lunes, 6 de septiembre de 2021

Visita al infinito

    Pensó atisbar el infinito mirando más allá de las estrellas; intentó comprenderlo con telescopios cada vez más potentes; se propuso alcanzarlo construyendo un cohete. Hasta que vio que no iba a poder dominarlo, ni alcanzarlo, ni comprenderlo, ni tan siquiera atisbarlo.
    Alguien le dijo, entonces, que el infinito estaba en su interior. En el interior de cada uno de nosotros, de hecho, pero, en buena lógica, ¿qué sentido tendría buscar el infinito en el interior de otro cuando sabes que está en tu propio interior?
    - Pero... ¿el infinito no es algo tremendamente grande? -preguntó de forma inocente.
    - El infinito, en realidad, puede ser algo tremendamente pequeño -le contestaron. - Algo infinitamente divisible.
    Comenzó, entonces, a buscar el infinito en su interior. Su interior no estaba tan lejos como las estrellas, pero era igualmente difícil de alcanzar. Estaba tan cerca, de hecho, y era tan infinito, que el buscador terminó perdiéndose en su propio yo interior.
    Nunca apareció. No volvió a saberse de él. Fuera quedó una carcasa inútil. Todos sabían que estaba allí, en algún lugar de su infinito interior, pero... ¿quién iba a partir en su busca, si se trataba del infinito interior de otro? Bastante tenía, cada cual, con asomarse a su propio abismo y no perderse en él.

viernes, 20 de agosto de 2021

No dejes de mirar atrás

    Tenía claro que alguien lo observaba. Notaba, mientras caminaba, cómo dos ojos invisibles y desconocidos se clavaban en su espalda y la escrutaban.
    De vez en cuando se giraba. Detenía su caminar y volvía la cabeza. Pero no veía nada. El camino solitario que había recorrido y que había dejado atrás en su avance.
    "Si tuviera ojos en la nuca", pensó, "podría mirar atrás mientras camino, y evitaría así este tipo de miradas furtivas".
    Aquello iba a ser imposible, desde luego. Nadie tiene ojos en la nuca. También es imposible girar el cuello 360 grados, ni siquiera 180 sin apoyar con un giro del cuerpo.
    Se le ocurrió, no obstante, una solución intermedia.
    Caminaría hacia atrás.
    Comenzó, pues, con cuidado. Dando pasos atrás, poco a poco, para no tropezar. Así miraba el camino recorrido y su origen, más lejano cada vez que avanzaba en su retroceso.
    Pese a todo, algo lo inquietaba. No era el trecho que había dejado atrás, pues podía abarcarlo con la mirada. Tampoco era el suelo que pisaba, pues, yendo con calma, era difícil tropezar, incluso desviarse. Era, ni más ni menos, el hecho de que seguía teniendo la sensación de que alguien lo observaba, de que unos ojos escrutadores seguían pegados a su espalda. Esta vez no miraban desde atrás, claro, sino desde delante, pero eran igual de inquietantes...

domingo, 11 de julio de 2021

Ni te plus oculis meis amarem...

     Pocas historias de amor llegan a ser tan conmovedoras como la de Wilhelm Studemund y el Palimpsesto Ambrosiano. El primero deterioró su sentido de la vista de forma irreparable transcribiendo el segundo, descifrando los signos que se escondían debajo de la copia, del siglo VIII, de algunos libros del Antiguo Testamento. Ya se sabía, desde décadas anteriores, que bajo la palabras bíblicas el pergamino escondía las obras teatrales de Plauto. Una joya, en aquellos momentos, aún por delimitar desde el punto de vista filológico.

    El palimpsesto había sido descubierto en 1815 por el cardenal Angelo Mei, que había intentado descifrarlo. Él y otros tantos filólogos. Pero para que las obras de Plauto, copiadas allí originalmente en el siglo IV, salieran a la luz, era necesario un sacrificio supremo.

    Studemund, tras años de duro trabajo, terminó su labor poco antes de su muerte, en 1889. Había perdido la vista. A cambio, había dado al mundo las bases para el conocimiento de las comedias plautinas, todas menos las primeras (por orden alfabético) y la última, desprendidas del manuscrito como hojas arrancadas por el tiempo.

    Todavía hoy en día el Palimpsesto Ambrosiano constituye una de las fuentes principales para el conocimiento del autor latino. El pergamino, hoy ilegible, destruido por los ácidos y reactivos usados en el proceso de desciframiento, sobrevive en la Biblioteca Ambrosiana de Milán como un recuerdo del amor y la devoción que le profesó Studemund. Un amor tan grande que acabó con la vista de uno, con la integridad del otro.

    Studemund, ya ciego, describió sus sentimientos por el palimpsesto, a modo de eterno epitafio, con el verso de Catulo: "Ni te plus oculis meis amarem...". Si no te amara más que a mis ojos...


jueves, 8 de julio de 2021

A solas con su cadáver

    El día de Pentecostés del año 1000 Otón III, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, anunció que Carlomagno le había visitado en un sueño y le había hablado, instándole a encontrar su cadáver y exhumarlo. El cadáver del Emperador franco llevaba 176 años enterrado en un lugar desconocido de la Capilla Palatina de Aquisgrán, sobre la que, con los años, se había levantado la que ya por aquel entonces era la Catedral de Santa María.

    Fue el propio Otón, personalmente, quien se encargó de la búsqueda del sepulcro, y fue él mismo, según las crónicas, quien reconoció la entrada oculta a la cripta, según sus propias declaraciones "porque la había visto ya en el sueño".

    Allí Otón se encontró, frente a frente, con Carlomagno. 176 años de Imperio los separaban. Se sabe que Carlomagno se encontraba sentado en un trono, con porte real, cetro y espada en las manos, cuerpo incorrupto, salvo las uñas, que habían crecido hasta romper y atravesar los guantes.

    No ha trascendido, no obstante, de qué hablaron Otón y Carlomagno. Asuntos de Estado, en cualquier caso. O de Imperio. Lo que sí se sabe es que Otón le arrancó un diente al cadáver del hijo de Pipino el Breve, y se lo guardó.

    Ese diente, así como el encuentro, le serviría de amuleto a Otón, al menos hasta su muerte, menos de dos años después de la relatada entrevista, en el castillo de Paterno, en Italia, mientras planeaba la recuperación de Roma, ciudad que se le había rebelado.

    El cadáver de Otón III, como no podía ser de otra manera, fue trasladado a Aquisgrán y enterrado junto al de Carlomagno. El lugar exacto de su sepulcro, no obstante, no ha sido encontrado, probablemente a la espera de aparecer en el sueño de algún emperador futuro que decida exhumarlo y departir con él.