domingo, 8 de noviembre de 2026

Es hora de dormir

    Cuentan que, en ocasiones, si estás intentando dormir pero no lo consigues, puedes llegar a verlo.

    Sucede en el conticinio, esa hora de la noche demasiado tarde incluso para los noctámbulos, demasiado pronto hasta para los más madrugadores. En ese momento, en esa duermevela intermedia, en ese punto en el que cansancio rinde tus miembros pero el sueño no llega, es cuando él aparece.

    Es posible que suceda porque en esas circunstancias la mente es más maleable, más flexible, y las percepciones pueden confundir el plano de la realidad con el de la fantasía. Si lo ves, no trates de moverte; no te detengas a preguntarte si tienes, o no, los ojos cerrados. Respira, simplemente, con la mayor tranquilidad posible.

    Nadie sabe si es un duende, un ángel o un demonio, un íncubo o un trasgo, un ser de la noche o un producto de la mente. Solo se sabe que se acercará a ti. Notarás su presencia como una amenaza: si no gritas, si mantienes la calma, acercará a ti su rostro y te susurrará al oído: "Es hora de dormir".

    Y más te vale hacerlo. Pronto, bien pronto.

jueves, 5 de noviembre de 2026

La espera más larga

    Miraba el reloj con una frecuencia inusitada, claro signo de impaciencia. Se sentaba y se levantaba cada pocos segundos, inquieto, sin poder calmarse, como un león enjaulado... y hambriento.

    Una vez, incluso, lo vi saltar, como si pretendiera alzar el vuelo o salir corriendo. Pero nada. Allí seguía, viendo pasar el tiempo.

    Lo vi estar durante un par de horas, y me extrañé. Pasé mirándolo una tarde, y me extrañé aún más. Pasé 24 horas, y luego 48 horas. Después de una semana sin perder su posición, decidí acercarme y conversar con él.

    - Oye, amigo -le dije, con naturalidad. - Veo que llevas aquí una semana esperando. ¿Podrías satisfacer mi curiosidad y decirme qué es lo que esperas?

    El tipo me miró sorprendido.

    - ¿Esperar? No... En realidad, llevo aquí una semana porque te vi mirándome y me picaste la curiosidad. ¿Qué esperas tú?

    Nos miramos, pensando que algo horrible iba a pasar. Una implosión del universo o algo así. Pero no pasó nada.

lunes, 2 de noviembre de 2026

La estatua y el regente

    La verdad es que el regente movió cielo y tierra para conseguir que su efigie fuera conmemorada en aquella estatua, egregia e imponente, de mármol blanco, en la que aparecía con una pose autoritaria y dominadora.
    La estatua tenía que presidir el patio central del edificio principal de la gran institución. Y así fue. Tenía que estar concluida y ser presentada antes de que la muerte inevitable se llevara al regente. Y así fue.
    En sus últimos días, el regente paseaba orgulloso por el patio de la institución solo para contemplarse a sí mismo en aquella mole de piedra bellamente esculpida. Sus capacidades, ya mermadas, permanecían intocables en la representación de su rostro, de sus miembros, de su torso.
    Posiblemente el regente, al morir, ya intuía lo que iba a pasar. La memoria es frágil, y se marchita y se deteriora si no hay quien la cuide.
    Diez años después la estatua se llenaba de polvo en un lóbrego almacén en el sótano de un edificio oficial cualquiera.
    Hasta el rostro de piedra de la imagen del regente mostraba, en aquella situación, la debilidades derivadas del paso del tiempo.

jueves, 29 de octubre de 2026

Los habitantes del río

    - ¿Me ayudas a pasar el río? -oyó que le decían.

    Entonces se giró, y vio a aquel ser inocente que le tendía la mano.

    Miró al río, y le pareció un arroyo insignificante que podía atravesarse sin apenas dificultad. Era cuestión de saltar un poco, no demasiado, un ligero saltito y listo.

    Pensó que pedir ayuda para eso era una ridiculez.

    Luego miró al ser. Tampoco parecía tan inerme. Supuso que era de esos seres que se sentían bien recibiendo la ayuda de otros. Quizá pensaba que así hacía el bien, puesto que ayudar a otros suele hacer felices a quienes ayudan.

    Uno, contento por recibir ayuda; otro, contento por darla. Todos contentos.

    Tal vez fue esa la principal razón por la que extendió la mano y agarró la de aquel ser. Este, sin embargo, reaccionó de manera extraña. Dibujó una sonrisa malvada en su rostro, agarró la mano que le ofrecían y tiró de ella con fuerza hacía sí.

    Los dos cayeron al río; al riachuelo. No murieron ahogados, el caudal no daba para tanto, pero acabaron empapados. Y el ser, sonriendo y guiñándole un ojo, desapareció de repente.