Concibió una utopía y se propuso darle forma. Dedicó a ello días, años, lustros enteros de trabajo y dedicación exclusiva, creando, modelando, formulando hipótesis y poniéndolas en práctica en su realidad imaginada. Compuso un conjunto de realidad tan bello que ni los seres más perfectos de cualquiera de las constelaciones hubieran sido capaces de llevarlo a buen término.
La utopía perfecta necesitaba actores perfectos para ser representada.
Comenzó, entonces, a rebajar pretensiones, a limar las agudas aristas de su creación. La utopía, si no era verosímil, no era útil, pensaba, aunque, por otra parte, la utopía, si no era perfecta, no era utópica.
Cuando se quiso dar cuenta, cuando comprendió que la utopía no existía, cuando se cansó de construir castillos en el aire, ya era demasiado tarde. Había perdido demasiado tiempo, y no sabía hacer otra cosa.
Volvió, pues a la utopía original.
Y disfrutó como un niño imaginándola.
viernes, 5 de mayo de 2006