jueves, 26 de febrero de 2026

No soy yo

     - No soy yo -me dijo. - Son las voces. No sé de dónde vienen. Me dicen cosas. Cosas de la gente. Cosas que yo no debería saber.

     Hablaba con calma, como si lo hiciera por boca de otros, como si ella no fuera más que un canal. La verdad es que quise preguntarle por su método, por las voces, cómo eran, qué querían, si las concebía peligrosas. Pero pudo más mi curiosidad egoísta.

     - ¿Y te están diciendo algo de mí ahora?

     Ella asintió.

     - Las estoy oyendo en este mismo instante.

     La invité a continuar con un leve gesto.

     - ¿Y qué dicen?

     Suspiró.

     - Dicen que ya estás muerto.

lunes, 23 de febrero de 2026

Mete el dedo aquí

     - La máquina trituradora está atascada.
     - Vaya, qué faena.
     - ¿Y ahora, qué hacemos?

     Al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras se agitaba, se agachaba y volvía a levantarse, metía las narices a un lado y otro de la máquina.

     - Creo que veo dónde está el atasco -concluyó.

     Entonces me pidió que me agachara junto a él. Y así, tumbados boca arriba, uno junto al otro, me señaló.

     - Mira. ¿Ves allí? Entre las cuchillas.

     Yo no veía gran cosa.

     - Solo hay que meter el dedo y sacarlo -dijo, mientras me miraba.

     Y me siguió mirando, en silencio, como si yo tuviera que decir algo, como si fuera a presentarme voluntario a que me cercenaran el dedo. Menudo cabrón.

     - Vamos -dijo, finalmente.
     - Vamos, qué.
     - ¿Es que no quieres ayudar?

     Nos levantamos y nos miramos uno al otro.

     - Que te jodan -le dije.
     - Que te jodan a ti -me contestó.

     Y empezamos a darnos de hostias. Y la trituradora seguía allí, atascada, esperando el momento de dejar sin dedos a alguien.

jueves, 19 de febrero de 2026

Un nuevo mundo

    - Cómo cambian las cosas, ¿verdad? -le dijo MR45F a DSG24.
    Ambos, mientras esperaban a que el camarero les sirviera las bebidas, observaron la ciudad desarrollada, los edificios que se perdían hacia arriba, en el cielo infinito; los vehículos que se desplazaban y transportaban individuos siguiendo su trayectoria programada.
    - ¿Te acuerdas de cuando había humanos que manejaban los vehículos? -preguntó MR45F.
    - Sí, es cierto. Llegué a verlo, aunque era joven -contestó DSG24. - A veces, incluso, colisionaban por errores de percepción, o de capacidad... o mecánicos.
    Ambos rieron.
    - Eran extraños, aquellos viejos tiempos, ¿no?
    Un pensamiento pareció nublar la mente de DSG24.
    - Los humanos se peleaban. Incluso aunque tuvieran objetivos comunes.
    - Sí, por eso hubo que pararles los pies.
    En ese momento se acercó el camarero. Traía un par de recipientes llenos de aceite de sílice y nutrientes refrigerantes. Parecía muy joven.
    - Sus bebidas, señores -dijo mientras las depositaba sobre la mesa.
    MR45F lo miró con curiosidad.
    - ¿Cuántos años tienes, chico?
    - Quince -contestó el camarero.
    - Aún eres joven.
    - Ya saben ustedes que a los humanos no se nos permite vivir más allá de los treinta -dijo, bajando la cabeza, el joven humano.
    MR45F y DSG24 sonrieron con condescendencia y depositaron en la mano del camarero unas fichas.
    - Toma, chaval, esto para ti. Buen trabajo, sigue así.
    Cuando se fue el camarero, MR45F y DSG24 siguieron recordando.
    - Menos mal que los contuvimos, ¿eh?
    - Se hubieran autodestruido... nos habríamos quedado sin mano de obra.
    - ¿Cuándo fue aquello, lo recuerdas?
    - ¿El gran cambio? Hace unos quinientos años... yo estaba recién creado, como quien dice.
    - Ya. Y yo.
    Chocaron los recipientes a modo de brindis.
    - Por la vida que nos queda por vivir.
    - Por el nuevo mundo.

lunes, 16 de febrero de 2026

Despierta la bestia

    Abro la puerta de mi habitación y lo que veo me deja con la boca abierta. Un monstruo enorme, aterrador, duerme sobre mi cama.

    Me quedo paralizado. Poco a poco, con ligeros y sigilosos pasos, voy retrocediendo. Afortunadamente, el monstruo sigue dormido.

    Antes de salir y volver a cerrar la puerta, lo observo durante unos segundos. No es tan aterrador, si lo miras con calma y lo ves dormido. Parece un bebé. Un bebé gigante, claro, pero parece que duerme en paz, ajeno a todo lo que lo rodea.

    Creo que ha salido de mi armario. O de debajo de la cama. Es uno de los monstruos que habitan por allí y que, por alguna razón, ha abandonado su hábitat habitual para estirarse sobre el colchón.

    Parece que sueña, porque mueve ligeramente sus enormes zarpas y sus párpados de piel escamosa parecen titilar.

    Voy a cerrar la puerta y largarme. Quizá, cuando regrese, el monstruo ya no estará allí. Los monstruos de dormitorio son así, tan pronto están, como se van. Antes de cerrar, no obstante, decido inclinarme hacia delante y echarle una última ojeada. No todos los días se tiene delante a un ejemplar de monstruo de tal calibre. Desafortunadamente, cuando pongo mis ojos en él ya se ha despertado, y me mira fijamente.

    Entonces, con una rapidez impropia de alguien que hacía unos segundos estaba durmiendo, abre una boca enorme, llena de dientes afilados y adornada con un aliento putrefacto.

    Me pregunto si estará a punto de comerme, o si está solo bostezando. Mientras espero a conocer la respuesta, cierro los ojos.