Toda la vida buscando una ecuación que me diera la respuesta a todos los porqués que venían acechándome para finalmente llegar a la conclusión de que nada se puede explicar sin la presencia todopoderosa pero incalculable del azar, el verdadero Dios al que adorar, ese indescifrable arcano que todo lo puede, todo lo domina a su antojo y que jamás, jamás, llegaremos a comprender.
¿Podemos hacer algo para que nos sea benigno? No, ni siquiera rezar nos serviría. El azar es completa y dolorosamente imparcial, actúa sin que le importemos lo más mínimo. ¿No es esa la forma más objetiva, aunque cruel, de justicia?
¿Cómo debemos, pues, dirigir nuestras vidas? Asumiéndolo. De hecho, no dirigimos nuestras vidas, ellas flotan como hojas mecidas por el viento y llevadas de un lugar a otro, aleatoriamente, hasta que su materia se descompone.
Me preguntarán ahora qué hacemos entonces. Pues nada. No hay nada que hacer. Sus vidas están gobernadas por un elemento que ni siquiera existe, que no les escucha, que carece, de hecho, de sentimientos.
¿Es que los seres humanos siempre tienen que poseer un consuelo moral o metafísico al que agarrarse? Olvídense esta vez. Somos puro azar, por ello estamos aquí y sólo por ello aquí permanecemos. Incluso la ciencia, tan exacta ella, cuando trata de explicar el caos o la entropía parece un indefenso bebé todavía en pañales...
domingo, 19 de noviembre de 2006