domingo, 12 de julio de 2026

El perseguidor perseguido

    Desafortunadamente, el objetivo se le estaba escapando. Ya ni recordaba por qué había iniciado esa persecución, aturullado por los trompicones, la respiración acelerada y la falta de oxígeno.

    Hubo un momento en el que lo vio tan lejos, tan imposible, que decidió ralentizar la marcha para terminar deteniéndose. Se llevó las manos a las rodillas, trató de respirar con normalidad y levantó la vista con signos de fracaso.

    Sucedió entonces algo inesperado. Allá, a lo lejos, el fugitivo también se detuvo. Pensó que también se habría cansado, y lamentó haberse rendido justo unos segundos antes. El otro se giró, allá, a lo lejos, y lo observó a él.

    Lo que vino a continuación, sin embargo, sí que lo pilló desprevenido. El fugitivo dio un paso hacia él, luego otro, hasta que resultó evidente que había iniciado nuevamente una carrera. Solo que, en esta ocasión, no huía, sino que se dirigía hacia él.

    Lo único que pudo hacer fue darse la vuelta y echar a correr por donde había venido, preguntándose de dónde sacaba fuerzas, si el otro tendría más reservas que él y, por supuesto, qué coño había pasado para resultar él, ahora, el perseguido.

jueves, 9 de julio de 2026

Encuentro inesperado

    Al doblar a esquina se lo encontró de frente, la pistola desenfundada, apuntándole al corazón.

    - ¿Y tú quién eres?
    - ¿No me reconoces? -respondió el otro, con aspereza. - Quizá te refresque la memoria... fue hace cuarenta años...

    Al oírlo, resopló.

    - ¿Cuarenta años? ¿Y cómo quieres que me acuerde de nada de hace tanto tiempo? Tú no estás bien...
    - Llevo buscándote todo este tiempo para cumplir mi venganza.

    Una ráfaga de viento silbó entre los edificios.

    - Demasiado tiempo para ejecutar una venganza. Debes de haber tenido una vida de mierda, chaval.

    El otro miró su arma, como si se estuviera planteando disparar rápido y evitarse las explicaciones previas.

domingo, 5 de julio de 2026

El santuario olvidado

    El pórtico era verdaderamente llamativo, con tracería de estilo gótico que cubría los arcos apuntados. Sutiles figuras de bestias y monstruos, talladas en altorrelieve, saludaban al recién llegado y le advertían sobre los peligros de traspasar el umbral y la veneración que se requería.

    Una vez atravesado el pórtico la luz disminuía y la penumbra daba al lugar el toque siniestro que tan bien se le acomodaba. A derecha e izquierda del vestíbulo de podían observar sendos sarcófagos. Sus pesadas tapas se encontraban desplazadas y, a través de las ranuras, dejaban atisbar el interior.

    El paso del aire a través de las junturas del artesanado remedaba un jadeo constante. Una presencia invisible parecía poblarlo todo, acechante, peligrosa.

    Se decía que, si un visitante, al introducirse en la nave central, notaba una fría mano apoyada en su espalda, no volvería al exterior. El visitante, entonces, quedaba condenado a vagar por las estancias del santuario, espíritu atrapado entre sus muros, para la eternidad.

viernes, 3 de julio de 2026

A ver...

     A ver, sacó la espada porque iban a por él. O la saca de la vaina, o acaba decapitado.

     La cosa es que, quizá, se le fue de las manos. Primero para salvar la vida, y luego, por inercia, el caso es que empezó a cortar cabezas, brazos y piernas sin ton ni son, sin criterio alguno.

    Llegó un momento de ceguera en el que la espada parecía ir sola, y no distinguía entre amigos y enemigos. Todos eran objetivos, todos merecían ser troceados y despedazados, todos iban a caer bajo el yugo de la hoja afilada.

    Cuando se detuvo, miró a su alrededor. No quedaba nadie. Nadie. Solo él, sentado sobre una montaña de cadáveres.

    Lo primero que pensó es que ser el último superviviente tenía mucho mérito, pero lo peor era preguntarse quién iba a limpiar, guardar y enterrar todos aquellos trozos de cuerpos humanos.