La estatua tenía que presidir el patio central del edificio principal de la gran institución. Y así fue. Tenía que estar concluida y ser presentada antes de que la muerte inevitable se llevara al regente. Y así fue.
En sus últimos días, el regente paseaba orgulloso por el patio de la institución solo para contemplarse a sí mismo en aquella mole de piedra bellamente esculpida. Sus capacidades, ya mermadas, permanecían intocables en la representación de su rostro, de sus miembros, de su torso.
Posiblemente el regente, al morir, ya intuía lo que iba a pasar. La memoria es frágil, y se marchita y se deteriora si no hay quien la cuide.
Diez años después la estatua se llenaba de polvo en un lóbrego almacén en el sótano de un edificio oficial cualquiera.
Hasta el rostro de piedra de la imagen del regente mostraba, en aquella situación, la debilidades derivadas del paso del tiempo.
lunes, 2 de noviembre de 2026