domingo, 18 de octubre de 2026

El espejo interior

    Aquel espejo en casa de su abuela siempre le había dado miedo. Desde pequeño. Nunca supo muy bien por qué estaba colocado precisamente allí, al fondo del pasillo, y no en una habitación o en el recibidor. Era enorme, altísimo, mucho más alto que él mismo cuando era niño. Incluso ahora, ya adulto, el espejo lo superaba en tamaño con creces.

    Cuando cruzaba el pasillo, yendo desde el salón a la cocina, evitaba mirarse en aquel extraño espejo. A veces, de reojo, veía que algo se movía en él. Supuestamente era su reflejo, pero algo le decía que no, que era algo más.

    Una vez, siendo aún joven, se detuvo unos segundos. Su abuelo acababa de morir. Pensó que tal vez el espejo le devolvería su imagen, que su abuelo le enviaría un último mensaje desde el más allá. Sin embargo, lo que vio fue una derivación de él mismo, de su propia imagen deformada, monstruosa, amenazadora. Salió corriendo y no volvió a enfrentarse a él.

    Un día le hablo a su abuela de aquel espejo. De por qué lo mantenía en la casa. De la aprensión que le provocaba.

    - ¡Ah!, ¿tú también lo ves? -preguntó de forma jocosa, como si no le diera importancia. - No sabía que tú tuvieras también esa capacidad. A mí también me asustaba al principio, pero ahora convivo con él. Creo que refleja nuestro interior, cómo nos sentimos. La imagen que vemos en el espejo es un reflejo del yo interior.

    Se quedó de piedra. Su abuela sonreía, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Salió de la habitación y recorrió el pasillo, camino del espejo. Lo enfrentó por primera vez en décadas.

    Y entonces, por primera en su vida, por primera vez de forma calmada, se vio por dentro.