Comenzó el artista a crear, como se había propuesto, el monstruo más terrible. Ni cien Leviatanes, ni mil Minotauros, Cíclopes o Tifones en formación conjunta y dispuestos a atacar provocarían un pavor semejante.
Cansado estaba de buscar la belleza, de picar y pulir el grueso mármol en busca del deleite de los sentidos, de participar del éxtasis de la comunidad artística. Crearía la obra más abominable, horrenda y temible de la historia del ser humano, un monstruo que parecería tan real que haría zozobrar al ánimo más firme, a la voluntad más poderosa.
Al concluir su trabajo, el artista no pudo evitar una mueca de disgusto. El producto de sus manos era tan perfecto, el monstruo marmóreo que se erguía ante él provocaba un temor tan intenso, tan real, que el artista tuvo que admitir que su creación era, contrariamente a su intención, de una belleza sin igual, de una fealdad deslumbrante, tan horrorosa que tocaba, con su mera existencia, la perfección.
Decidió llevársela consigo, del taller a su propia casa, y no dejar de observarla en toda la noche.
A la mañana siguiente, junto al lecho donde yacía el cadáver del artista cubierto de sangre y desgarrado como un trapo viejo, un pedestal del mármol, vacío, recordaba que sobre él debió de haber existido, en algún momento, una figura esculpida...
lunes, 1 de mayo de 2006