domingo, 14 de marzo de 2021

Calladito estás más guapo

     Mira que se lo habían dicho: "Tú no digas nada. Limítate a escuchar. Asiente, de vez en cuando, con la cabeza y sonríe cuando todos sonrían. Si no se percatan de tu presencia, todo irá bien".

     La consigna no podía ser más clara. Hay veces en las que conviene pasar desapercibido. Estar presente, desde luego, porque una ausencia se hace notar, pero poner en práctica lo que llaman "presencia imperceptible".

     Pero él, cómo no, no se pudo contener. Tuvo que abrir la boquita. No fue ninguna impertinencia, en realidad. Tosió levemente, levantó la vista y todos pudieron oír algo así como: "Pues...". Ni siquiera fue un "pues" estentóreo, o autoritario... fue más bien un balbuceo, un susurro, una pica en Flandes que no buscaba más que decir "aquí estoy yo".

     No tardó en arrepentirse. No se habían extinguido los ecos de aquel maldito "pues" cuando observó cómo todos se giraban hacia él con cara de pocos amigos. Un público hostil, sin duda alguna, y los presagios funestos se tornaron amenazas reales cuando se dio cuenta, ¡oh, malditos hados del destino!, de que había empezado a hablar antes de tener nada que decir, de que, en realidad, no tenía nada claro por qué había atraído sobre sí mismo la atención de la concurrencia.

     Tragó saliva y se preparó para lo peor. Ya lo decía su madre: "Calladito estás más guapo...".


lunes, 8 de febrero de 2021

El francotirador no tiene quien le inspire

      Aquello ya empezaba a cansar. No llevaba la cuenta, no era su estilo. Contar las horas que llevaba con el ojo en la mirilla era algo de pedantes, siempre lo había pensado, de gente que solo busca presumir mientras toma unas copas con sus amigos, o para impresionar a las chicas: "Diez horas estuve apuntando, diez, hasta que vi que algo se movía".

     No era su estilo, pero había detalles que eran obvios. Si se había apostado al amanecer y había visto pasar la tarde, y la noche, y vuelta a amanecer, y ahora oscurecía de nuevo, treinta y tantas horas no se las quitaba nadie. Y todo ese tiempo quieto, tumbado, sin comer, sin dormir, apuntando a la ventana tras la que, a cien metros de distancia, se ocultaba el enemigo.

     Cien metros no eran nada. Pan comido para un experto francotirador como él. Solo necesitaba percibir el movimiento tras aquellos cristales rotos.

     Le habían dicho que allí había alguien. Otro cabrón, como él, pero del bando enemigo. Un tío con buena puntería que ya se había cargado a una decena de incautos. Tiros certeros, a la cabeza, infalibles. Sin embargo, en más de treinta horas no se había movido, no había disparado. Sin víctimas, sin movimiento.

     El francotirador comenzó a dudar. Tal vez el tirador enemigo había salido justo cuando él se arrastraba, sigiloso, a tomar posición; igual le habían disparado por la espalda; o le había dado un ataque al corazón; tal vez había muerto de inanición, víctima de la sed y el hambre, parado como un clavo mientras su cuerpo desfallecía. Él conocía bien esa sensación. Su estómago llevaba rugiendo ya una buena cantidad de horas, y notaba la lengua como un trapo seco.

     Decidió que había llegado la hora de hacer algo. El enemigo estaría muerto, seguro. Confiado, se incorporó ligeramente para calmar los calambres. Fue entonces cuando una bala, disparada desde la ventana de cristales rotos, a cien metros de distancia, se introdujo en su frente y le reventó el cráneo.

     Solo tuvo tiempo para pensar en lo bueno que tenía que ser el otro para haberle ganado la partida de esa manera.


lunes, 25 de enero de 2021

Devastación

      Al salir de la cueva, la luz del sol lo deslumbró. Tuvo que taparse los ojos con las manos y esperar unos segundos hasta que su vista se acostumbrase a la claridad del exterior. Solo entonces pudo, poco a poco, tomar conciencia de lo que el tiempo le había hecho al mundo.

