viernes, 10 de abril de 2026

El monte que escupe fuego

    Contaban leyendas atávicas que el monte que escupía fuego era la puerta al paraíso. El intrépido explorador que se atreviera a acercarse tendría que atravesar kilómetros de bosques, espesos y poblados de bestias inmundas, lugares donde no llegaba la luz del sol y donde la vida se había desarrollado en forma antinatural y demoniaca.
    Si la suerte acompañaba y atravesaba con vida aquel territorio de muerte y destrucción, el explorador se encontraría a los pies del monte que escupía fuego. Tendría entonces que ascender por su ladera, esquivando las llamas que caían del cielo y las que, abriendo la tierra, ardían a sus pies.
     Si coronaba la cima, se daría de bruces con las puertas del paraíso, vigiladas por dos arcángeles con espadas ardientes. Solo los elegidos podrán atravesarlas, y aún no existe ser humano que haya regresado para describir su interior, de modo que solo podemos imaginar las bondades que guarda.
    - ¿Qué hacemos? -preguntó.
    - ¿Pues qué vamos a hacer? Buscar las puertas del paraíso, y atravesarlas.
    Así que emprendieron camino con todo el optimismo del mundo como principal equipaje.

martes, 7 de abril de 2026

Una isla pegada al mar

    La nave encalló en unos arrecifes. El golpe fue duro. La quilla quedó destruida. Inservible. Tuvimos, por tanto, que asimilar que la estancia en aquella pequeña isla, en mitad de la nada, iba a ser larga. No iban a venir a buscarnos, desde luego.
    Lo primero que nos llamó la atención fue la presencia de unos extraños mamíferos, con apariencia de roedores y el tamaño de una oveja, que nos recibieron en la costa. Pertenecían, sin lugar a dudas, a una especie aún no catalogada por la ciencia. Algo parecido observamos en los insectos que nos rodeaban, irreconocibles incluso para el más experto entomólogo.
    Decidimos construir cuanto antes un refugio que pudiera protegernos de las inclemencias meteorológicas. Fue, desde luego, una decisión acertada, pues aquella noche nos cayó una tromba considerable de agua que, sin un techo bajo el que protegernos, nos habría causado graves perjuicios.
    Fue a la mañana siguiente, poco después de despertar, cuando nos dimos cuenta de que no éramos la única especie intelectualmente superior que habitaba la isla. Y que eran decididamente hostiles.
    A partir de aquel momento, todo quedó reducido a una lucha desesperada por la supervivencia.

martes, 31 de marzo de 2026

Unas gotas de lluvia

     Ambos ejércitos, dispuestos frente a frente, se miraban desafiantes. Se habían situado en formación de combate, ambos al romper el alba, ambos con el deseo incontenible de destruir al adversario. Ya era hora, después de semanas de escarceos y pequeñas refriegas que no daban para satisfacer las ansias de victoria. Ahora, por fin, todo estaba preparado para combatir a muerte, en campo abierto, sin cuartel.

     Solo faltaba que los oficiales al mando dieran sus órdenes.

     Los dos oficiales se veían en la distancia, a lomos de sendos bellos caballos blancos, cada uno con su mano alzada, cada uno esperando a que el otro la bajara para hacer lo mismo y dar inicio a las hostilidades.

     Fue entonces cuando del cielo, ya nublado, comenzaron a caer unas gotas de lluvia. Finas, en un principio, pero insistentes en su afán por molestar. "¡Vaya!", se oyó a algún soldado quejarse. El oficial al mando del primer ejército trató de escudriñar en la distancia el rostro del oficial al mando del segundo. También le pareció disgustado por la cuestión climática.

     - ¡Todos atrás! -dijeron, finalmente, los dos casi al tiempo.

     Y, entre reniegos y voces de fastidio, todos los soldados regresaron a sus campamentos.

     Pelear a muerte bajo la lluvia es una lata.


jueves, 26 de marzo de 2026

Dame la razón por una vez

     - Dame la razón por una vez, anda...
     - No.

     Le miró de arriba a abajo. Se le mostraba altanero, seguro de sí mismo.

     - Pero en algo estaremos de acuerdo, ¿no?
     - No lo creo.

     La única solución, como sucede en estos casos, era darle la vuelta a la tortilla.

     - ¿Sabes que creo yo? Creo que nunca estaremos de acuerdo en nada.
     - Hombre, no creo que sea para tanto.
     - Pues estamos de acuerdo en que podríamos estar de acuerdo si quisiéramos.
     - No lo veo nada claro, la verdad.

     Notó que la desesperación se iba apoderando de él.

     - Bueno, será mejor que lo dejemos aquí.
     - Como quieras, pero porque tú quieres.
     - Sí, es porque yo quiero, en eso estamos de acuerdo.
     - O no.