Como señal acústica era un poco demasiado intensa. Tanto que, al cabo de unos minutos, la continuidad del pitido intermitente era tal que comenzaba a molestar. A ello hay que añadir una cuestión inquietante: no había, ni nunca había habido, ningún vehículo por los alrededores.
El misterio del origen de la señal acústica comenzó a cobrar importancia a partir de cierto punto. O se detenía, o había que detenerla; y no se puede detener si no se puede encontrar.
Así que comenzó a buscar por todas partes, de un lado y de otro, hasta que llegó a la conclusión de que no procedía de ningún vehículo. Que procedía, de hecho, de él mismo.
Era su vida la que iba marcha atrás.
Dudo entre sumirse en la desesperación o arrancar y salir hacia delante. La señal acústica, al fin y al cabo, sabía cumplir su misión avisadora.
viernes, 22 de mayo de 2026