     Ante él, donde recordaba caminos rodeados de vegetación que llevaban a grandes ciudades, se extendía un paraje yermo y semidesértico. Unos arbustos secos se agarraban a la vida aquí y allá, desperdigados. El polvo en suspensión daba a la postal que se observaba desde la boca de la cueva un tono amarillento, sepia, de fotografía vieja y olvidada. Al fondo, el perfil urbano había desaparecido.

     En seguida notó el silencio. Un silencio atronador, más escandaloso aún que el que había oído en el interior de la cueva durante años, porque no era un silencio de profundidad, era un silencio de muerte.

     De repente, un gorrión se plantó frente a él. Descendió, puso pie a tierra, dio un par de saltos y volvió a tomar el vuelo. Si había un gorrión era porque, en algún lugar, había comida, y agua. Pensó en salir a dar una vuelta exploratoria. Incluso dio un par de pasos al frente. Finalmente, los deshizo con decisión y regresó a su cueva.

     Lo que había visto no era muy alentador. Un gorrión no era suficiente. Aún no convenía, definitivamente, salir de la cueva.


lunes, 7 de diciembre de 2020

El cuarto de los objetos olvidados

      He encontrado, perdida entre trastos viejos, una grabación cuyo origen me era desconocido. Uno siempre encuentra, cuando rebusca entre objetos olvidados, cosas que, precisamente por haber sido olvidadas, uno no recuerda haber poseído nunca.

     Esta grabación era una de esas cosas.

     Se trataba de una especie de cinta magnética enrollada en torno a dos ruedas y cubierta de una carcasa de un metal que, en principio, me pareció aluminio, o bronce. Inmediatamente lo asocié a una casete, aunque saltaba a primera vista que no lo era y, por supuesto, no era ninguna de las casetes con las que yo trasteaba en mi juventud.

     No obstante, y dados los parecidos formales, me decidí por intentar reproducir la grabación en un viejo aparato que aún conservaba, diríase de casualidad, en el salón de casa.

     La grabación no contenía música. Contenía una voz, una sola voz que decía ser Marco Aurelio. Sí, Marco Aurelio, el emperador romano. Puedo asegurar que no equivoco la identificación del personaje, pues en sus palabras advertía contra la insensatez de su hijo Cómodo, y hacía predicciones pesimistas sobre su propio futuro y, por ende, el del Imperio.

    Varias fueron las dudas que, en escasos segundos, me asaltaron. La primera tenía que ver con la cuestión técnica, es decir, con la supuesta imposibilidad de que, hace casi dos mil años, Marco Aurelio hubiera podido grabarse en un aparato electrónico parecido, que no igual, a una casete. La segunda duda tenía que ver con el hecho de que esa grabación, una vez realizada, hubiera podido conservarse durante tanto tiempo y, en definitiva, hubiera podido ir a parar entre mis trastos viejos.

    No obstante, lo que más me inquietó fue el tono del mensaje. Aunque últimamente he hecho mis progresos, he de admitir que mi latín dista de ser, aún, perfecto. No obstante, y a pesar, también, de la calidad de la grabación (ya saben, una grabación de tiempos de Marco Aurelio no tiene las calidades derivadas de los HD y Dolbys de los últimos siglos), pude detectar en el emperador filósofo un deje de tristeza que me sumió en la más profunda inquietud.

    No sé si era por la presencia de Cómodo, por la decepción ante su propio hijo, o por la decadencia global del Imperio, que él parece, con lucidez, intuir. El caso es que Marco Aurelio no ve el futuro con buenos ojos.

    Cómodo ya no está, desde luego; tampoco el Imperio Romano. Pero no sé si desde entonces las cosas han vuelto a su cauce o si, más bien, hemos asistido a una decadencia continua de 2000 años. Y, si eso era así, me comencé a preguntar si aún quedaba mucha cuesta abajo o si ya habíamos tocado fondo.

    Pensé en grabar una casete, yo también, y dejarla junto a la Marco Aurelio. No con la intención de suplantarlo; más bien, de complementarlo, de actualizarlo. Dejaría, pues, mi casete junto a la de él, allí, en el cuarto de los objetos olvidados.

    Aunque no le presté demasiada atención, tuve, por cierto, la sensación, en aquellos instantes, de que el objeto olvidado, tanto como la casete de Marco Aurelio, era yo mismo...