jueves, 12 de marzo de 2026

La navaja de Ockham

     Un día, Felicio le contó a Tomaso que tenía un fantasma en casa. O eso creía. Lo contó con verdadera angustia, como una confesión vergonzosa, y a Tomaso no le cupo la menor duda de que Felicio decía la verdad o, al menos, de que Felicio estaba convencido de que lo que le pasaba era real.

     Un tiempo después volvieron a encontrarse. Tomaso encontró a Felicio visiblemente alterado, físicamente demacrado y preocupantemente trastornado. Este contó, entre delirios, que había descubierto la identidad del fantasma y que estaba buscando la manera de enfrentarse a él y obligarle a abandonar su presencia espectral en este mundo. A trascender, dijo. Aunque no quiera, dijo.

     Tras el encuentro, Tomaso quedó muy preocupado por Felicio, de modo que, al día siguiente, trató de contactar con él. Le fue imposible. Le ha sido imposible desde entonces, de hecho, y de eso hace ya casi dos semanas.

     Tomaso sabe que los fantasmas no existen. Tal vez Felicio abandonó su casa para no volver, sin decirle nada a nadie. Tal vez tuvo alguna emergencia familiar o una oferta de trabajo urgente que le obligó a salir de forma precipitada. Hasta podrían haberlo secuestrado unos mafiosos. Cualquier hipótesis sería más factible que un encuentro con una entidad fantasmal hostil.

     Y, sin embargo, Tomaso intuye que, en este caso, la hipótesis más improbable tiene muchos visos de ser cierta...