Lo encontré, finalmente, en el aeropuerto. En la sala de embarque, una vez pasados todos los controles de seguridad. No tenía ninguna duda, sin embargo, de que iba armado.
No es difícil identificar a un sicario en una sala de embarque. Un tipo solitario, serio. Descartamos a los niños que se arrastran por el pulido suelo, a sus padres desesperados, a los turistas con pinta de panoli y a los que ocupan tres asientos para echarse a dormir. El sicario, probablemente, está tomando un trago, aunque sean las ocho de la mañana.
En este caso, además, era un ruso, muy ruso, indudablemente ruso, esperando para subir a un vuelo en dirección a Medellín. Blanco y en botella.
Me senté a su lado y disimuladamente entablé con él conversación casual.
- Hola, "tobarish" -dije, intentando parecer simpático.
Mi intervención, sin embargo, no pareció hacerle ninguna gracia.
Vi como, instintivamente, se llevaba la mano al interior de su chaqueta. Tragué saliva.
jueves, 30 de abril de 2026