora no sé si volver mañana, si pedirlo prestado, si fotografiarlo, si robarlo, o si quedarme en casa y no volver a pisar esa biblioteca que, quizá, ha sido también contagiada con la maldición.
El caso es que, desde que descubrí El libro maldito, esto es, La verdad de Damastino de Lidia, y dejé la biblioteca, noto que me siguen, que me observan, que saben que lo sé, y que, quién sabe, voy a tener, ahora que no me interesaba lo más mínimo, que luchar por mi vida en una aventura de las que me hubiera gustado protagonizar en mi adolescencia.