lunes, 29 de junio de 2026

El sol siempre acude a la cita

    Todos se habían reunión para ver la salida del sol.

    Sabían a qué hora se iba a producir, así que habían llegado con tiempo y se habían dispuesto de la mejor forma posible para disfrutar del espectáculo.

    Lamentablemente, no solo había llegado el momento, sino que la hora se había pasado, y el sol seguía sin aparecer. Noche cerrada, de hecho, sin atisbo de amanecer.

    - El sol llega con retraso -había dicho alguien.

    Era un poco sorprendente, porque el sol suele ser muy puntual, pero todos pensaron que algún suceso inesperado, sobrevenido y tremendamente extraordinario había acaecido.

    - Y ahora que hacemos... ¿Esperamos?

    Hubo quien quiso saber si alguien conocía el número de teléfono del sol, para llamarlo y mandarle un mensaje. O para geolocalizarlo. Pero nada.

    Al final, tras un buen rato, la gente se fue dispersando. Estaban preocupados, pues no sabían si el sol volvería o se había ido para siempre; pero, sobre todo, estaban decepcionados, porque el sol, siempre tan cumplidor al acudir a sus citas, en esta ocasión los había dejado tirados.
    

viernes, 26 de junio de 2026

La pistola y los documentos

    - Solo quiero los documentos. Dámelos.

    Cada uno de ellos tenía el cañón de sus respectivas Glock 17 bien pegadito a la frente de su contrincante. La escena era un poco inverosímil, pero no cabía duda de que, en aquel enfrentamiento, no saldrían vivos los dos.

    - Esos documentos me pertenecen.

    Cualquiera de ellos podía haber apretado el gatillo, pero nada hacía pensar que el otro no iba a tener tiempo, fuera en un gesto instintivo, fuera en el último impulso antes de encarar a la muerte, de apretar, a su vez, el suyo.

    - Te digo que me des esos documentos.

    De repente, sonaron dos disparos. Rápidos, sucesivos, pero salidos de la misma arma. Los dos contrincantes cayeron al suelo con los cráneos reventados. Y entonces, solo entonces, un tercero apareció de detrás de un armario, pasó por encima de los cadáveres aún calientes y tomó, con total parsimonia, el fajo de papeles.

    Cuando salió de la habitación, los dos asesinados quedaron abandonados, tirados en el suelo, sin sus apreciados documentos. Sus ojos, que habían quedado abiertos, seguían apuntándose mutuamente.

domingo, 21 de junio de 2026

La bala mágica

    Todos sabíamos que había francotiradores apostados en los edificios colindantes. Era evidente. Tan evidente, que habíamos visto morir a nuestro amigo delante de nosotros, a escasos diez metros, agonizando y desangrándose, gritando de dolor, y lo habíamos hecho sin mover ni un solo dedo. Acojonados.

    La cosa era que el vehículo estaba ante nosotros, con las llaves puestas y el motor arrancado, joder. Diciendo venid a mí, tomadme y salvaos, panda de cagados, yo soy la libertad y el fin de vuestros problemas.

    Pero el primero que lo había intentado, el amigo, había recibido un balazo en el costado y, al caer al suelo, otro en la pierna. A medio camino del vehículo. Se había quedado ahí, gritando, gimiendo como un jabalí herido. Había intentado arrastrarse hacia delante, luego arrastrarse hacia atrás, hacia nosotros. Todo de manera infructuosa.

    Y no le habían disparado más. No habían querido rematarlo. Era mejor dejar que se desangrara entre estertores delante de nosotros. El miedo es, también, un arma poderosa. Y el horror.

    Ahora ya estaba muerto. Y el coche seguía arrancado. Llamándonos. Y nosotros seguros de que los francotiradores seguían ahí, observando por la mirilla, esperando a que nos animáramos a salir para meternos una bala en el cráneo o, mejor aún, en cualquier órgano del cuerpo que nos causara una muerte lenta y lo más dolorosa posible.

viernes, 19 de junio de 2026

La casa

    Comenzaron a construir una casa en la parcela contigua a la suya. Iban rápido, trabajando a destajo, así que en un par de semanas ya tenía los cimientos y comenzaban a elevarse los primeros muros. Pronto pudo ver que la estructura de la casa tenía muchas similitudes con la de aquella que él mismo habitaba.

    "Viviendas gemelas", pensó. "Propio de un plan urbanístico estructurado".

    Pronto comprobó que, en efecto, la casa recién construida era idéntica a la suya, hasta en los más nimios acabados, como los farolillos exteriores o la disposición de los balcones frisados.

    Se le colocó un cartel de venta que apenas duró unos días, y pronto llegó un camión de mudanzas cuyo contenido fue poblando el interior de la vivienda. Muebles de salón, sofás, cortinas, mesa del comedor, sillas para la cocina... él miraba observado la similitud de aquellos muebles con los suyos propios. A veces, asomado a la ventana, observaba el interior de la casa de al lado y, acto seguido, se giraba para observar su propio salón. Le parecían el mismo.

    El asunto comenzó a inquietarle cuando, mientras paseaba, observó que estaban descargando libros. Discretamente se acercó a curiosear. Todos aquellos libros eras los mismos que él tenía en su librería. No reconoció ninguno que él no tuviera.

    Finalmente, la casa se concluyó, y el comprador llegó para habitarla. Él la miraba, de cuando en cuando, sorprendido con que hubieran clonado su propia vivienda. Las mismas luces, el mismo televisor, los mismos electrodomésticos. El mismo coche aparcado en el garaje.

    Una vez vio que el nuevo vecino salía a la terraza superior. Lo hizo él también, dispuesto a presentarse, aunque fuera a distancia, y a intentar resolver aquel misterio que ya comenzaba a atenazarlo.

    Lanzó un saludo. El vecino lo observó. Levantó la mano correspondiendo al saludo. Al verle el rostro, se quedó de piedra. 

    El nuevo vecino, habitante de una casa igual a la suya, era, de hecho, él mismo.