Hubo un momento en el que lo vio tan lejos, tan imposible, que decidió ralentizar la marcha para terminar deteniéndose. Se llevó las manos a las rodillas, trató de respirar con normalidad y levantó la vista con signos de fracaso.
Sucedió entonces algo inesperado. Allá, a lo lejos, el fugitivo también se detuvo. Pensó que también se habría cansado, y lamentó haberse rendido justo unos segundos antes. El otro se giró, allá, a lo lejos, y lo observó a él.
Lo que vino a continuación, sin embargo, sí que lo pilló desprevenido. El fugitivo dio un paso hacia él, luego otro, hasta que resultó evidente que había iniciado nuevamente una carrera. Solo que, en esta ocasión, no huía, sino que se dirigía hacia él.
Lo único que pudo hacer fue darse la vuelta y echar a correr por donde había venido, preguntándose de dónde sacaba fuerzas, si el otro tendría más reservas que él y, por supuesto, qué coño había pasado para resultar él, ahora, el perseguido.
domingo, 12 de julio de 2026