No se trataba de una revelación, por supuesto, ellos no atendían a revelaciones, sino a la más pura lógica, pero el caso es que para algunos racionalistas y positivistas de los siglos XVIII y XIX Dios no era más (y no era menos) que un matemático perfecto, un ser capaz de valorar y calibrar todas las variables de la realidad, todas las condiciones y todas las causas que dan lugar a todos los efectos que simultánea o sucesivamente se producen en todo el universo.
De ahí su omnisciencia, su omnipresencia y su omnipotencia, del conocimiento privilegiado que le suponía el saber todo lo que había sucedido y todo lo que sucedería, pues para ello no tenía más que calcular sin margen de error cómo se sucederían los acontecimientos según estaba previsto en las situaciones establecidas. El destino no está escrito, por supuesto, pero es predecible de la misma manera que puedo predecir que me mojaré si me pongo debajo de la lluvia. Pura lógica, aunque al por mayor.
La fórmula no es fácil. Yo la he descubierto esta semana, de modo que no soy Dios (al menos que yo sepa), pero soy capaz de calcular todas las variables del universo para predecir el futuro (una especie de Kasparov, solo que él sólo funciona en el pequeño universo ajedrecístico).
Mi nueva capacidad, obtenida a base de esfuerzo y trabajo, estuvo bien durante un rato. Ahora ya me aburre. Nada me sorprende, nada me inquieta, nada me fascina. Sé cuando y por qué sucederá todo.
En fin, que sumido en el hastío y consciente de mi próxima muerte, pues mis cálculos la situaron en una fecha no muy lejana de la actual, no me queda más que esperar mi final, aunque, y lo puedo decir, dadas mis facultades, el final del universo tampoco es que se encuentre tan alejado en términos astronómicos...
lunes, 6 de noviembre de 2006