jueves, 30 de abril de 2026

El ruso

     Lo encontré, finalmente, en el aeropuerto. En la sala de embarque, una vez pasados todos los controles de seguridad. No tenía ninguna duda, sin embargo, de que iba armado.

     No es difícil identificar a un sicario en una sala de embarque. Un tipo solitario, serio. Descartamos a los niños que se arrastran por el pulido suelo, a sus padres desesperados, a los turistas con pinta de panoli y a los que ocupan tres asientos para echarse a dormir. El sicario, probablemente, está tomando un trago, aunque sean las ocho de la mañana.

     En este caso, además, era un ruso, muy ruso, indudablemente ruso, esperando para subir a un vuelo en dirección a Medellín. Blanco y en botella.

     Me senté a su lado y disimuladamente entablé con él conversación casual.

     - Hola, "tobarish" -dije, intentando parecer simpático.

     Mi intervención, sin embargo, no pareció hacerle ninguna gracia.

     Vi como, instintivamente, se llevaba la mano al interior de su chaqueta. Tragué saliva.


domingo, 26 de abril de 2026

La espada del verdugo

    Alzo la cabeza un momento, solo un momento, para observar a quienes tenía delante. Eran una multitud. Algunos continuaban gritándole, increpándole. Lo mismo le daba. Ya hacía tiempo que no oía nada.

    La mayoría, sin embargo, ya se preparaba para lo que se avecinaba. Quien más, quien menos, se llevaba las manos a la boca, o se tapaba los ojos para no ver lo que iba a suceder.

    Pensó que eran unos cobardes. Pensó que podría gritarles, él también, llamarles "cobardes" con toda la fuerza que sus pulmones pudieran proporcionar en aquella postura antinatural.

    Fue lo último que pensó. De hecho, no pudo hacerlo. Antes de que el grito brotara de su garganta, la espada cruel le segó el cuello de un tajo.

    Su cabeza, exenta, quedó depositada en una cesta, con los ojos abiertos y la boca preparada para la reprimenda póstuma.

lunes, 20 de abril de 2026

La chalcophonos

    El otro día me regalaron una chalcophonos. En realidad, más que regalármela, me encargaron que la custodiara. Es una piedra bella, de color negro, como el carbón, pero que suena como cobre cuando la golpeas. De ahí su nombre.

    El encargo proviene de un tipo extraño, un gemoterapeuta, así se hace llamar, que me pidió que la cuidara, que la acariciara todas las noches antes de ir a dormir y que la "hiciera sonar", golpeándola con una varilla metálica que también me proporcionó, cada ocho horas.

    Me dijo que me traería suerte si la cuidaba bien. No me dijo, no obstante, qué me pasaría si la cuidaba mal, o si no la cuidaba en absoluto. Esto último, de hecho, fue lo que hice. Llegué a casa, dejé la piedra en cualquier sitio y me fui a dormir.

    De madrugada me despertó un ruido extraño, como un timbre de bicicleta o un xilófono. Por alguna razón pensé en la chalcophonos. Estaba allí, donde la había dejado. Su color negro refulgía en la oscuridad de la habitación. Junto a ella, y aunque yo juraría no haberla sacado de la bolsa donde la metí, estaba la varilla metálica.

    Algo parecido sucedió a la mañana siguiente, y luego a la noche. Cada ocho horas, si no estoy ahí para hacerla sonar, la chalcophonos atrae la varilla y se hace sonar ella misma. Visto y comprobado tal prodigio, no me quedó otro remedio que darle los cuidados que requería.

    Ahora soy dichoso en la vida, la suerte me sonríe, pero no dejo de pensar que soy un poco esclavo de la chalcophonos. Al menos, cada ocho horas.

jueves, 16 de abril de 2026

La apuesta

    - Hice una apuesta y me salió mal -me dijo.

    Yo lo veía nervioso. Ya desde hacía varios días, pero especialmente aquella noche. Miraba a un lado y a otro, compulsivamente, como si quisiera ver por encima de su hombro.

    - ¿Cómo de mal? -le pregunté, tratando de generar una reacción proporcional al volumen del problema en cuestión.

    - Muy mal -fue lo único que contestó.

    Por un momento pensé que iba a echarse a llorar allí mismo. Hubiera sido bastante incómodo, la verdad. Él seguía mirando, no le quitaba ojo a la puerta, no sé si porque tenía ganas de salir o por temor a quién pudiera entrar por ella.

    - Me voy -dijo de forma apresurada. Se levantó y se fue.

    De algún modo supe, en aquel mismo instante, que no volvería a verlo en mi vida.