¿Echaban en falta los televisores en el siglo XIX? Les dirán que no, que su vida estaba regida por cánones diferentes a los nuestros. ¿Y los coches en el siglo XV? ¿Y los vuelos intercontinentales en el antiguo Egipto?
Les responderán que nadie añora aquello que nunca tuvo, especialmente si es incapaz tan siquiera de imaginarlo.
Pero la imaginación no tiene fronteras, y la añoranza tampoco, así que podemos imaginarlo casi todo, y echarlo en falta.
¿Cómo podían vivir sin frigoríficos, sin vehículos a motor, sin teléfonos móviles (¡por Dios!)?
Yo desde luego, estoy deseando tener ya mi primer transportador de partículas, ese que me permitirá en sólo unos segundos trasladarme a cualquier lugar del planeta (o del exterior). No veo el día en que entre en la tienda y diga: "Un teletransportador, por favor". Bueno, no, lo pediré por telepatía, que por supuesto es una cualidad que también añoro y que dejará absoletos tanto el mercado tradicional como el cibernético.
Espero que todo esto se invente antes de mi muerte. O al menos, que se invente, ya de una vez, la inmortalidad, que ya es hora. A ver si viene alguien del futuro, de cuando esté en el mercado la máquina del tiempo a precio asequible, y me cuenta cuánto queda para que esto suceda...
domingo, 22 de octubre de 2006