domingo, 29 de octubre de 2006
Lebensraum o La suave caricia del niño burbuja
- No me toquéis -dijo el ermitaño al ver entrar en su estancia a los inoportunos y curiosos visitantes. - No pienso ejercitar el sentido del tacto. Es traicionero, falaz, es el único de los cinco sentidos que no se centra en un órgano concreto, localizado, que se extiende por toda la epidermis como un reguero de polvora bifurcado infinitas veces mediante complejísimas conexiones. No, no me toquéis. Ni siquiera me miréis, pues hay miradas táctiles, que abrazan, que dan calor y erizan los cabellos. He de renunciar al tacto, encerrarme en una burbuja que limite mi espacio vital y me aleje de los demás, pues he venido aquí abandonando la vida, alejándome de ella, y ya sabéis que la visión puede engañar, también el oído, incluso el olfato y el gusto, pero el tacto, el tacto, tocar y sentir que se toca, es lo único que, a cada segundo, me recuerda que aún sigo vivo.