martes, 7 de abril de 2026

Una isla pegada al mar

    La nave encalló en unos arrecifes. El golpe fue duro. La quilla quedó destruida. Inservible. Tuvimos, por tanto, que asimilar que la estancia en aquella pequeña isla, en mitad de la nada, iba a ser larga. No iban a venir a buscarnos, desde luego.
    Lo primero que nos llamó la atención fue la presencia de unos extraños mamíferos, con apariencia de roedores y el tamaño de una oveja, que nos recibieron en la costa. Pertenecían, sin lugar a dudas, a una especie aún no catalogada por la ciencia. Algo parecido observamos en los insectos que nos rodeaban, irreconocibles incluso para el más experto entomólogo.
    Decidimos construir cuanto antes un refugio que pudiera protegernos de las inclemencias meteorológicas. Fue, desde luego, una decisión acertada, pues aquella noche nos cayó una tromba considerable de agua que, sin un techo bajo el que protegernos, nos habría causado graves perjuicios.
    Fue a la mañana siguiente, poco después de despertar, cuando nos dimos cuenta de que no éramos la única especie intelectualmente superior que habitaba la isla. Y que eran decididamente hostiles.
    A partir de aquel momento, todo quedó reducido a una lucha desesperada por la supervivencia.