Yo, que había comprendido sus palabras perfectamente, acerqué, no obstante, la oreja a sus labios.
- Dime -pregunté.
- ¿Cómo? -fue la respuesta, marcada por la sorpresa.
- Que me cuentes el secreto.
Se echó hacia atrás, entonces, y extendió ambos brazos en gesto de contenida indignación.
- No, hombre, no puedo contártelo, es un secreto...
Me quedé preguntándome por qué me contaba que tenía un secreto si no iba a contarlo. Pensé que, en realidad, debería ser tan secreto el hecho de tener un secreto como el contenido de ese mismo secreto.
Salvo que lo importante no fuera el secreto en sí, ni guardarlo, sino hacer que los demás supieran que sabías algo que ellos no sabían.
Lo miré a la cara. Noté que se sentía poderoso. Ese poder del que solo puede presumir quien ha dejado a los demás con la miel en los labios.
Yo, por mi parte y buscando una manera de contrarrestar aquel ejercicio de poder, me encogí de hombros:
- Pues vale -dije.
Y me fui con toda la calma que pude aparentar.
viernes, 16 de octubre de 2026